SEGUNDA PARTE
Subrepticiamente, probó de nuevo las esposas. Se aferraban firmemente, inmovilizándola. Se relajó. El hombre sentado frente a ella, hablaba, sin percatarse, sin notar lo que estaba haciendo aunque se encontraba solo a un paso largo de ella. Tampoco lo hizo el guardia armado y alerta que estaba a su espalda. Eran torpes, estos humanos. Torpes y suaves, y lentos. Pero podían construir artefactos efectivos, artefactos que les daban ventaja a pesar de su torpeza, de su suavidad, de su lentitud. Como el artefacto en que se hallaba atrapada ahora. Era confortable, y más fuerte de lo que parecía. Una vez forzada a sentarse ahí, no podría salir. No podría liberar su cuerpo, sus brazos. Una vez encerrada ahí, ellos se podían mover a su alrededor a voluntad, llevarla a donde quisieran, hacer lo que quisieran.
Todo lo que ella podía hacer era sentarse. Sentarse y esperar. Era buena esperando. Mucho mejor en ello, sospechó, que estos humanos.
El hombre delante de ella estaba hablando. Hablando, hablando, hablando. Había estado hablando durante tanto tiempo, que ella felizmente le hubiera roto la garganta sólo para hacerlo callar. Estaba intentando hacerla hablar, ahora que sabían que podía hacerlo. Estaba intentando hacerla reconocer imágenes simples y repetir sus nombres. Habían estado en ello por lo menos una hora. Estaba aburrida a morir.
Él sostenía un sencillo dibujo de una construcción y deletreó su nombre. "C A S A." Ella no contestó, así que la deletreó de nuevo con infinita paciencia, su voz amable, modulada. "C-A-S-A." Ella le clavó la mirada sin decir nada, solo para ponerlo incómodo. La deletreó de nuevo.
El nombre bordado en su vestimenta decía "Kinloch." El nombre en el casco del guardia decía "Vehremberg." El señalamiento sobre el mecanismo que abría la puerta decía "Debe solicitar al guardia en turno antes de que la puerta se abra." Decía lo mismo en otros seis idiomas, incluyendo árabe y japonés. Ella lo sabía porque podía leer en esos idiomas. No se cuestionaba cómo podía hacerlo, como tampoco se cuestionaba cómo podía respirar, o pensar, o matar. Sólo lo hacía.
Kinloch le mostró otro dibujo. "B O T E."
Ella se preguntaba si sus huesos serían tan frágiles como aquellos del hombre tras el cristal, el hombre que había estado trabajando en ella con sus brazos mecánicos. Estos pensamientos la mantuvieron entretenida durante varios deletreos más. La quinta vez que deletreó la misma palabra, decidió que era suficiente. Cansadamente murmuró, "bote."
La expresión del hombre era tan complacida, que instantáneamente se arrepintió. Le mostró otro dibujo. En esta ocasión ella repitió la palabra al instante, solo para evitar la repetición. "Perro."
Todos los dibujos tenían asociaciones en su mente, pero ninguna detonaba algún recuerdo en específico. Eran cosas que tenían nombres, nombres sencillos, nombres que sabía. Era un ejercicio ridículo. Miró hacia la pila de dibujos que Kinloch tenía enfrente y casi gruñó. ¡Era una pila muy gruesa!
En el laboratorio experimental, el General Martin Allahandro
Carlos Pérez se encontraba de pie muy derecho, con los brazos cruzados sobre su
amplio pecho mientras miraba la pantalla de video que mostraba a la mujer en su
sesión de prueba. Observó, pero no estaba seguro de aprobarlo.
Mantener al huésped después que el proyecto hubiera funcionado no había formado parte del plan original. Nunca se había considerado. Cuando los dos científicos, Wren y Gediman, y los dos soldados, Distephano y Calabrese, habían hecho sus reportes individuales tras el ataque del huésped a Wren, Pérez había arrastrado a los dos doctores hasta su oficina para una buena y anticuada perorata. Pero a pesar de que eran militares, al igual que él, realmente no eran soldados. A pesar de su entrenamiento, seguían siendo doctores. Y aunque la ciencia requería la misma clase de entrenamiento duro que la milicia, históricamente, los doctores eran siempre los soldados menos convencionales, siempre desobedeciendo órdenes y provocando caos durante su servicio. Pérez lo sabía porque su primordial lealtad era hacia la búsqueda del conocimiento, mientras que la de un soldado, era hacia su comandante, y su unidad, y los dioses gemelos de la disciplina y el orden. La ciencia y la milicia eran a menudo materias incompatibles, y este huésped –esta mujer- era la prueba de ello.
Le habían disparado una carga completa a quemarropa y apenas la habían derribado. ¿Qué diablos era ella? ¿Y qué más querían estos dos con ella?
Pérez sabía una cosa. No le gustaba la idea de tenerla a bordo de su nave. No, no le gustaba en absoluto.Los dos científicos, continuaron intentando calmarlo tras verse forzados a admitir que habían mantenido al huésped con vida sin notificar oficialmente sus intenciones de hacerlo –qué importaba asegurar el permiso- y revolotearon a su alrededor como un par de polillas buscando un sitio seguro para aterrizar. Pérez frunció el ceño, recordando que habían encontrado polillas de grano en el revuelto almacén esa mañana. No podía comprender cómo podían sobrevivir aquellas pequeñas y tenaces bastardas.
"Es algo sin precedentes," refutó Wren, mientras la mujer identificaba rutinariamente las imágenes en las láminas infantiles.
"¡Absolutamente!" parloteó Gediman, su doctor mascota, justo después. "¡Está operando a una total capacidad adulta!"
Los dos científicos intercambiaron miradas, como si tuvieran una especie de habilidad telepática.
Pérez protestó. "¿Qué hay de sus recuerdos?"
Se miraron entre sí. "Hay intervalos," respondió Wren finalmente, a regañadientes. "Y algún grado de disonancia cognoscitiva."
Pérez se preguntaba si lo sabrían realmente o si solamente lo sospecharan. O si ella estuviese poniendo una venda ante sus ojos. Ya los había tomado por sorpresa en dos actos de violencia no provocada –si el ataque de un predador podía considerarse no provocado, claro. ¿Qué otra cosa sería capaz de hacer? Pérez era el responsable de la seguridad de toda persona a bordo, incluso de estos dos malditos tontos. Podría justificar el conservar a esta… esta… ¿Qué demonios era en todo caso? ¿Se atrevería a mantenerla viva y poner en peligro todo, solamente porque les había dado a estos dos mocosos super crecidos algún tiempo extra para jugar al doctor?
Wren estaba claramente disgustado con la falta de entusiasmo de Pérez. Quitó un manchón de mugre de la pantalla de video, en la que se veía al doctor trabajando con el huésped y mostrándole la imagen de un gran gato anaranjado. Ella lo miró, dudó, luego apartó la vista, frunciendo el entrecejo, como si buscara su recuerdo.
Es interesante, pensó Pérez, preguntándose por qué dudaría con aquella imagen en particular.
"!Está asustada¡" decidió Gediman.
Wren lo miró desaprobando. Pérez sabía que no tenía paciencia con aquella especie de lenguaje subjetivo y poco profesional. A Pérez le sorprendía la poca firmeza de su alianza. No eran disciplinados. No había lealtad. Ni objetividad. Únicamente curiosidad. Quizá eso es lo que había matado al gato al que ella no quería mirar.
Wren habló decisivamente. " ‘Eso’ tiene algunas dificultades cognoscitivas. Una especie de leve autismo emocional. Ciertas reacciones…"
Pérez lo ignoró. Wren tenía la tendencia a recordarle a un político –su vocabulario bien podría ser más complicado, pero era igualmente absurdo. Mantuvo su atención en la mujer. O lo que fuera, pero eso era lo que parecía. Al menos en el exterior. Realmente no aprobaba los intentos de Wren de negarlo. Si decidían exterminarla o no, el referirse a ella con toda aquella jerigonza científica no eliminaría su individualidad, su voluntad de sobrevivir.
El científico que estaba en la habitación con Ripley se dio por vencido con la fotografía del gato, y sacó una distinta. Era simplemente un dibujo en caricatura de una pequeña niña de cabello rubio.
El cuerpo de la mujer encadenada súbitamente se enderezó. La expresión de aburrimiento en su rostro se desvaneció y cambió, se puso atenta. Miró fijamente a la lámina, claramente sorprendida. Su frente se frunció, sus ojos se suavizaron. Por un momento, parecía como si fuese a llorar. El cambio resultaba abrumador, y reveló, por un momento, su verdadera humanidad. Incluso el científico que se encontraba con ella se sorprendió y se sentó en silencio, sin importunarla otra vez con la pronunciación de la palabra. Por un momento, nadie dijo nada. Ninguno podía.
