TERCERA PARTE

Al menos, pensó Wren agradecido, Gediman no está parloteando en este momento.

De hecho, ninguno de los miembros del equipo de investigadores hablaba al aproximarse al puerto de observación. Bueno, después de todo, ¿Qué había que decir? Todos ellos habían leído los reportes, la historia; pero hasta ahora, no había testigos vivos para reportar lo que ellos estaban por ver. Era una ocasión única. Y merecía el respeto del silencio, en honor a los hombres y mujeres que habrían de hacer el sacrificio supremo.

Wren se adelantó hacia las diversas pantallas de computadora, mientras los otros alternaban quedamente a sus espaldas. Podrían ver todo desde cualquier posible ángulo que desearan. O podrían simplemente observar todo a través del enorme puerto de observación hacia la cámara adyacente. Se dio cuenta, súbitamente, que todos ellos respiraban al unísono.

Tragó saliva, y manipuló los controles.

A través de los monitores, podían ver una extensa área de la cámara. Había veinte contenedores criogénicos dispuestos en forma de media luna, pie con pie. Wren activó los controles, y lentamente, las cámaras se izaron individualmente, hasta que quedaron totalmente de canto. Después, las unidades se aseguraron mecánicamente en su posición.

Wren manipuló más controles, cambiando la mezcla de los medicamentos en las unidades. Lentamente. Lentamente. No podía permitirse lastimar a los sujetos. Eran demasiado valiosos.

Tras un tiempo razonable, cuando la mezcla criogénica parecía adecuada en las lecturas, Wren abrió las compuertas transparentes de las unidades. Era muy obvio, en los monitores, que algunos de los individuos en el interior de los tubos estaban ya despertando. Podía ver sus ojos moviéndose, sus labios; y otros signos del despertar gradual. Las lecturas iban bien. Los sujetos despertaban, todos completamente funcionales, todos con buena salud. Sujetos primordiales.

Wren miró de costado hacia Gediman, que se movía nerviosamente. Podía adivinar que Gediman se hallaba incómodo. Wren echó un vistazo a los otros. Carlyn se frotaba los brazos como si tuviera frío. Trish había cruzado los brazos y miraba, sin parpadear, a través del puerto de observación, como si no fuese a permitir que nada ni nadie en esa habitación la tocara. Kinloch tenía los ojos como platos, estaba boquiabierto, como si no pudiera creer que estaba aquí, viendo esto. Sprague y Clauss conferenciaban en voz baja, mirando nerviosamente por el cristal. Clauss se aclaraba repetidamente la garganta. Wren desvió la mirada del grupo, para no distraerse.

Bien, debían estar conmovidos. Aquel era un momento único. Un momento para recordar por siempre.

Era tiempo. Wren manipuló los controles, en secuencia, y del techo, descendió un aparato de estructura tubular. Rodeando el enorme brazo transportador, había contenedores individuales de menor tamaño. Descansando en cada contenedor, había un enorme, y obscenamente orgánico huevo Alien. Si se podía llamar huevo a semejante cosa. Era un organismo viviente en sí mismo, que pulsaba húmedamente con la vida que contenía. Apostado firmemente en su larga cavidad, el angosto borde superior terminaba en cuatro dobleces semejantes a lengüetas, formando un orificio extraño en la punta. Había múltiples tubos dispuestos desde el huevo hasta los contenedores. Él y Gediman habían especulado mucho sobre su función. Era obvio que éstas estabilizaban al huevo, y posiblemente, en su propio medio ambiente, proveerían sustento en el suelo para mantener a la larva intacta durante años, si era necesario.

Wren apartó estas especulaciones de su mente al tiempo que el brazo transportador colocaba cada contenedor individualmente frente a cada una de las cámaras de hibernación.

Los huevos se asentaron cuando el brazo dejó de moverlos. A segundos de haber sido colocados al alcance de otro organismo viviente, los huevos, que habían estado ligeramente estáticos hasta ahora, repentinamente dieron señales de vida.

Se podían ver extrañas figuras moviéndose en el interior. La flexible estructura de los huevos, de hecho, temblaba.

La transmisión remota del equipo les permitía no solamente ver lo que estaba ocurriendo, sino también escucharlo. Los huevos producían sonidos. Sonidos húmedos, de succión. La clase de sonidos que se escuchan durante una cirugía, cuando se manipulan órganos en la cavidad de un cuerpo viviente.

Tras él, Wren se dio cuenta que todos en la habitación se quedaron quietos. Inconscientemente, levantó el brazo, para quitar, con la manga, el sudor que perlaba su labio superior.

La unidad criogénica de uno de los durmientes fluctuó, abriéndose luego. El delgado hombre, de cabello oscuro parpadeó, mostrando el típico aturdimiento y sequedad de garganta, producidos por efecto de los narcóticos. El nombre de su cámara criogénica decía "Purvis."

El huevo apostado frente a su unidad tembló, después se abrió súbitamente, las cuatro len güetas se desplegaron como una gran boca irregular. Apresuradamente, Wren manipuló los controles para girar las cámaras alrededor del misterioso interior. Oh, habían analizado su contendido mediante todos los sensores que tenían a su disposición. Incluso habían dado nombre a algunos de sus elementos, aunque todavía estaban especulando con respecto a sus funciones. Pero no era lo mismo que verlo con tus propios ojos.

El huevo que se apostaba en la cámara contigua a la de "Purvis" fue el siguiente en abrirse. Luego el del extremo más alejado. Después otro, y otro. Los durmientes estaban aún m edio conscientes, parpadeando atontados, mirando alrededor, desorientados. Sabían que no estaban en el mismo sitio que cuando fueron puestos a dormir, pero era evidente que no podían saber dónde se hallaban ahora, o por qué. Y todavía estaban demasiado narcotizados para hacer otra cosa que parpadear y cuestionarse.