La foto de caricatura de la niña pasó ante sus ojos y su cuerpo se tensó en sus cadenas. ¡Su niña! ¡Su pequeña! No, no suya … ¡Sí, mía! ¡Mí pequeña! El dibujo significaba todo y nada al mismo tiempo. Su mente se inundó con furtivas y caóticas escenas y recuerdos que no podía ordenar.
La humeante calidez del nido. La
fuerza y seguridad de su propia especie. La soledad de la individualidad. Y la creciente necesidad de encontrar –
Unos pequeños y fuertes brazos le rodearon el cuello, unas pequeñas y fuertes piernas le rodearon la cintura. Había caos, y ella era ese caos. Los guerreros gritaban y morían. Había fuego.
Sabía que vendrías.
El arrollador dolor de la pérdida –enfermiza e irreparable pérdida- llenó su mente, su cuerpo entero. Sus ojos se llenaron con líquido hasta que no pudo ver, luego se vaciaron, aclarando su visión, luego se llenaron de nuevo. No significaba nada – significaba todo.
¡Mami! ¡Mami!
Buscó para hallar la conexión con su propia especie, buscó para hallar la fuerza y seguridad del nido, pero éste no estaba ahí. Y en su lugar no había más que este dolor, esta terrible pérdida. Ella estaba hueca. Vacía. Como lo estaría por siempre.
Miró al doctor que sostenía el dibujo y anheló preguntarle lo que había preguntado a los otros. La pregunta que sabía que no responderían.
¿Por qué? ¿Por qué?
Algún día, obtendría la respuesta. De no ser aquí y ahora, sería pronto. Mientras los ecos de la voz de su pequeña reverberaban en su cerebro, determinó que obtendría la respuesta. La obtendría de ellos. A pesar de sus armas, a pesar de sus cadenas. La obtendría a la fuerza.
En la pantalla de video, la mujer parpadeó rápidamente, y a pesar de sí mismo, Pérez se sintió conmovido. Recuerda a la niña, la pequeña niña que salvó. ¿Cómo es posible?
"Pero ‘eso’ recuerda," murmuró a Wren, cediendo, de mala gana, al lenguaje del científico. Después se volvió a mirar al doctor. "¿Por qué?"
Wren también estaba sorprendido. No podía ocultarlo. Apartó la vista de la pantalla de video y buscó una explicación. "Bien, supongo que es… memoria colectiva. Transmitida generacionalmente, a escala genética, por los Aliens. Casi como si se tratara de una suerte de instinto altamente evolucionado. Quizá sea un mecanismo de supervivencia que los mantiene unidos, que mantiene intacta su especie, sin importar las características que debían adoptar de sus diferentes huéspedes." Sonrió ligeramente. "Un beneficio inesperado del cruce genético."
"¿Acaso creerá que soy tan estúpido como él?"
Pérez lo observó sin pestañear, como un lobo retando a otro. El científico bajó la mirada.Pérez bufó irónicamente. " ¿‘Beneficio’…?"
Miró fijamente a la torturada expresión del rostro de la mujer una última vez. ¡He visto suficiente! Girando sobre sus talones, abandonó la habitación.
Al marchar fuera del laboratorio, sobre los corredores, los dos doctores lo siguieron, intentando vencerle, aplacarle.
"No estará considerando la exterminación…¿Verdad?" Preguntó Gediman tímidamente.
"¡Oh Vaya si estoy considerando la exterminación!" farfulló Pérez. La expresión dolorida de Gediman lo complació de una perversa forma.
Wren interpeló rápidamente, asertivamente, intentando resarcir su calidad de científico en jefe. "No percibimos esto como un problema. El huésped… Eso…"
Pérez se detuvo, y se volvió para encarar a Wren, invadiendo su espacio vital. Los dos hombres se pararon ojo con ojo.
"Ellen Ripley murió tratando de aniquilar a esta especie, y en todos sus intentos, lo logró." Apuntó un dedo sobre el esternón de Wren. "No quiero que vuelva a sus antiguos pasatiempos" ¡Sobre todo a sabiendas de que ha sido la receptora de los Beneficios inesperados del cruce genético!
Para sorpresa de Pérez, Wren no se inmutó, sino que se mantuvo firme. "No sucederá."
Gediman, ese pequeño insecto, tuvo que intervenir en una conversación de dos hombres. Sonriendo dijo. "Llegado el caso, no es seguro de parte de quién estará."
Pérez se volvió hacia él, con el ceño fruncido. "¿Y se supone que eso debería tranquilizarme?" El científico retrocedió dos pasos y serenó su expresión.
Pérez continuó avanzando por el corredor, los otros dos le seguían de cerca, conferenciando, murmurándose uno a otro, intercambiando esas miradas como dos escolares preparándose para irrumpir en el dormitorio de las chicas. Pérez estaba fúrico.
Había tantas otras cosas más importantes que hacer aquí. ¿Es que habían olvidado totalmente sus objetivos? ¿El motivo real de esta operación?
¡Líbrenme de los científicos! No pueden ni mantener la estación libre de insectos, pero sí que pueden encontrar la manera de perder las horas de trabajo y dinero con un individuo que podría poner en peligro el proyecto entero.
Finalmente, se detuvo frente a una puerta asegurada. Pulsando un código de memoria, se detuvo mientras la computadora lo registraba, después se deslizó un analizador de aliento hacia él. Exhaló en el receptáculo. Éste no solo utilizaría las moléculas específicas de su aliento para determinar su identidad única y prohibir el paso a toda persona ajena, sino que también prohibiría la entrada a cualquiera que estuviera bajo el influjo del alcohol o drogas, eso era algo que el análisis de la retina no podía detectar.
Con irritación, se percataba de que
los dos doctores aún murmuraban a su espalda. A pesar de su enfado, ellos
parecían sorprendidos, como si supieran que terminarían por convencerle, si tan
solo se dedicaran a
ello todos los
días. Sacudió la cabeza levemente mientras las puertas se abrían, permitiendo su
acceso al área de observación interna. La pequeña cabina estaba oscura, y
demasiado silenciosa. Los propios hombres se quedaron quietos como si el lugar
lo requiriera. Había dos guardias fuertemente armados y totalmente atentos
flanqueando el puerto de observación. El general no les concedía permanecer en
descanso. En tanto estuvieran en esta estación, no se les permitía permanecer en
descanso. No ahí.
Pérez se adelantó al puerto de observación. Miró atentamente hacia la otra cámara, esa estaba todavía más oscura, y esperó a que sus ojos se adaptasen a la oscuridad.
"El punto central es," dijo finalmente a los doctores en voz baja "que si ella me echa sólo una mirada extraña, la elimino y punto. Como yo lo veo, la número Ocho es sólo un subproducto cárnico."
Le molestó concederles tanto, a sabiendas que lo considerarían como una victoria. Pero eso era porque ellos no lo entendían, no entendían su forma de pensar. No importaba cuánto tiempo mantuvieran a Ripley a bordo de su nave, si osaba cruzar la línea que él había trazado, ninguna apelación de su club de admiradores la salvaría. Él haría –como lo había estado haciendo- todo lo que fuera necesario para que este proyecto fuera un éxito. Y no iba a permitir que una mujer cambiara eso.
Pérez entrecerró los ojos, mirando movimiento entre las sombras de la otra cámara. Sonrió ligeramente.
"Esta chica es nuestro premio gordo." Oh, Ripley, si pudieras ver a tu pequeñita ahora.
Las sombras cambiaron, se movieron, volviéndose en su dirección –se acercaron al cristal.
"¿Cuándo comenzará a reproducirse?" Preguntó Pérez a los científicos.
"Días," dijo Wren, en un tono tan bajo como el del general "antes quizá." Su voz se hizo todavía más queda. "Necesitamos la carga…"
"Está
en camino," dijo Pérez abruptamente, furioso de que el doctor mencionara eso
frente a los soldados. ¿Es que este hombre no tenía sentido común? ¿Acaso
no podía comprender lo que significaba clasificado?
Entornó los ojos, esforzándose por mirar entre la oscurecida cámara, para ver el premio mayor de todo su trabajo. Ahí. ¡Ahí está! ¡Sí, ésa es mi chica!
Como una sombra de pesadilla, Regina horribilis –la Reina Alien- se desplazó hacia la luz, sólo lo suficiente para poder ser vista.
Subrepticiamente, probó el confinado
espacio nuevamente, pero la mantenía firmemente, inmutable.
Este era un
medio ambiente Alien de una suavidad antinatural con un muro transparente que le
permitía ver al exterior. Pero todo lo que vio fue otro medio ambiente justo
como este. Había dos humanos apostados al otro lado de la transparencia, dos
humanos con sus artefactos que producían dolor. Nunca emitían sonidos, nunca
volteaban a verla, solamente se postraban ahí. Eran cambiados a intervalos
regulares, que ella podía medir, por otros dos que eran tan idénticos que apenas
los distinguía de los anteriores. No podía olerlos a través de la transparencia,
aunque algunas esencias llegaban hasta ella desde el conducto de
ventilación.
Ahora, había otros tres humanos de pie al otro lado de la transparencia, observándola. A dos de ellos los reconoció. Habían estado presentes en su bizarro nacimiento. De algún modo, sentía que ellos eran responsables de eso –de eso y de su confinamiento.
Examinó y probó de nuevo el ambiente, pero los humanos que la observaban no se percataron, ni notaron lo que hacía, aunque se encontraba solo a un paso largo de ellos. Tampoco lo hicieron los dos guardias apostados a su espalda. Eran torpes, estos humanos. Torpes, y suaves, y lentos. Pero podían construir artefactos efectivos, artefactos que les daban ventaja a pesar de su torpeza, de su suavidad, de su lentitud. Como el artefacto en que se hallaba atrapada ahora. Era confortable, y más fuerte de lo que parecía. Una vez forzada a entrar ahí, no podría salir. Una vez encerrada ahí, ellos se podían mover a su alrededor a voluntad, llevarla a donde quisieran, hacer lo que quisieran.
Todo lo que ella podría hacer era esperar. Era buena esperando. Mucho mejor en ello, sospechó, que estos humanos.
Uno de los humanos hablaba a los otros. Eso era todo lo que los humanos siempre parecían hacer, pararse y observarla, y hablar entre ellos. Ella no los comprendía, sin embargo, no era necesario. Sabía que la colonia los había enfrentado antes. Había habido victorias, y había habido derrotas. Habría victoria nuevamente. Ella podía esperar. Era buena esperando, aunque, justo ahora, estaba aburrida a morir.
El nombre bordado en la vestimenta de uno de los observadores decía "Pérez." Los nombres de los otros dos decían "Gediman" y "Wren." El señalamiento sobre el mecanismo que abría la puerta por la que habían entrado decía, DEBE SOLICITAR AL GUARDIA EN TURNO ANTES DE QUE LA PUERTA SE ABRA. Decía lo mismo en otros seis idiomas y ella podía leer esos idiomas. No se preguntaba cómo podía hacer estas cosas, como tampoco se cuestionaba cómo podía respirar, o pensar, o matar. Solo lo hacía.
Los humanos continuaban hablando entre sí.
Se preguntaba si sus huesos serían tan frágiles como aquellos del hombre que la había liberado de su huésped. Se preguntaba si su sangre sería tan cálida como la de su huésped, si tendría el mismo dulce sabor, si correría tan libremente cuando ellos se liberaban. Esos pensamientos la distrajeron de su aburrimiento.
Pronto, sería tiempo de reproducirse. Este insignificante medio ambiente Alien sería demasiado pequeño para dar cabida a su magnífico ovipositor, demasiado pequeño para el bienestar de su prole. Demasiado pequeño, demasiado frío, demasiado hostil.
Anheló la humeante calidez del nido. La fuerza y seguridad de su propia especie. La agobiaba la soledad de su individualidad especial. Y la creciente necesidad de reproducirse-
Pronto habría suficientes guerreros que la protegerían, y que construirían un nido perfecto. Y estos humanos, estos insignificantes y suaves humanos, serían el alimento de sus pequeños, y hospedarían a la nueva prole. Eso sucedería.
Pero había recuerdos. Recuerdos de caos inesperado. Los guerreros gritaban y morían. Y había fuego. Y una humana, que se apostaba firmemente, cargaba a su pequeña en brazos. Provocando muerte y destrucción en el nido.
Parpadeó, confundida, su mente era una serie de fragmentos, de recuerdos, de instintos que no podía ordenar.
El abrumador dolor de la pérdida –enfermiza e irreparable pérdida- inundó su mente, su cuerpo entero. No significaba nada – significaba todo.
Buscó para hallar la conexión con su propia especie, buscó para hallar la fuerza y seguridad del nido, pero éste no estaba ahí. Y en su lugar no había más que este dolor, esta terrible pérdida. Ella estaba hueca. Vacía.
Pero no siempre lo estaría. Su cuerpo lo sabía. Habría otro nido. Siempre había otro nido. Lo construiría ella misma. Ella y sus hijos. A pesar de sus armas, a pesar de sus cadenas, esos humanos sucumbirían ante ellos. Los alimentarían y serían la pauta para el nacimiento de sus pequeños. Tomaría el lugar a la fuerza. Como siempre lo hacía. Como lo haría siempre.
Nuestra perfección estructural solo se compara con nuestra hostilidad. Incluso los humanos admiran nuestra pureza. Somos supervivientes, inalterados por la consciencia, el remordimiento, o delirios de moralidad.
El organismo perfecto …
4
Gediman se sentó frente a Ripley en la mesa del comedor, pero varios asientos más allá. Quería darle espacio, incluso si éste era solo una ilusión de privacía. Había silencio en aquella compleja suerte de estancia – comedor recreativa, y ellos eran los únicos dos que estaban comiendo. Había dos guardias apostados en la puerta, pero eran tan parte del escenario a bordo del Auriga, que Gediman apenas los notaba. Dudaba que Ripley lo hiciera.
Todavía llevaba las esposas, pero en los últimos días, se le habían aflojado para permitirle mayor movilidad. Desde entonces había vuelto a ser la imagen de una niña, extrañamente impasible e introspectiva. No había opuesto resistencia a nada, y no había mostrado más tendencia a violentarse. Wren creía que la lámina de la niña había detonado lo suficiente sus recuerdos humanos, para permitirle asumir su antigua personalidad humana.
Había sido un oficial de navegación, dijo Wren. Sabía obedecer, seguir órdenes. Gediman se lo preguntaba.
Las esposas aflojadas le permitieron alimentarse por sí misma por primera vez. Gediman estaba complacido por eso. El alimentarla a la fuerza había sido desagradable, habían intentado nutrirla lo suficiente. En cualquier caso, ahora que se podía alimentar por sí misma, no parecía particularmente interesada. Había comido algo, pero mayormente se había dedicado a remover la comida sobre el plato.
Esa era la suerte típica de la nave –comida procesada, deshidratada y vuelta a procesar lo suficiente para dar una leve apariencia de comida reconocible- pero ella mostraba poco apetito. A Gediman le preocupaba que se tratase de depresión. Wren había rebatido su preocupación.
Gediman casi había terminado su desayuno cuando notó que ella examinaba el tenedor, mostrando mucho más interés en él que en la comida. Se limpió la boca.
"Tenedor," le dijo, ayudándole. Deseaba tanto comunicarse con ella, establecer la base de su comprensión. De no hacerlo, no podría saber lo que pasaba por su mente, lo que era el único aspecto de ella que no podían estudiar realmente. ¿Qué recordaría? ¿Qué sabría? A Gediman le abrumaba la incertidumbre.
Ripley
lo miró de reojo por entre sus párpados. Siempre evitaba el contacto directo.
Repitió la palabra suave, pero incorrectamente. "Jodedor"
Él se sintió algo avergonzado por su respuesta, y le alegró que no hubiese nadie para oírla. La corrigió amablemente. "Tenedor."
Su expresión cambió. Casi creyó que sonreía, pero inmediatamente eso se borró. Lo sorprendió con una pregunta. "¿Cómo fue que…?"
Parecía un esfuerzo tan enorme que hablara, que él anticipó el resto. "¿Cómo fue que la obtuvimos? Trabajo duro. Muestras de sangre. Muestras de tejido congeladas del Fiorina 161 de la enfermería que había ahí."
Una explicación tan simple para un trabajo tan complejo. Un trabajo sin precedentes. Las muestras eran lo suficientemente variadas, y había suficientes células, pero el ADN era un caos. Había sido un hallazgo impactante descubrir que el embrión de Alien que había infectado la sangre y tejidos en el cuerpo de Ripley, no había detenido su invasión ahí. Como un virus, el embrión había, de hecho, invadido las células vivas del huésped –todas y cada una de ellas- forzándolas a cambiar para adaptarse a su crecimiento y desarrollo. Era un adelanto extraordinario en adaptación evolutiva. Era una forma de garantizar que cualquier huésped, cualquier huésped posible, proveería lo que fuese necesario para satisfacer las necesidades de crecimiento del embrión, incluso si el propio cuerpo del huésped resultaba inadecuado.