Finalmente, todos los huevos se abrieron.

Wren contuvo el aliento, y se preguntó si el resto del equipo estaría haciendo lo mismo.

Finalmente, cuidadosamente, seis largas y delgadas patas emergieron del huevo frente a Purvis.

Lentamente, Purvis comenzó a salir del crio-sueño. Era algo sorprendente, la hibernación. En un segundo estabas despierto y preparado para una larga siesta de invierno, y al siguiente despertabas de nuevo a un millón de años luz y a todos los meses que habías pasado. Se sintió entrando en calor, despertando cuando las drogas criogénicas le eran retiradas de su sistema.

Estaba lo suficientemente consciente para especular sobre su futuro empleo. La refinería de Xarem estaba demasiado lejos, así que debían pagar mejor que algunas de las otras plantas. También había oído que tenían mejores amenidades, precisamente por encontrarse tan lejos. El paquete que le habían ofrecido era bueno. Él solo esperaba que las condiciones de trabajo lo fuesen también. Había pasado por suficientes "instalaciones de lujo" que solo resultaban ser dormitorios comunales, sin privacidad.

Sintió hormigueo en los pies, y comenzó a moverse. Dos años en Xarem serían mejores que cinco años en cualquier otro lugar. También sentaría cabeza, si el bono era bueno. Comenzó a parpadear, a mirar en derredor.

Extraña área de recuperación. No estaba acostumbrado a que movieran de sitio su crio-tubo. Normalmente, la recuperación era a bordo de la nave. Tras despertar, te levantabas, tomabas una ducha, reunías tus pertenencias …

Miró alrededor. La disposición de los tubos también era diferente a la que tenían en la nave. Parpadeó varias veces, intentando aclarar su visión, y finalmente noto la enorme cosa ovoide que estaba justo frente a él.

¿Qué demonios es eso? Él no creía que hubiera ninguna extraña forma de vida extraterrestre en Xarem, ya fuese planta o animal. Entonces, ¿qué demonios era esta cosa? Incluso, si pertenecía al planeta, ¿qué rayos estaría haciendo dentro del complejo?

La oblonga monstruosidad se zarandeó de repente, se movió, como si estuviera viva. Su superficie era húmeda, y brillaba con una especie de limo. Purvis intentó echarse hacia atrás, asqueado, pero no había lugar a dónde ir. La cubierta superior de su crio-tubo estaba abierta, pero ésta únicamente exponía su cabeza y la parte superior del pecho. Sus brazos y cuerpo se encontraban aún confinados dentro del tubo. Tragó saliva, intentando aclarar su voz, queriendo llamar a una sobrecargo, o a alguien que se hiciera cargo de esta cosa – y que lo sacara de su tubo.

Pero antes de poder hacerlo, la parte superior de la cosa se abrió. Purvis sintió una oleada de náuseas cuando las lengüetas se abrieron, produciendo un sonido asqueroso.

¿Qué coño está pasando aquí? Echó un vistazo hacia las otras cámaras criogénicas, percatándose repentinamente, al aclararse su mente más y más, que había una de estas grotescas cosas frente a cada uno de los crio-tubos. ¿Por qué? ¿Para qué?

De pronto, algo largo e insectil comenzó a emerger de la parte superior de la cosa. Largos y delgados apéndices en forma de dedos, tanteaban el exterior de la superficie de esa oblonga porquería. Luego, finalmente, la criatura de patas de arácnido emergió completamente. Parecía una combinación de pesadilla entre un escorpión de cuerpo blando mezclado con un cangrejo herradura.

¿Qué es eso? ¿Alguna especie de bicho? Purvis odiaba a los bichos, pequeños o grandes, de todas clases. Esa era una de las razones por las que trabajaba en el espacio. ¡Casi nunca se veían bichos en el espacio! Y si éste era un bicho, era la madre de todos los bichos. Se paraba equilibrado en sus largas patas, balanceándose como un bailarín.

Era suficiente. Horrorizado, Purvis manoteó repetidamente los controles del interior de su crio-tubo, intentando liberarse para huir tan lejos de este monstruoso bicho, como le fuera posible. Pero los controles no respondían, sin importar lo que hiciera. Miró alrededor, con ojos muy abiertos. La mayoría de los durmientes no estaba tan conscientes como él, no se daban cuenta de lo que ocurría.

La criatura tembló ligeramente, se agazapó brevemente sobre sus patas. Los ojos de Purvis eran enormes, su boca se abrió al máximo, mientras intentaba llenar sus pulmones de aire, para pedir ayuda a gritos.

Antes de siquiera gritar, la criatura saltó hacia él, mucho más rápido de lo que pudo notar. Algo elástico, frío, y húmedo se estampó en su rostro fuertemente, al tiempo que sentía su cara completa ser aferrada por una mano enorme. Un largo y delgado látigo se enroscó alrededor de su garganta, estrangulándolo. Entonces se dio cuenta de lo que era. Era el monstruoso bicho, esa cosa, estaba en su cara.

Purvis enloqueció completamente, e intentó gritar salvajemente, histéricamente; pero su voz se ahogaba antes de poder emitir sonido alguno. Tan pronto como abría la boca, ésta se llenaba con algo fibroso, carnoso, viscoso y húmedo. El sabor, la sensación era asquerosa, y su estómago vacío se revolvió, incluso mientras intentaba combatir a la cosa que pugnaba por entrar en él, llenando su boca, deslizándose por su garganta, forzando su entrada a través de la tráquea, hacia su esófago. Seguía intentando gritar más y más fuerte, azotando su cabeza atrás y adelante de forma salvaje, intentando desenredarse de aquella cosa. Sus brazos y manos todavía estaban confinadas en el crio-tubo, así que intentó mover la cabeza de un lado al otro, pero no pudo. Sus brazos estaban atrapados, sus piernas pateaban inútilmente, y nada de eso funcionaba. Más aterrorizado de lo que había estado jamás, Purvis se rindió ante el sofocante miedo y se dejó ir, indefenso.