La fusión del ADN Alien dentro del propio ADN de Ripley, había sido la manera en que habían podido incubarla a ella y a su embrión. Pero aquello no había sido fácil. Habían tenido que separar el ADN del ARN, reconstruirlo, intentar ponerlo en marcha … y había funcionado, tras un trabajo increíblemente frustrante. Y había tomado años.
Pero ahora ella estaba ahí sentada, como cualquier otro ser humano, comiendo su alimento como cualquier otro ser humano
Y su terrible hija, hasta ahora-
"Fiorina 161…" dijo Ripley quedamente, como si probara la sensación de la palabra en su boca "¿Fury….?"
"¿Eso le dice algo?" preguntó Gediman, presionándola. Si tan solo hablara con él. "¿Qué es lo que recuerda?"
Ella no respondió a la pregunta, solo le miró de soslayo nuevamente. "¿Está …creciendo?"
Gediman parpadeó, sorprendido. "Si estaba…" ¿Está preguntando sobre el embrión que le extirpamos? ¡Sí, debe ser eso! "Sí, está creciendo. Muy rápidamente."
"Es una Reina," dijo ella decididamente, olvidándose del tenedor. Empujó el plato.
Estaba anestesiada. ¿Cómo…?
"¿Cómo lo sabe?""Se reproducirá" dijo sin inflexiones. Por primera vez lo vio directo a los ojos. "Todos moriréis."
"Todos en la..." miró el tenedor "… jodida … compañía morirán." Concluyó aún mirando el tenedor.
"¿Compañía?" ¿De qué estaba hablando?
"Weyland-Yutani," Explicó Wren. Había entrado en la
estancia-comedor y se acercó por detrás de Ripley, pero Gediman había estado tan
adentrado en su conversación con ella, que no se había percatado.
Wren todavía usaba ese tono condescendiente y tenía esa sonrisita en los labios, la misma expresión que tenía siempre que trataba con Ripley. Era extraño que lo hiciera, pensó Gediman, considerando que las marcas que había dejado en su cuello todavía eran visibles.
El científico en jefe se sentó atrevidamente a un costado de la mujer. No parecía interesarse en concederle espacio vital. Por el contrario, parecía que quería invadirlo, como para presionarla, para ver si ella podía atacarlo de nuevo. A Gediman no le gustaba eso, pero no podía hacer nada. Como si Wren alguna vez lo escuchara, en todo caso.
Al mirarle Ripley de reojo, Wren tomó algo de alimento del plato de ella, como comería un padre del plato de su hijo.
"Weyland-Yutani," explicó a Gediman, "donde Ripley trabajó. Era una empresa de expansión de territorios; tenían algunos contratos con la milicia. Mucho antes de tus tiempos, Gediman. Quebraron hace décadas, siendo absorbidos por Wal-Mart. Fortunas de guerra." Volvió su atención a la mujer, sonriéndole fríamente. "Descubrirá que las cosas han cambiado mucho desde sus tiempos."
Nuevamente, hubo un sutil cambio en su expresión, Gediman lo notó. Casi una sonrisa. "Oh, lo dudo," dijo ella.
Wren no pretendía malinterpretar su comentario.
"No somos ciegos aquí, ¿sabe?. Esta es la milicia de los Estados Unidos de América, no una codiciosa compañía."
Como si no hubiese trabajado para una ‘codiciosa compañía’ con tal que ésta le permitiera trabajar para la ciencia
, pensó Gediman, pero se guardó el comentario.Ripley miró fijamente su plato. Sus palabras salieron sin ninguna emoción. "Dará lo mismo." La frase detonó algún recuerdo dentro de ella, haciéndola considerar. Luego continuó, "Aún así usted morirá."
Wren juntó las manos frente a él, en una total actitud de "doctor". "¿Y cómo se siente usted al respecto?"
Ella se encogió de hombros. "Es su funeral, no el mío."
A Wren no le gustó la respuesta. Su impaciencia comenzó a aflorar. Por una vez, había dejado de usar aquel pedante tono de niña que la caracterizaba. "Espero que entienda lo que intentamos hacer aquí. El potencial benéfico de esta raza va mucho más lejos de la pacificación urbana. ¡Nuevas aleaciones, nuevas vacunas…! No hemos visto nada semejante en los mundos explorados hasta ahora." Se detuvo, como dándose cuenta que estaba revelando demasiado sobre sí mismo.
Gediman pudo ver la frustración en
la expresión de Wren. Pero Gediman sabía que Ripley no podría
entender o valorar sus planes. Después de todo, eran la
clase de sueños que sólo los científicos podían valorar. Pero Wren tenía razón
–el potencial era infinito. Podría tomar décadas para determinar las
complejidades genéticas de las criaturas y definir cómo era que el código
genético único podía incluir sangre ácida y caparazones de silicona para
adaptarse a diversas formas de vida. Aprender cómo el simbionte parasitario
podía modificar genética y químicamente a su huésped, modificaría completamente
la bioquímica y la biomecánica en el siglo próximo. ¡El trabajo que ellos habían
hecho fue simplemente reproducir a Ripley y a su vástago Alien con técnicas de
clonación con un siglo de adelanto tecnológico!
El tono ególatra de Wren volvió. "Usted debería estar muy orgullosa."
Ella, de hecho, rió. Era un sonido amargo, feo. "¡Oh, lo estoy!"
Ahora Wren intentaba asegurarse. "Y el animal en sí mismo es magnífico. Resultará invaluable, una vez domesticado."
Ripley se volvió súbitamente a mirarlo, y él la miró también. "Es un cáncer. No puede enseñarle trucos."
Para sorpresa de Gediman, Wren no dijo nada ante sus palabras.
Ripley jugó nuevamente con el tenedor, retrayéndose, pensando. A Gediman le dolía que lo hiciera. Pero todo lo que dijo después fue una simple palabra, "Ellos."

Distephano
observaba la pequeña nave comercial que se aproximaba al vector del
Auriga. Hasta ese momento, el turno había sido tan aburrido como siempre,
pasando el tiempo en la cápsula de comando. Anotó el acercamiento del pequeño
vehículo en la bitácora, y después envió una notificación oficial al general.
Nunca había visto una cápsula comercial volando tan lejos. Ni tan cerca del
Auriga. Garantizado, aquel no sería un incidente tan emocionante como el
de la semana pasada con la mujer del laboratorio de pruebas. ¿Pero qué tan a
menudo ocurrirían cosas como esa?
Oficialmente, no se le había comunicado nada sobre el incidente del laboratorio después de hacer su reporte, pero extraoficialmente, supo que la descarga que le había disparado a la mujer había, de hecho, cambiado su temperamento. Había estado mansa como un cordero desde entonces. De hecho, había oído que la habían librado de las esposas el día de ayer. Incluso le estaban permitiendo que "caminara por ahí." A él le parecía bien, puesto que siempre había dos guardias observándola. Y una vez informados de su acción con la mujer, los otros pondrían mucha atención. Era la cosa más emocionante por estos lares, vigilar a la mujer–experimento. ¡Vaya extraña asignatura!
Casi instantáneamente, recibió una réplica a su reporte.
"La nave que se aproxima tiene la autorización del General Pérez para aterrizar," dijo Padre, la voz cibernética masculina más espeluznante desde los confines de la pequeña cápsula. "Código de autorización seis, nueve, nueve, tres. Seguridad en alerta máxima."
Interesante
, pensó Distephano. Un vehículo comercial pocas veces, o nunca, traía carga o suministros al Auriga. Ésta era una nave ultra secreta, chitón chitón. Sus autorizaciones debían tener autorizaciones incluso para entregar alimento. Sin embargo, esta pequeña libélula vendría únicamente a quedarse ¿eh?Vinnie escuchó el anuncio automatizado llegar desde la nave que se aproximaba y le daba su número de registro y nombre. El Betty, ¿eh? Tomó los números que la pequeña computadora de voz femenina le dio y los pulsó en su consola.
Padre
dijo sin inflexiones "El código de la nave que se aproxima no existe. Ha habido algún error. Por favor, intente nuevamente."¡Error y un cuerno!, pensó Vinnie sorprendido. Pulsó nuevamente el código, mucho más cuidadosamente.
"No existe este numero de registro en los listados del Sistema Militar de los E.U.A.," anunció Padre. "Si no existe algún error de alimentación de datos, el vehículo que se aproxima no está registrado."