No podía ver nada, ni escuchar nada, no experimentaba nada, salvo este organismo invasor, envuelto en su cara. Luego, el pegajoso frío de la criatura pareció invadir incluso su sistema circulatorio, y revolotearon luces ante sus ojos. Su lucha decreció, se hizo lenta, y lloró. Estaba muriendo. ¡Oh, Dios, estaba muriendo! Lo estaba matando lentamente un horrible bicho Alien. Sollozó, mientras el frío lo abrumaba, enfriando la sangre en sus venas, paralizando su cuerpo. Si tan solo pudiera dejar de sentir …

Finalmente, su deseo se cumplió, y el frío envolvió su mente tan completamente como el sueño criogénico. En esos momentos, estaba levemente consciente de que la cosa en su cara apretaba su abrazo en su cabeza, y la cola semejante a un látigo se envolvía más cómodamente alrededor de su garganta. Juntos, los dos se abandonaron al sueño, uno descansando más confortablemente que el otro. Y Purvis comenzó a tener horribles sueños, y ninguno de éstos era sobre Xarem.

En el cuarto de observación, Wren oyó a Carlyn vomitar ruidosamente en el fondo de la habitación. Sprague y Kinloch estaban junto a ella, sosteniéndola, intentando ayudarla. Wren se dio cuenta que ella lloraba. En algún momento Clauss había abandonado la habitación apresuradamente.

A su lado, Gediman estaba en silencio, introspectivo. También estaba tan blanco como una sábana. Al otro lado se hallaba Trish Fontaine. Sus brazos estaban cruzados firmemente, sobre su pecho, y la pequeña mujer irradiaba una silenciosa rabia. Wren parpadeó, sorprendido.

"Usted dijo que no se darían cuenta de nada." Dijo ella acusadoramente, "Usted dijo que no lo sentirían."

Wren aspiró profundamente, ordenó sus pensamientos. Necesitaba a estas personas. No podía permitirse perder su lealtad en este momento.

"Usted vio sus lecturas. Todavía estaban al cuarenta por ciento. Había demasiado frío criogénico en sus sistemas, apenas estaban despiertos. Si sintieron algo, si experimentaron algo, fue como un sueño, eso es todo. Usted ha leído los registros. Tras el implante, no recordarán nada. Y quizá solo necesitemos mantenerlos semi conscientes durante la incubación. Podemos anestesiar sus espinas antes de la expulsión del embrión. Será totalmente indoloro, como dije que sería."

Ella lo miraba, visiblemente incrédula, luego se volvió deliberadamente de espaldas y fue a ayudar a Carlyn.

Wren estaba desanimado y se volvió hacia Gediman, pero su socio estaba conmocionado en el puerto de observación. Colérico, Wren se dirigió a todo el grupo.

"¡Escuchad, esto es ciencia, gente! ¡Ciencia pura y sin tapujos, justo ante vuestros ojos!" Todos voltearon a verlo, su repulsión era clara. "Y sí, es desagradable, y es horrible, pero sigue siendo ciencia. ¿Estáis conscientes de que en el siglo veinte, durante el Proyecto Manhattan, cuando los científicos luchaban para inventar la bomba atómica, algunos de ellos creían que detonar la primera bomba podría inyectar hidrógeno en la atmósfera? De haber ocurrido, la atmósfera hubiera ardido en llamas y hubiese habido una aniquilación total. Sin embargo, incluso con ese temor, detonaron la bomba experimental. Uno debe correr riesgos en la ciencia, si se quiere avanzar, si se quiere descubrir cualquier cosa."

El grupo únicamente lo miró solemnemente, luego todos se volvieron de espaldas.

Wren miró irritado, buscando a Gediman, preguntándose dónde estaba su elocuencia ahora, que la necesitaba. "No sé cuál es su problema. Todos ellos leyeron los libros. Sabían lo que les esperaba."

Gediman no podía apartar los ojos de la enorme ventana. Todos los durmientes habían dejado de luchar, y yacían quietos ahora, en un estado que asemejaba el coma.

De acuerdo con los sensores remotos, la implantación había comenzado. Veinte constrictores de rostro envueltos en veinte cabezas humanas, manteniéndoles con vida.

Finalmente, Gediman habló. Su voz era temblorosa, vacilante.

"Leer al respecto es una cosa. Verlo –ver esto, es algo totalmente diferente." Carraspeó y distraídamente se llevó la mano a la garganta, tragando saliva.

Al volverse Wren nuevamente hacia las pantallas, tuvo que parar conscientemente de hacer aquello.

6

Call y Christie se reunieron con el grupo justo cuando estaban por entrar a la estancia – comedor recreativa.

Vriess sonrió a la mujer desde su silla. "¿Habéis terminado, chicos?"

Ambos asintieron mientras Christie decía, "Descargamos y entregamos. Todos y cada uno de ellos. Imagino que nuestro glorioso líder aún está con el General ¿Cierto?"

"¿Quién, Elgyn?" preguntó Hillard casualmente. "Supongo que sí."

Se dirigió a Vriess. "Ya fuiste de ‘compras’?"

"¿Con el estómago vacío?" Inquirió el hombre sentado. "Debes estar bromeando. Cuando terminemos aquí en este ‘restaurante de cuatro estrellas,’ iré a revisar las bodegas. Un hombre debe tener sus prioridades."