No es posible
, pensó Vinnie. Notificó inmediatamente al general, luego contactó al vehículo, exigiendo su código de autorización antes de permitir un acercamiento final. ¡Incluso si lo tuviera … no tendrían las pelotas de entrar en una estación militar!Vinnie esperó que la autorización del Betty se cancelara inmediatamente. Aquello sería ya lo suficientemente interesante. Podría suceder que el vehículo desviara el curso y se apresurara a largarse, o, si en verdad necesitaba atracar debido a algún fallo o accidente del personal a bordo, en tal caso solicitarían ayuda en el código mayday. Si Pérez rechazaba eso…
¡Si lo rechazaba, lo que tendría que hacer era derribar la nave! Distephano consideró esa posibilidad. Tenía suficiente poder bajo el pulgar como para reducir la pequeña nave a átomos. Observó el vehículo agrandarse en la pantalla.
Lo que obtuvo no era lo que había esperado. La voz del General Pérez –¡El viejo en persona!- ladró en sus oídos a través del intercomunicador.
"He dado autorización para que ese vehículo aterrice, Soldado," dijo Pérez irritado. "¿Cuál es el problema?"
La sorpresa de oír la propia voz del general en vez de una respuesta automatizada –que Vinnie siempre supuso que pertenecía a otro oficial- lo sobresaltó completamente. Distephano se quedó sin palabras.
"Eh, lo lamento, señor, es solo que.. eh… los números de registro… esto …!" Tragó saliva y se obligó a tranquilizarse.
"¡Señor! ¡No hay problema, señor! ¡Comenzará el aterrizaje, señor!"
"¡Asegúrese que así sea!" concluyó Pérez.
Vinnie miró a la nave que se acercaba. Es un vehículo pirata, uno de verdad ¡joder!, un vehículo cien por cien, fuera de la ley. Sin números de registro. Sin nada oficial. ¡Y está llegando bajo la invitación del mismísimo Pérez! ¡Vaya cosa!
Con una ligera sonrisa, Vinnie recordó las advertencias de sus superiores cuando le habían asignado esta misión. Cuando estés allá, muchacho, sólo recuerda –no preguntes. No comentes. Nada. Más te vale que no te regresen a mí diciendo que no supe entrenarte. Sí, esto iba a llevar a cosas más grandes y mejores –si podía evitar hacer enfadar al Viejo otra vez.
Puedes apostar que no volverá a ocurrir. Te destrozarían el culo por ello, muchacho.
La pequeña nave mantuvo un acercamiento constante. Ahora la podía ver claramente. Incluso se veía como una nave pirata, pintada con un deslustrado camuflaje que la ocultaría si tenía que volar bajo sobre un panorama silvestre. Un pequeño vehículo muy versátil, que obviamente estaba diseñado para el espacio, pero que tenía compartimentos en un ángulo lateral que podrían fácilmente reformarse en alas aerodinámicas para el vuelo atmosférico. Tenía incluso alerones posteriores para un vuelo más ágil. Pero era una nave antigua, parchada en muchos lugares con partes de otro color, sucia y abollada. Era un contraste total con el poderoso y oscuro Auriga que la empequeñecía.
Vinnie parpadeó, observando un gráfico pintado en el fuselaje. ¿Qué demonios…?
Comenzó a reír. Era un cromo de la Segunda Guerra Mundial, así que reconoció instantáneamente la estilizada, figura de lo que se había conocido como "el retrato de un bombón."
Justo bajo el nombre de la nave, había una figura femenina de redondeadas caderas, vistiendo un entallado vestido y que sugestivamente, montaba un cohete por sobre el fuselaje de la pequeña nave.
Sí, El Betty. Claro. Las cosas se ponen cada vez más interesantes por aquí, después de todo.
A bordo del Betty, las cosas
siempre eran interesantes. Al menos, lo suficientemente interesantes para su
capitán, Frank Elgyn, un hombre cuarentón espigado y delgado de facciones
angulosas, cuyos oscuros ojos y prominente nariz, incrementaban mucho su aspecto
predador. Se acomodó en el asiento del copiloto, y subió uno de los pies,
calzados con botas, sobre la consola de comando. ¡Le ac
ababa de pedir su
código de autorización, algún estúpido gilipollas! Se volvió hacia la
silla contigua y rió ligeramente. Su piloto, Sabra Hillard, una mujer alta, de
complexión fuerte, le devolvió la sonrisa y meneó la cabeza.
Como si existiera algún código de autorización para éste vehículo, haciendo éste viaje, con ésta carga. ¡Seguro!
Se acomodó nuevamente en su asiento. Sabra escuchaba su escandalosa música favorita –la cacofonía del moderno ritmo que ella escuchaba retumbaba en el suelo. Él no hizo intento alguno por bajar el volumen. El piloto debía llevar la batuta. Aquello era lo más parecido a una "regla" que había a bordo del Betty. Se dirigió hacia el gilipollas a través del intercomunicador.
"Mi código de autorización es ‘j-ó-d-e-t-e,’ hijo."
A su lado, Sabra profirió una risotada. Elgyn se percató que estaba jugando un video juego de batalla espacial al mismo tiempo que piloteaba la nave. Era increíble la cantidad de cosas que podía hacer una mujer al mismo tiempo. Le ponía cachondo el sólo pensarlo. Se percató que le miraba y le devolvió una significativa mirada. Ella la devolvió a su vez.
"Ahora, abre el maldito puerto," le pidió al soldado, "o el
General Pérez marcará el sello Wichita en tu virginal culo, muchacho."
Aparentemente, el general ya había corroborado ese mensaje, porque la voz automatizada del Auriga estaba dando a Hillard las coordinadas necesarias.
"Llévanos en un ángulo descendente de tres cero," verificando el paralelo.
Ella nunca quitó los ojos de su video juego. "Cariño, está hecho."
Elgyn se levantó de su asiento mientras la visión de la nave se acrecentaba en su pantalla. "No cortes el impulso hasta los seiscientos metros. Los asustará un poco." Le deslizó el pulgar por el rostro antes de retirarse, ella le hizo un guiño.
Miro alrededor de la cabina, el
variado equipo de reparaciones esta
ba
revuelto con video juegos antiquísimos, ropa, las chucherías y posesiones de su
tripulación esparcidas por doquier. En medio de todo este organizado caos se
encontraba Christie. El corpulento, pero atractivo moreno hacía parecer pequeño
todo lugar donde se apostara, pensó Elgyn, admirado. Un buen hombre al que tener
al lado –asumiendo claro, que se hallaba de tu lado.
Christie estaba ocupado ajustándose sus armas. El complejo aparato, con sus correas y hebillas era del mismo color de su piel morena, y el sistema mecánico era de su propia invención. Las amarró a sus poderosos brazos, justo bajo los codos, y esto le permitía portar armas donde pocas personas siquiera pensaban en buscar.
Elgyn se aproximó al hombre. "Ya estamos llegando. Es hora de disfrutar algo de la hospitalidad del general."
"Oh, estupendo," farfulló el hombre. Sus expresivos ojos giraron para expresar su felicidad. "¡Comida del ejército!"
Acercándose, Elgyn ayudó a Christie a sujetar firmemente las correas de su aparato. "Nos recibirá para que echemos un vistazo al arcón familiar. Asumiendo claro, que los nativos sean amigables."
Christie oyó lo que Elgyn No había dicho. "¿Esperamos problemas?"
Elgyn dudó un poco, demasiado. "¿De Pérez? Lo dudo, pero más vale estar preparados."
Christie no hizo más preguntas ni comentarios. Solamente asintió, sacudiendo su leonina melena de rastas, el resto quedaba entendido.
El cuarto de máquinas del Betty alojaba también al puerto de carga. En él se encontraban trabajando Annalee Call y John Vriess, intentando apretar un poco los engranes para sacar algo más de vida de la viejísima pieza de maquinaria que, irónicamente, llamaban estabilizador. Call sabía que Vriess ansiaba aterrizar. La máquina estaba ya demasiado apretada, y parte de su equipo estaba demasiado viejo para ser reajustado. Habían hecho cuanto podían, pero Elgyn se encontraba esperanzado con que el ejército les proveyera algunas refacciones –una pequeña retribución por un trabajo bien hecho. Call y Vriess esperaban sinceramente que Elgyn tuviera razón.
Call, una mujer menuda de delicadas
facciones, estaba de pie al lado del bloque cuadrado de maquinaria, sus
pequeños y delgados dedos podían meterse hábilmente en algunas de las partes más
pequeñas del temperamental armatoste. Entretanto, Vriess, un hombre robusto, de
mediana edad y con cabellos de un arenoso color rubio, quijada fuerte y nariz
bulbosa, estaba tendido en su plataforma en el suelo. Mientras el otro ingeniero
revisaba la maquinaria desde abajo, Call bajaba la parte superior del
estabilizador mediante una polea de eslabones magnetizada. Habían pasado horas
realimentando –otra vez- el cerebro de la máquina. Ahora tenían que
acoplar su parte inferior y hacer que la maldita cosa trabajara con sus dos
partes en armonía.
Cuando Call se encontraba uniendo la maquinaria y desmagnetizando la polea, se percató de su creciente interés en su compañero. A Call le gustaba trabajar con Vriess. Él era muy trabajador, creativo, y se concentraba en su trabajo. Mucho más de lo que se podía decir de otras gentes en esta nave. Quitó las cadenas del sistema superior y observó que la polea se elevaba nuevamente hasta el techo.
Por debajo de la maquinaria, Vriess comenzó a silbar una tonada, algo que había aprendido en algún bar durante su último aterrizaje. Ella sonrió, recordando aquella noche. Esa era otra razón por la que le gustaba trabajar con Vriess. Era normalmente amigable y de sangre ligera.
Ella siguió la tonada, acompañándole, los dos haciendo una pequeña armonía acompasada mientras trabajaban juntos.
De forma distante, Call se percató de que otra persona entró en el área. Continuó silbando, intentando no tensionarse, intentando no transmitir sus sentimientos. Si no ponía cuidado, Vriess podría notar su tensión. No quería distraerlo mientras trabajaba. Continuó silbando, permitiendo que solamente una parte de ella se percatara del hombre que se hallaba en la cornisa superior del cuarto de máquinas.
Era Johner. Call no sabía su nombre o si acaso tenía alguno.
Tampoco le importaba. No le importarba que Johner muriera. Odiaba a ese hombre.
Odiaba lo que era, lo que hacía. Había días en que su principal tarea a bordo
del Betty era asegurarse que Johner no supiera cuánto lo detestaba. Y a
Johner le encantaría darle tal satisfacción.
La engarrotada mujer se aseguró que la aparición de Johner no la distrajera de su trabajo. La ridiculizaría si dejara caer un tornillo, o torcer un borde por no prestar atención. No quería alertar a Vriess de que Johner estaba ahí. Quizá si ambos lo ignoraban, finalmente se iría.
Imposible, pensó Call, mientras el alto, poderoso y macizo hombre caminaba justo sobre ellos. Se rió de ella, sus pequeños ojos de un gélido color azul le recordaban a los de un cerdo. No le cabía duda que él era el hombre más feo que había visto jamás, y la enorme cicatriz que surcaba su cara no mejoraba en nada su apariencia. Pero era su detestable comportamiento lo que lo hacía verdaderamente odioso. Call siguió ignorándolo. Él reía más fuerte, su cicatriz jalaba su rostro, en una grotesca parodia de expresión humana, y comenzó a canturrear junto con ellos.
Mediante su visión periférica, Call notó que extraía su navaja, la enderezaba, y la usaba para limpiarse la uña del pulgar. Ella volvió la cabeza, para que pudiera continuar su acicalamiento sin que ella lo viera, y se forzó a sí misma a continuar silbando a la par de Vriess. Incrementó el volumen, esperando que Vriess no notara la contribución de Johner. No le agradó ver que Johner arrojaba el cuchillo al aire sobre las piernas de Vriess, dejándolo caer.
Sin embargo, lo vio clavarse.
El pequeño filo se clavó en la carne del muslo izquierdo de Vriess. Call sintió una punzada de enojo, no podía evitarlo, y se levantó enfurecida, con la boca abierta. No sabía si gritar o maldecir o farfullar algo al hijo de puta.
Bajo el estabilizador, Vriess seguía silbando, totalmente ajeno.
"¿Qué rayos te pasa?" Siseo entre dientes al sonriente Johner.
Ahora ya no silbaba, Vriess finalmente se percató que algo pasaba y se jaló de debajo de la máquina, rodando en la plataforma hasta salir de ahí. Espió a Johner en la cornisa, y miró a Call, confundido por su enojo.
"Sólo un poco de tiro al blanco," dijo Johner, completamente desvergonzado. Señaló hacia el hombre en la plataforma "Vriess no se queja."
Call miró preocupada al otro
mecánico, luego al muslo de Vriess p
ara que este
siguiera su mirada. Cuando detectó el cuchillo clavado en su pierna gritó,
"¡Maldición!" Al accionar una palanca de la plataforma, su parte superior se
elevó. Después el asiento se elevó, y las piernas se hallaron dobladas,
mostrando la versátil silla de ruedas que el propio Vriess había construido.
Paralizado de cintura para abajo, el hábil, y medianamente joven ingeniero, miró
la pequeña navaja sumergida en su insensible pierna.
"¡Johner hijo de puta!" Maldijo Vriess colérico, y estiró uno de sus fuertes brazos, arrojando su llave inglesa al hombre.
Pero Johner hábilmente la esquivó, riendo mucho más fuerte. "¡Oh vamos! ¡No sentiste nada!" Johner creyó que aquello era un chiste buenísimo y rió aún más.
Ahora Vriess se veía avergonzado, y eso hizo a Call enfurecer más. Sin importarle, tomó un pequeño pañuelo de su bolsillo, aferró el cuchillo, lo quitó, y colocó el pañuelo en la supurante herida. Vriess lo sujetó firmemente en su lugar, esperando contener la hemorragia. Ninguno de los dos dijo nada, solamente trabajaban juntos para sacar el trabajo.
Call miró hacia la cornisa y el inquieto bastardo que no podía llamarse hombre. "Eres un mal nacido cabrón, ¿Lo sabías?"
¿Qué le importaba a Johner como lo había llamado? Se había divertido a sus expensas, él había ganado. Aún riendo, alargó una mano. "Devuélveme el cuchillo, ahora."
Call estuvo a punto de guardar la hoja del cuchillo y arrojársela, pero reconsideró. Estaba demasiado enojada para ser tan cooperativa.
Vriess la miraba. Le tocó el codo. "Call, olvídalo. Ha estado bebiendo demasiada cerveza."
Ella sabía que Vriess no temía a Johner, a pesar de su talla y ventajas. Pero sí que se preocupaba por ella. Sin considerar sus firmes músculos, ella era pequeña, delicada. Y a Johner no le importaba un carajo lastimar a cualquiera. Lo encontraba divertido. Pero a Call no le importó. Ya estaba cansada de soportar a aquel bastardo abusivo.
Con un solo movimiento, atascó la hoja del cuchillo entre dos soportes metálicos y la arrancó de cuajo.
La cara de Johner se puso roja de furia. La señaló con un dedo. "No me jodas pequeña Annalee. Pronto te darás cuenta que conmigo no se jode."
Call se mantuvo desafiante. La talla no era siempre lo más importante. Ella podía cuidarse, y si él quería averiguarlo por sí mismo, que lo hiciera.
Los dos se miraron fijamente por un momento, y entonces, para asombro de ella, Johner parpadeó primero. Aún maldiciendo, abandonó la cornisa.
Call se apartó el corto y oscuro cabello de sus ojos casi negros y movió la mandíbula adelante y atrás, aún disgustada. El plácido ambiente de trabajo que había mantenido con Vriess se había esfumado.
Hasta que él le dio una palmadita en la cadera y le susurró, "Debemos comenzar a relacionarnos con otra clase de personas."
Las expertas manos de Sabra Hillard llevaron al pequeño Betty bajo la plataforma inferior del inmenso Auriga. "Mis impuestos trabajando," murmuró quedamente, luego rió, recordando que nunca pagaba impuestos.

Sobre ella, las puertas de la inmensa plataforma de aterrizaje se abrieron. En su audífono, la voz automática del Auriga informó. "Inicie Aterrizaje."
"Ajá, ajá, allá voy" musitó moviendo la nave en posición.
Los grandes electromagnetos del Auriga se movieron a su posición cuando Hillard acopló el pequeño vehículo en la plataforma de aterrizaje. Con un estridente sonido metálico, los magnetos del Auriga se acoplaron en al casco del Betty, asegurando su posición.

Como un bebé en su silla de seguridad
, pensó Hillard. Entonces, ¿Por qué me incomoda tanto este pensamiento? Un magneto de seguridad, seguía siendo una amarra, una cadena."Aterrizaje completo," Dijo Padre, la voz del Auriga. "Puede desembarcar ahora."