El grupo bromeaba al moverse al interior de las puertas abiertas. El lugar era enorme, pensó Call, especialmente comparado con los pequeños confines del Betty. Era capaz de alojar a todos los soldados para comer, de una sentada, si era necesario. Incluso, el espacio estaba acondicionado para poder usarse en juegos de equipo, o atletismo. Había también un aro de baloncesto montado en el fondo cerca de un ordenado equipo de boxeo y aparatos de ejercicios.

Ya iban tarde para la cena, y la única persona en el lugar, era una solitaria mujer jugando con un balón en la zona del aro. Era alta, esbelta, con cabello castaño ondulado y hasta los hombros. Call asumió que podía ser una soldado o una investigadora en su día de descanso.

Los otros también estaban mirando el área. Entonces, Johner vio a la extraña mujer y murmuró, "Oh, oh."

Involuntariamente, Call se puso tensa.

Johner sonrió y dijo, "Tenías razón sobre eso, Vriess. Un hombre debe tener sus prioridades." Deambuló hacia la mujer, varios de los otros se quedaron a una distancia prudente. Call no estaba segura si aquello era dinámica de grupo, o una forma de mantenerse fuera de problemas. Ella dudaba que cualquier persona trabajando a bordo del Auriga, fuese un blanco fácil para el grotesco Johner.

Descaradamente, Johner se acercó por detrás de la mujer. Puso sus manos sobre sus hombros y preguntó en lo que aparentaba ser un tono seductor, "¿qué tal un mano a mano?"

Call se preguntaba hasta qué punto llegaría Johner con aquella ridícula noción de romance. No podía creer que alguna vez hubiera conseguido un "culo" en su vida, mucho menos uno gratis.

La mujer volvió la cabeza ligeramente, solo para hacerle saber que lo había visto. Su expresión no era precisamente una bienvenida. Se volvió nuevamente, como para despacharlo, y siguió jugando con el balón.

"Anda, ¿qué dices?" la presionó Johner, frotando su nariz contra el cabello de la mujer, inhalando su esencia.

Call la escuchó claramente. "¡Aléjate de mí!" La advertencia era firme, pero había una nota de resignación en ella.

"¿Por qué debería hacerlo?" preguntó Johner tímidamente.

"Lo lamentarás," dijo ella simplemente. No había nada de timidez en su voz.

Johner se apretó contra ella, frotándose contra su trasero. Call sintió que su rabia volvía. Él se acercó al largo cuello de la mujer, murmurando. "Entonces, ¿me vas a lastimar? Creo que tal vez lo disfrutaría." Sus pequeños e insípidos ojos se angostaron, y su torcida sonrisa resultaba odiosa, pero todo en Johner resultaba odioso.

La mujer volvió su cabeza. La parodia de sonrisa que le esbozó, fue igualmente horrible.

De forma distante, Call se percató que ninguno de ellos se había movido hacia las mesas del comedor, que todos estaban ahí de pie, expectantes, aguardando problemas. Al parecer, esto no era algo nuevo en Johner. Inconscientemente, Call se vio a sí misma moviéndose hacia la mujer, intentando ayudarla. Sabía que los compañeros no lo aprobarían, pero…

Vriess le tiró de la camisa, se volvió hacia él y lo vio negar ligeramente con la cabeza. No te entrometas, Call, podía oírle decir.

Se volvió nuevamente hacia Johner y la mujer, y se preguntó si serviría de algo llamar a Johner para comer con ellos, y lo distraería lo suficiente como para –

Sin previo aviso, la mujer estalló, estampando un codo en el estómago de Johner, sacándole el aire. Call sorprendida, vio que mientras lo hacía, continuaba jugueteando con la bola en la otra mano. El hombre se elevó por los aires, luego chocó contra el pulido suelo y resbaló.

La tripulación del Betty estaba asombrada, no de que la mujer hubiera golpeado a Johner, sino por la sorprendente fuerza con que lo había hecho. Call parpadeó mientras Johner continuaba resbalando hasta detenerse en una suerte de pedestal para sacos de boxeo que le golpeó y lo derribó.

Antes que Call pudiera registrar lo que había visto, Hillard profirió un grito de rabia y saltó sobre la mujer. Ella se giró sobre los talones y fácilmente, la arrojó a un lado.

Call estaba atónita por la sorpresa –la piloto era una ruda y mortal combatiente, pero la otra mujer la había arrojado como si fuera una niña.

Hillard se estrelló contra el suelo, con su propio impulso usado en su contra. Después, la mujer tomó el balón y lo arrojó, cayendo en el vientre de Hillard sin apenas una pausa. Le sacó el aire de tal modo, que la dejó jadeando.

Los oscuros y enormes músculos de Christie se tensaron. Tomó un pedestal de los sacos de boxeo y lo estampo en la cabeza de la mujer, por el lado de la base, con toda la fuerza que tenía el hombre. Call incrédula, se quedó atónita al ver que la mujer recibía el golpe sin siquiera una mueca, como un boxeador. Nada se mostraba en su expresión, excepto un pequeño hilo de sangre que resbalaba por su nariz.

Christie estaba igualmente atónito, y lo blandió nuevamente, más fuerte, de ser posible. Una vez más, la mujer recibió el golpe, lo absorbió, y permaneció en su sitio. Con un rugido, Christie embistió otra vez. En esta ocasión, la mujer lo detuvo, aferrando el pedestal, deteniéndolo a medio camino. Con poco esfuerzo, arrebató el objeto de las manos de Christie -¡De Christie! – advirtió Call impresionada – y lo arrojó a un lado.