Incluso la voz artificial parecía dar órdenes. Incrementando su aprensión. Hillard pulsó el botón intercomunicador "¡Atención, corazones! Vamos a desembarcar ahora. Recordad. El general no permite armas a bordo del Auriga. Os veo en la plataforma, chicos." Dijo y cortó.
¿Por qué siempre el aterrizar en una estación tan gigantesca como esta la haría sentir como si la tragaran viva?
5
Pérez observó a sus soldados, preparándose para el desembarque de la tripulación del Betty desde una elevada plataforma sobre ellos. Su ojo crítico escrutaba a cada soldado, alerta, buscando signos de desorden u holganza. Las tropas se veían bien. El corredor fuera del desembarcadero era tan prístino y brillaba tanto como el resto de la nave. Justo como él quería que fuera. Y así seguiría. Él mismo había escogido a cada uno de los soldados a bordo del Auriga. Cada uno buscaba misiones más importantes, mejores y más interesantes. El permanecer bajo el mando de Pérez les garantizaba consideraciones especiales una vez terminada su misión ahí. Así que prácticamente ninguno le había decepcionado. Y él sabía que no iban a hacerlo ahora. No con él de pie observándoles.
Los conductos de aire llevaron la voz átona de Padre al desembarcadero. "Ciclo completo. Se abrirán las puertas."
Cuando las puertas neumáticas sisearon al abrirse, la tripulación
del pequeño carguero pirata apareció paulatinamente ante los soldados. Pérez no
pudo evitar pensar lo mismo que algunos de sus soldados. Todo a bordo del
Auriga estaba esculpido y pulido, como Pérez exigía que estuviera. Cada
soldado ahí abajo estaba idénticamente vestido, igualmente armado. Hombre o
mujer, grande o pequeño, de origen étnico –eso no importaba. Eran una unidad que
respondía a un solo líder.
No como este atajo de andrajosos
, pensó decididamente. Lo único que los asemejaba era su total discrepancia. Sus ropas, sus cabellos, la forma de pararse, el modo de andar … o rodar, pensó Pérez con cierto asombro al ver que uno de los miembros de la tripulación, desembarcaba en una silla de ruedas mecanizada. Sacudió la cabeza. Era un grupo tan bizarro, tan ecléctico, que Pérez no podía siquiera imaginar si Elgyn los podía hacer cumplir la más mínima orden. Se preguntaba cómo habían sobrevivido en el espacio con aquella chatarra que tenían por nave, en el espacio el orden y la disciplina eran las únicas cosas que te podían mantener vivo.La tripulación del Betty bajó por la rampa, aproximándose a los soldados. Al hacerlo, Pérez evaluó sus posiciones. Observó sus ojos atentos y postura rígida, notó sus brillantes pieles, la grasa mecánica tan curtida en su carne que parecía casi un tatuaje. Había algo que tenían en común, se dio cuenta finalmente. Cada uno tenía una visible marca de rudeza que no era solamente valentía. Justo como sus soldados, esta tripulación mataría si tuviera que hacerlo. Incluso, sospechó, esa muchachita del medio. ¿De dónde habrá venido? Elgyn no mencionó haber reclutado más personal. Pérez intentó no preguntarse si ya habían matado antes. Ahuyentó este pensamiento. Estos eran piratas, en todo el sentido de la palabra, pero Pérez no veía nada de maravilloso en ello.
Contrabandistas
, pensó quisquillosamente. Admítelo, Martin. Son solo ladrones y asesinos. Y tú los contrataste. ¿Por qué invitarlos a venir? No era que tuvieras otra opción.El ecléctico grupo llegó lentamente al sitio donde los soldados se hallaban, listos para registrarlos. Cooperativamente, varios de ellos levantaron los brazos para ser rastreados. El inmenso negro al frente levantó muy alto sus brazos; su camisa abierta revelaba un prominente y fornido pecho. Cuando el soldado le dijo que estaba limpio, el hombre sacudió su cabeza, incrédulo. Los miembros de la tripulación del Betty murmuraron entre ellos.
Súbitamente, la luz del sensor en el guante de otro soldado comenzó a parpadear. La mujer cuya señal se encontraba activa alzó la vista hacia un feo hombre con una espantosa cicatriz y le dijo firmemente, "No se permiten armas a bordo, Señor."
Al reírse de ella el tipo de la cicatriz, Pérez pensó para sí mismo. Sé amable con ella, amigo. Es una especialista y campeona en combate mano a mano. Probablemente podría derribar a ti y a todos tus colegas si la pones nerviosa. Y tu horrible marca no la disuadiría ni por un segundo.
El hombre de la cicatriz abrió su chaqueta, cooperativamente, mostrando al soldado aquello que había activado el sensor. Un gran termo de plata.
"¡Luz de Luna!" Explicó. "Mi propia creación. Mucho más peligrosa."
Toda la tripulación del Betty rió.
La soldado no mostró la más mínima reacción. "Lo lamento señor, puede entrar."
Justo en ese momento, Elgyn vio a Pérez en su plataforma y caminó hacia él. "¿Acaso crees que nosotros seis vamos a secuestrar tu nave?" La tripulación rió de nuevo.
Pérez esperó a que se callaran. "No – pero creo que tu estúpida tripulación puede emborracharse y disparar una bala en el casco. Estamos en el espacio, Elgyn." Esperó a que sus soldados comenzaran a reír, pero ellos eran demasiado profesionales para eso y mantuvieron su seriedad.
Los rastreos terminaron, y Pérez ondeó la mano a la tripulación del Betty para que entrasen al Auriga.
El tripulante de la silla de ruedas fue el último en avanzar. Finalmente, manejó su silla automatizada hasta donde estaba la soldado que había encontrado el termo.
"¿Quiere revisar la silla?" Preguntó dulcemente a la soldado.
El rostro de la mujer no se inmutó. Pérez sabía que ella era lo suficientemente experimentada, como para saber que el hombre esperaba que revisase algo más que su silla. La mujer solamente levantó el brazo, apuntando hacia el grupo que avanzaba lentamente más adelante. Con una leve sonrisa, él los siguió.
Pérez también lo hizo.
Quince minutos después, en su cuartel, la puerta del general sonó. Él sabía quien era, y pidió a Padre que abriera la puerta. Elgyn estaba ahí, recargado sobre el marco. Entró, saludando con la cabeza al general, y se dirigió a la mesa que Pérez ya tenía dispuesta.
Ahí, sobre su superficie plana, había pulcros, previamente contados, y ordenados fajos de billetes de mil dólares. Había muchos fajos. Más de los que Pérez quería pensar. Los billetes eran originales, sin secuencia en su numeración. Eran perfectamente cuadrados, de un brillante color verde, y cada uno de ellos tenía impresa la insípida cara de algún obscuro líder del congreso del siglo pasado. Pérez no podía evitar pensar que debían ser de un brillante color rojo. Dinero sangriento.
Elgyn se sentó lentamente en la
silla que Pérez le tenía dispuesta, y él se sentó en el lado opuesto. La
expresión en el
rostro de Elgyn solo podía definirse como satisfacción. Sonreía ligeramente al
mirar fijamente los fajos, separando los billetes con el pulgar, contándolos.

"Estos fueron muy difíciles de conseguir" comentó Pérez secamente.
Elgyn enarcó las cejas. "Igual que nuestra carga. No alegará pobreza ¿verdad?"
Al darse cuenta que lo había malinterpretado, Pérez rectificó.
"Me refiero a los billetes. Casi nadie maneja efectivo en estos días." Mucho menos una cantidad así.
Elgyn sonrió, comprendiéndolo. "Solo aquellos que no quieren registrar todas sus transacciones. El elemento sorpresa. Como usted, por ejemplo."
La analogía laceraba. Repítetelo de nuevo, Martin, recuerda que estas sirviendo a tu país. Pérez levantó un pequeño paquete rectangular de la mesa, y tomó un vaso.
"¿Bebe?"
"Constantemente," asintió Elgyn con gesto gracioso.
Pérez
retiró la cubierta protectora del pequeño cartucho plástico y vació un sólido
cubo de gel ambarino en el vaso. Pasó el vaso bajo un láser manual y le tendió a
Elgyn la bebida, ahora licuada. Luego se preparó una para él. Era escocés del
bueno, quizá del mejor.
"Estoy suponiendo, sea lo que sea que hagan aquí, que no está exactamente aprobado por el Congreso," dijo Elgyn, tomando un sorbo. Levantó el vaso, como para brindar después de haberlo probado.