Entonces se lanzó sobre él como un animal salvaje. Enterrando una mano en su cabello, aferró su mandíbula con la otra, mientras él luchaba fieramente por empujarla. Él comenzó a gritar, manoteando, embistiendo, haciendo lo posible por dislocarla, mientras ella intentaba romper su mandíbula, era un cuadro espantoso.

Call comenzó a moverse para ayudar a Christie, cuando Vriess tiró de su camisa. "¡No te acerques!" ordenó. Ella dudó, pero obedeció.

De pronto, Johner se puso de pie. Corrió hasta los dos combatientes y estampó un fuerte puñetazo al riñón desprotegido de la mujer.

La cabeza de la mujer giró, su cara se retorció –de rabia, no de dolor. Arrojó a Christie, reconsiderando, y se colapsó, como una muñeca. Inesperadamente, la mujer cayó también, de rodillas, con una mano culebreando. Con un solo movimiento coordinado, atenazó la entrepierna de Johner con la misma fuerza constrictora que había usado en la mandíbula de Christie. Johner gritó, con un sonido agudo de agonía. Al caer de rodillas, la extraña mujer le golpeó el vientre, doblegándolo totalmente.

En medio de todo este desastre, y de los gemidos y gritos de la tripulación herida, de pronto destacó la voz de un hombre, clara y firme.

"¡RIPLEY!"

Call se volvió hacia la voz, y vio a cuatro soldados, portando armas, que apuntaban justo hacia ellos –no, no hacia ellos, hacia la mujer. Entre ellos había dos hombres vestidos con batas de laboratorio, uno ligeramente más atrás del otro. Reconoció al primero. Le había entregado la carga a ese. El nombre de "Wren" estaba bordado sobre el bolsillo de su bata. Un poco más atrás de él, había un hombre, su nombre era "Gediman" según el bordado de su bata. Gediman parecía muy crispado, pero Wren se veía frío. Era fácil adivinar quién estaba al mando.

La mujer a la que había llamado Wren levantó la cabeza lentamente, su expresión se había relajado, desapasionada, como si no acabara, apenas, de fregar el suelo con ellos – un grupo que se enorgullecía de ser uno de los más rudos entre los rudos.

Call se volvió a mirar atentamente a la mujer. ¿Habían dicho Ripley? Call parpadeó, incrédula. ¿Ripley?

Todo había terminado. Los tripulantes del Betty comenzaron a retroceder. Christie se puso de pie, pesadamente, y se llevó los brazos a la espalda, como para rendirse, Call supo que podía ser todo menos eso. Hillard consiguió ponerse de pie. Pero Ripley todavía aferraba la camisa de Johner como si no deseara soltar a su presa, no ahora que lo había derribado.

"No hagamos una escena," dijo Wren tranquilamente, como si le hablara a un niño. Como si no hubiesen hecho ya una escena, y una escena verdaderamente horrenda. Como si no existieran los cuatro soldados entrenados y armados apuntando a una solitaria mujer. Como si el sujeto tuviera verdaderamente, algún control sobre ella.

Sorprendentemente, Ripley soltó al hombre, y se alejó de él. Se alejó de todos, sin mostrar consideraciones con ninguno, salvo con ella misma. Movió su cabeza hacia el arrodillado Johner y dijo casualmente. "Apesta."

Como si aquello fuera una explicación plausible para todo lo que había ocurrido, Wren asintió.

Johner finalmente consiguió inhalar suficiente aire para hablar.

"¿Qué coño eres tú?" Casi estaba sollozando de dolor.

Ripley se volvió hacia él, lo miró satisfecha, y luego se volvió a mirar de reojo al resto. Sin decir una palabra, se limpió la sangre que escurría por sobre sus labios y la arrojó de un capirotazo. Era tan insignificante para ella como todos los demás. La tripulación del Betty, los soldados, sus armas, Wren, Gediman … Call vio la salpicadura de sangre aterrizar en el suelo. Olvidada.

Como si de pronto se hubiera aburrido demasiado con todo aquel cuadro como para continuar, Ripley tomó nuevamente la bola de baloncesto del suelo, caminó con ella, a punto de irse, la arrojó de espaldas a una distancia mínima de 35 metros, y se dispuso a irse. Todos en la habitación la vieron atravesar el aro justo por el centro.

Wren dio su aprobación a los soldados, que bajaron las armas. Ella oyó a Gediman decir, "hay algo depredador en ella, ¿verdad?"

La admira por eso, advirtió Call.

Gediman todavía estaba nervioso como un gato. Se movió torpemente y murmuró, "Bueno… el tipo en verdad apesta."

Los dos investigadores y los soldados salieron del lugar, dejando a la tripulación del Betty la tarea de recoger a sus dañados compañeros. Call ayudó llevar a Christie a una banca, y Hillard tendió una mano a Johner para levantarse. Sabía que ninguno de ellos tenía mucho apetito ahora.

Como una idea tardía, Call se volvió hacia las puertas por las que había salido Ripley. Cuando lo hizo, no pudo evitar mirar la mancha de sangre en el suelo, donde la había arrojado Ripley.

Una pequeña estela de humo se elevaba de la mancha. Bajo ella, el suelo burbujeaba.

Al oscurecer en el Auriga, los miembros de ambas naves encontraron diversas formas de entretenerse de manera segura.

En la privacidad de la habitación que se les había asignado, Hillard yacía desnuda boca abajo en su litera, su expresión era dichosa. Profería leves jadeos de satisfacción, se dejaba llevar por las sensaciones que la estremecían. Le dolía el cuerpo por el altercado en el comedor, pero éste se estaba desvaneciendo. Se lo merecía. Pretendía disfrutar cada segundo.

Sonrió por sobre su hombro hacia el hombre que le daba tan íntimo placer.

Elgyn le devolvió la sonrisa, masajeando los cansados y doloridos pies de su amante.

En la privacidad de su habitación, el General Pérez enceraba concienzudamente sus botas él mismo, de acuerdo a las normas, derritiendo metódicamente la cera con un láser manual, aplicando una pequeña capa sobre la superficie de piel, y luego restregándola manualmente hasta hacerla brillar como un espejo. Era una tarea simple que le permitía mantener las manos ocupadas y la mente relajada. Y también le permitía reflexionar sobre el futuro de su proyecto.

Abajo, en los almacenes de suministros, Vriess rodaba su silla a lo largo de amplios corredores de estantes llenos, de cabo a rabo, con refacciones pulcramente ordenadas y etiquetadas. Miles de partes. Quizá millones de ellas. Estaba en el cielo de los mecánicos. Y todo era nuevo, nuevo, ¡nuevo! Perfecto, de tecnología avanzada, excelente material. Solo lo mejor para el General Pérez.

Los brazos de Vriess ya estaban llenos de cables, laminas de circuitos, componentes. Se estiró ante un estante de con cajas diodos, casi cayo, luego reconsideró. Tomó una caja, estaba por marcharse cuando lo pensó otra vez. Miró culpablemente en derredor, y tomó una segunda caja.

En la sala de estar de una serie de cuartos comunicados, Christie, Call y Johner estaban tumbados frente a una pantalla de video, pasándose de uno a otro el termo de Johner con cerveza casera. Tras el revuelo de aquella tarde, ninguno de ellos tenía demasiado que decir. Call estaba sorprendida de que ninguno de los dos hombres ni Hillard, parecían resentidos porque ella no se había involucrado, pero sabían que era la nueva chica después de todo, y era pequeña. Vriess se había mantenido al margen también, y sólo un tonto lo consideraría a él indefenso.

Johner, Christie y Hillard, junto con Vriess y Elgyn habían estado juntos por más tiempo. Vriess no hablaba mucho al respecto, pero alguna vez había indicado, que todos ellos habían sido mercenarios, hacía tiempo – antes que Vriess quedara paralítico.

En la pantalla, brillaba para la audiencia, un ultra moderno revólver de metal negro y cromo, y a su lado, era desplegada la información sobre las especificaciones del arma. La pistola era tan sofisticada, pensó Call, que podía quizá cargarse automáticamente. Podrá ser suya, prometía el anunciador, por un monto de créditos por lo menos igual, al necesario para comprar una nave espacial antigua.

Johner le pasó el termo sin quitar los ojos de la pantalla. Ella lo agitó y vertió un poco más de aquella cerveza letal en su vaso.

Cada uno, tenía su forma de relajarse.

En el área restringida, Gediman trabajaba solo. Caminó por el interior del puerto de observación móvil, que le permitiría tranquilamente observar el progreso de los primeros Aliens desarrollados. No se permitiría pensar en los durmientes de los tubos criogénicos y los constrictores de rostro pegados a ellos. No se permitiría pensar en sus gritos al emerger los embriones. Aquel no era su trabajo. Él era un científico en una misión, y su trabajo, aquí y ahora, era observar el desarrollo de los Aliens que ya habían nacido.

Era terrible no contar con mayor información histórica. Gediman consideraba una tragedia científica que no pudieran volver al planeta LV-426, donde los Aliens habían sido descubiertos originalmente por la tripulación del Nostromo. ¡La cantidad de información que debía haber ahí! Pero la desviada nave, con su bizarra carga de miles de huevos, había sido destruida cuando el reactor nuclear de un procesador de atmósfera dañado había explotado, dejando únicamente desperdicios radiactivos y un cráter de diecinueve mega hectáreas de amplitud. El LV-426 nunca volvería a ser habitable.

Ripley había escapado a la destrucción del LV-426 con otras pocas personas, pero había terminado en Friorina 161 cuando su nave falló. Solo un guerrero Alien había emergido ahí, esperando a la Reina que Ripley, sin saber, albergaba. Pero aquel guerrero había sido destruido, y Ripley se había suicidado para asegurarse que la Reina dentro de ella nunca emergiera.

Aquel pudo haber sido el final del contacto humano con los Aliens, pese a todos los intentos, tanto de científicos militares como de corporaciones privadas, para descubrir que no había ni una sola clave sobre el planeta de origen de los Aliens, a pesar de los cientos de mundos explorados que existían. El secreto de los organismos perfectos, había muerto en el holocausto del LV-426, hasta el descubrimiento de las muestras de sangre y tejido de Ripley en Fiorina 161.

Aquello había sido hacía veinticinco años. Las muestras originales proveyeron poca información, y casi habían sido destruidas un par de veces. En cualquier caso, hacía diez años, el científico militar Mason Wren, había visto el potencial ahí, y de alguna manera, se las arregló para convencer a gente importante, en el rubro de Desarrollo de Armas, sobre las posibilidades. Había sido su proyecto desde entonces. Pero solo en los últimos dos años, había tenido completo un grupo de científicos que compartían su visión. Entonces, todos ellos se mudaron al Auriga. Fue entonces cuando, súbitamente, les fue otorgado todo lo necesario para poner en marcha el proyecto. Fue entonces cuando las células clonadas de las muestras comenzaron a sobrevivir y crecer.

Y ahora estaban aquí. De cara a la aplicación práctica de todo aquel estudio científico. Todavía había mucho que aprender. Pacientemente, observó los monitores, las lecturas electrónicas y a los propios especimenes.