Me alegra tanto que apruebe nuestra cava
, pensó Martin, disgustado.No, este proyecto no fue aprobado por el Congreso, ni por ninguna otra agencia gubernamental o panel militar. Pero a Pérez nunca le faltaron recursos ni fondos. Incluso, cuando tenía que lidiar con los cuestionamientos como los de este pirata, no podía evitar cuestionarse sobre la operación completa. Y no es que soportara las preguntas. Él tenía un trabajo que hacer, una misión que completar, y obtener luz verde a cualquier precio. Tuvo que obligarse a creer que cualquier ventaja futura que resultara de este trabajo, debería superar todos los sacrificios que había hecho hasta ahora.
Pérez tenía poca paciencia con los apabullantes escenarios de Wren sobre los avances médicos y los milagros bioquímicos. Él solo podía pensar en criaturas que, siendo injertadas con implantes electrónicos de control de comportamiento, transformarían las tropas armadas hasta la quintaesencia. De hecho, Wren y Gediman habían reportado recientemente que la inteligencia de los Aliens parecía ser mucho mayor que de lo que sus registros históricos indicaban. Para Pérez, eso era un valor agregado –los animales inteligentes serían mucho más fáciles de entrenar.
Tenía que creerlo así, que durante su vida, la subestimada valía de los hombres bien entrenados, terminaría para siempre. En vez de eso, los soldados serían usados únicamente para operaciones de ‘limpieza’ una vez que los conflictos terminaran- un trabajo apropiado para hombres que podían pensar, valorar, usar el juicio.
Eventualmente, se crearían otras formas de
Aliens más provechosas para condiciones de combate específicas, y después
podrían ser entrenados para funciones especializadas. Podrían ejercer la milicia
para tomar ciudades dirigidas por criminales, preparar seguramente nuevos
planetas para su colonización al eliminar a las especies peligrosas, comenzar
una nueva era de paz y productividad.
Dejó sus esperanzados pensamientos al mirar a Elgyn. Este pirata no entendería nada de ellos. Cuando habían negociado sobre esta misión, Elgyn no había preguntado para qué se usaría su cargamento ‘especial’. Su único interés había sido la pila de dinero que ahora tenía enfrente.
Pérez y Elgyn eran humanos, pero era evidente que eran dos especies totalmente diferentes.
Pérez cambió de tema. "¿De donde sacaron a su nuevo pececillo?"
Elgyn bromeó. "¿Call? En trabajos manuales. Estaba buscando un trabajo de mantenimiento."
"Da buena impresión," comentó Pérez secamente.
"Está severamente follable, ¿cierto?" Concordó Elgyn. "Y es el mismo diablo cuando se cabrea. Algo así es lo que opina Vriess." Tomó uno de los paquetes de billetes que tenía enfrente y lo acercó a él abanicándolo, luego se lo llevó hasta la nariz e inhaló. Su expresión era la de un hombre percibiendo el más fino buqué del vino, o la alargada y fina silueta de un habano recién liado. "Tiene curiosidad en esta, pequeña transacción. Y no la culpo. Es algo demasiado encubierto y escabroso…" Pérez lamentó mencionar lo de la expedición de pesca. "Esta es una operación militar."
Elgyn vio más que eso. "La mayoría de los laboratorios de investigación militares no tienen que operar fuera del espacio regulado. Y no tienen que emplear contratistas particulares … Y no piden la clase de carga que nosotros trajimos."
Pérez se dio cuenta que Elgyn quería algo. ¿Un bono? Debería poner las cartas sobre la mesa. "¿Quiere algo Elgyn?"
El espigado hombre se recargó en su respaldo, completamente relajado y tranquilo. "Solo cama y techo por un par de días. A Vriess le gustaría echar un vistazo para obtener algunas refacciones. Si no es molestia, claro."
Pérez se preguntó nuevamente si no estaría cometiendo errores. Al comprometerse con Elgyn para este proyecto, había considerado seriamente matar a la tripulación y destruir la nave tras la entrega, luego decidió que eso podría ser contraproducente, que podría traer más problemas de los que resolvería. Quizá necesitara repasarlo una vez más. Sería bueno tener a la tripulación y la nave a bordo mientras reconsideraba. "Desde luego que no es molestia. Solo manteneos fuera de las áreas restringidas. No inicien peleas… mi casa es su casa."
Elgyn levantó su vaso, agradecido, y terminó de beber.
"Confío, por supuesto, en que os mantendréis al márgen."
El hombre era todo sonrisas. "Soy famoso por ello"
Sí
, pensó Pérez. Es cierto, sí lo eres. Por eso fue que te contraté desde un principioDe vuelta a bordo del Betty, en la cubierta de carga, Call se puso sus guantes y caminó hacia Christie. El enorme hombre la miró naturalmente, luego preguntó, "¿Dónde está Johner?"
Se encogió de hombros. "Ya conoces a Johner, ya quiere fiesta."
Christie sacudió la cabeza. "Debí imaginarlo. En tal caso, gracias por la ayuda."
Ella asintió, como diciendo, no hay problema.
Escuchó el sonido estentóreo de la esclusa de aire al abrirse y oyó la femenina e inflexible voz del Betty diciendo. "Ciclo completo. Las puertas se abrirán. La rampa está descendiendo."
Call y Christie caminaron hasta los montacargas manuales que alojaban los primeros contenedores de ‘carga’.
Cuando las puertas se abrieron completamente, pulsaron los controles en los montacargas manuales y movieron las grandes cajas hacia la rampa que descendía del Betty al Auriga. Las cajas metálicas y de cristal plastificado que estaban llevando, tenían casi tres metros de alto por un metro de ancho. Había veinte de ellas a bordo del Betty para descargar. La ‘carga’ especial del general.
Y dentro de cada tubo criogénico, dormía un hombre o mujer adultos.
Call no quería pensar en eso. No era su trabajo pensar en eso. Ésta era la carga. Su trabajo era entregarla. Eso era todo. Obtendría una tajada, además del salario. Aquello fue por lo que se había alistado, después de todo.
Sin embargo, preguntó quedamente a Christie, "Tú… eh, ¿tú crees que Elgyn sabe para qué los quiere Pérez?" Señaló hacia la carga con la cabeza.
Christie la miró con curiosidad, como si de pronto recordase que Call era nueva. "Puedo asegurarte con total certeza, que Elgyn no ha pensado ni por un momento en los planes del general. Solo le importa el efectivo contante y sonante de Pérez."
Ella asintió, luego se volvió, pero Christie la tomó del brazo con sorprendente amabilidad. Su tono de voz reflejaba el mismo comportamiento. "Call, Elgyn no se preocupa por eso, y nos paga para que tampoco lo hagamos nosotros, ¿de acuerdo?"
Sorprendida por su fraternal preocupación, Call esbozó una sonrisa. "Estoy bien, terminemos con esto."
Ella llevó el montacargas manual, hacia la rampa, al interior del Auriga.
Sólo haz la entrega. No pienses en ello. No pienses en ellos. Gente dormida …
Caminaba junto al silencioso Christie, se movieron hacia el Auriga, pasando los tubos por entre los soldados quietos que se hallaban de pie, hasta llegar ante una gran puerta que decía AREA RESTRINGIDA. Ahí había más soldados frente a la puerta. Al ver aproximarse a Call y a Christie, uno de ellos tocó la puerta.
Inmediatamente, esta se abrió con un sonido silbante. Call pudo ver a un hombre alto y de complexión media parado al otro lado; llevaba una bata de laboratorio en vez de un uniforme de soldado. Tampoco parecía un soldado. El nombre bordado en su bata decía, "Wren."
Los dos tripulantes del Betty se aproximaron a la puerta, pero al intentar atravesarla, uno de los soldados los detuvo. Otros soldados se adelantaron para tomar las unidades criogénicas. Christie la miró y asintió, así que ella entregó los contenedores que llevaba y Christie hizo lo mismo. Los guardias llevaron las cajas dentro del área restringida, y Call y Christie regresaron al Betty por las próximas. A los soldados se les negaba el acceso al Betty del mismo modo que a ella y a Christie se les negaba el acceso al área restringida.
Pero al regresar Call y Christie por más cargamento, ella no pudo evitar mirar por sobre su hombro para ver a los soldados llevar aquellas unidades al interior del área.
¿Dónde los llevarán? ¿Les despertarán o les dejarán dormidos? ¿Cuánto espacio podrá haber en el área restringida?
Las puertas se cerraron detrás de los soldados, antes que Call pudiera hallar respuesta alguna a sus preguntas. Se volvió hacia el Betty y hacia la tarea que debía terminar.
Entregar veinte hombres y mujeres dormidos a una instalación militar fuera de curso. Sí. Una tarea en verdad muy simple.