Gediman no podía negar el asombro del grupo de investigación, en cuanto a la rapidez con que algunos de los embriones habían salido, estallando los pechos de sus indefensos huéspedes, eso sin contar el increíblemente veloz desarrollo embrionario. Wren no podía asegurar si el crecimiento era acelerado por producto del trabajo que habían hecho, o si éste era una variación natural. Los registros previos, indicaban poco sobre los intervalos de tiempo necesarios, y el tamaño de la muestra era demasiado pequeño para mostrar normas o tendencias. Desde luego, todavía estaban a la espera de la mayoría de los embriones…

Movió el puerto de observación a lo largo de su pista, deteniéndose al llegar a una jaula en particular. Manipulando los controles, movió la cabina justo hasta acoplarla con la de la clara ventana de la jaula.

En su interior, pudo ver dos Aliens de tamaño casi adulto que parecían estar hibernando. Estaban acurrucados sobre el suelo, curvados para verse lo más pequeños posible y totalmente quietos. De pronto, un tercer Alien emergió de entre las sombras, avanzando hacia la ventana.

Gediman saltó involuntariamente, totalmente ignorante de la criatura, hasta que esta simplemente apareció. Surgió amenazadoramente ante él, oscura, enorme, malévola y totalmente Alien. La bizarra y alargada cabeza, la enorme cola, las manos con seis dedos, el esqueleto externo revestido en silicona, los monstruosos tubos dorsales. La bestia se quedó inmóvil.

Así que, me estas observando ¿eh? Se preguntó el científico. Para Gediman, era una sensación escalofriante ser observado por un depredador tan grande –un depredador sin ojos aparentes. Pero puedes ver perfectamente, ¿verdad? Con los sensores especiales que tienes en esa cabeza tuya, para el calor, la vibración, el sonido, la esencia, el movimiento – trescientos sesenta grados de total percepción mucho más aguda que la vista o el oído hasta hoy conocidos. Una criatura sorprendente.

Vio de nuevo el crio-tubo que tenía al hombre llamado Purvis. Había presenciado el terror puro en la cara de Purvis cuando el huevo se abrió ante él. Vio el ataque del constrictor y la desesperada lucha de Purvis…

Parpadeó, intentando apartar la imagen. Purvis todavía tenía su embrión. Aparentemente, el hombre se hallaba en el borde de una baja función de la tiroides, no lo suficiente para ser tratada, solo lo justo para hacer más lento el desarrollo de su embrión que el de los otros…

Olvídalo. Sólo porque viste su nombre. Olvídate de ello. Tenías que pasar por eso para llegar a esto. Y ahora, los tienes. Esto es sólo el principio.

El Alien que lo observaba se acercó cautelosamente, hacia la ventana. Como atraído por él, Gediman también se acerco a su lado del puerto. Lentamente, los delgados labios del Alien se replegaron, mostrando sus dientes color de cromo. Abrió su enorme boca, deslizó su lengua rígida lentamente, como para persuadir a Gediman. La lengua tenía sus propios dientes, y el borde de la misma goteaba mucosa clara.

Gediman se olvidó de Purvis, se olvidó de los constrictores, y se quedó extasiado, ante la visión, de aquello que nadie antes había visto sin morir. Se percató que estaba sonriendo. "¿Es que me estás sacando la lengua… o sólo estás feliz de verme?" Murmuró.

Distraído, colocó una mano contra el puerto, para apoyarse, luego puso su nariz contra el transparente material - diseñado especialmente, y fuerte como el acero – que todavía llamaban "cristal", su frente y una mejilla estaban aplastadas contra la ventana, como un chiquillo que quisiera ver mejor.

Sin advertencia, la lengua del Alien se disparó como un látigo y golpeó el cristal justo a la altura de su ojo. Gediman brincó hacia atrás, con el corazón acelerado y sus manos súbitamente temblorosas. Sin apartar la vista de la criatura, se movió hacia la consola central.

"Hora de la primera lección, cachorrito," le dijo Gediman, y estrelló su mano sobre un infalible y gran botón rojo."

Instantáneamente, jets de nitrógeno rociaron al Alien, creando nubes de vapor de nitrógeno al contacto con el aire. El monstruo gritó frenéticamente, retrocediendo hacia el centro de la jaula, tropezando con sus dormidos compañeros, despertándolos, aterrorizándolos. Todos se unieron al estridente griterío. Gediman soltó el botón.

El guerrero que había sido rociado, giró su obscena cabeza hacia Gediman, su enorme cola de escorpión se azotaba salvajemente. Los otros dos se echaron hacia atrás, visiblemente inseguros de lo que ocurría. El primer Alien se movió hacia el puerto nuevamente, pero Gediman alcanzó el botón rojo, deteniéndose justo por encima de este.

El monstruo quedó inmóvil. Gediman, también.

Desde una distancia, el Alien extendió su lengua amenazadoramente, pero no hizo más intentos de avanzar hacia la ventana.

Gediman asintió, aprobando. "Así que… aprendes rápido ¿eh?" tomó su bloc de notas, satisfecho.

El Gran Guerrero se estremeció en el pequeño, extraño lugar, su rabia infinita. ¡Esa pequeña, suave presa me lastimó, me quemó! Azotó su cola enfurecido, mientras observaba a la presa manipular sus objetos, desarrollar funciones que el guerrero solo podía sospechar. El guerrero miró fijamente el peligroso cojinete rojo al alcance del pequeño ser. Leyó la palabra "infalible" escrita a un lado, y "¡Advertencia! ¡Jets de Nitrógeno!" Observó a la pequeña criatura –el nombre de "Gediman" impreso en ella – mientras hacía aparecer palabras en un objeto que sostenía. La presa irradiaba satisfacción, orgullo, cumplimiento, como si hubiera llevado a cabo su verdadera función.

No es que al guerrero le importara. Para él, la presa tenía solo una verdadera función, la misma que cualquier otra especie. Agitó su cola, extendió su lengua en advertencia. La atmósfera silbaba a través de sus tubos dorsales. Él odiaba este medio ambiente Alien, anhelando la humeante calidez del nido, la fuerza y seguridad de su propia especie. Incluso con los otros dos cerca, sufría la soledad de su propia individualidad. Era tiempo de construir el nido. Tiempo de reunirse con otros guerreros y servir a la Reina. Era por lo que vivía.

Observó a la presa, aprendiendo casi todo sobre ella, que el guerrero necesitara saber.

No podía olerla todavía, pero podía oler a otros de su clase, su esencia era traída a través del ligero aire. Ellos eran de sangre caliente, respiraban oxígeno. Podía ver el color de sus exhalaciones, incluso a través de la clara barrera. Podía ver el color de su roja sangre a través de sus pálidas venas, analizar su química. Podía calcular su peso, su masa muscular, su habilidad para resistir. Podía saber cuán fuerte era, cuán débil. Podía ver el color de sus emociones, ya fuese caliente o frío, y si sentía dolor o miedo. Podía ver que temía al guerrero –pero no lo suficiente. Especialmente, no ahora, que había probado que podía lastimar al guerrero. El "Gediman" irradiaba el color del orgullo, del cumplimiento.

Recordaré ese color cuando venga a por ti.

Y vendré a por ti.

El cuerpo del Gediman sería material de construcción para el nido. Una vez asegurado ahí, el guerrero decidiría si serviría como alimento para la Reina, o si era adecuado para albergar a sus pequeños, o incluso si sirviese como alimento para los pequeños. Él podría decidir, inclusive, si Gediman debía albergar a los pequeños y también ser su primer alimento.

Y puesto que me has lastimado y te has complacido con ello, decidiré hacer contigo lo que sea que te mantenga vivo durante más tiempo.

El guerrero observaría hasta que el orgullo del Gediman se desvaneciera, y con él, toda emoción que hubiese tenido jamás, hasta que no quedara nada más que miedo, un miedo absoluto, como el Gediman nunca había conocido. El miedo hacía al huésped, era crítico para ello. Hacía al organismo receptivo, abría los caminos para los jóvenes, les permitía asentar raíces sólidas, crecer, cambiar al huésped para llenar sus necesidades. El miedo era crítico para eso. Y cuando los jóvenes hubieran dejado su matriz Alien, entonces, la última explosión de miedo y dolor suavizaba la carne del huésped, para alimentar a los pequeños jóvenes.

El gran guerrero agitó su cola, transmitiendo todo lo que pensaba y planeaba y sentía a sus hermanos y a su Reina. Su reina, su Madre, le envió su amor y aprobación. Eso ocurriría pronto. El guerrero lo presenciaría. Y este pequeño humano, este Gediman, sería el primero. La primer matriz. El primer alimento. Y viviría para saberlo todo. El guerrero también presenciaría eso.

La Reina aprobó.

De vuelta en la estancia, Call escuchaba las especulaciones sobre un puñal de extraño diseño, y decidió que había tenido suficiente de videos y alcohol. Diablos, las noches en el Betty eran usualmente más interesantes que esto. Intentó ponerse de pie, pero cayó de nuevo al asiento, como desbalanceada. Los dos hombres charlaban cordialmente.

"¡Cielos Johner!," se quejó, rascándose la cabeza, "¿qué le pones a esta mierda? ¿Ácido de batería?" Contempló su vaso vacío, intentando averiguar cómo había quedado así.

"Sólo para darle un toque de color," respondió Johner defensivamente, y él y Christie rieron, chocando palmas.

"Suficiente para mí." Decidió y se levantó torpemente de la silla, derribándola. Intentó silbar la tonadilla que habían armonizado ella y Vriess aquel día, pero sonaba un poco aguda al final.

Fuera de la estancia, Call se giró. Una vez fuera de su vista, se enderezó, perfectamente sobria. Mirando hacia ambos lados del corredor, para asegurarse que estaba sola, caminó decididamente. Siguió la ruta que había seleccionado previamente, y caminó hasta llegar al área que estaba marcada como RESTRINGIDA.

De ahí en adelante, lo sabía, cada puerta sería un obstáculo. Rebuscando en sus bolsillos, sacó un aro de llaves maestras. Ensartadas en él había una docena de micro cápsulas de rocío. La mayoría, de su propia invención.

Miraba por sobre su hombro, aguzando el oído, usando todos sus sentidos, y asegurándose que seguía estando sola, inobservada, mientras procedía a violar cerrojo tras cerrojo. Algunos de ellos requerían una alimentación rápida de códigos, mas la correcta combinación de químicos de rocío en los analizadores de aliento. Algunos únicamente necesitaban ser rociados con la cápsula correcta. Pero ninguno de ellos le resultaba inviolable.

Finalmente, la última puerta se abrió silenciosamente ante ella, sólo lo suficiente para permitirle deslizarse en su interior. Dudó brevemente, luego entró en la celda y cerró la puerta tras ella. Ninguna alarma todavía. Era evidente que no estaban observando al ocupante de esta celda tan intensamente como lo habían hecho antes.

El cubículo era pequeño, oscuro, y por un momento Call pensó que no era la celda correcta, ésta estaba deshabitada. No había nada aquí –ni lavabo, ni dispensador de agua, ni baño, nada. Todo lo que pudo ver fueron las definidas sombras que contrastaban con las zonas brillantes, y dividían el pequeño lugar en áreas separadas.

Luego, sus ojos se ajustaron a la escasa luz y pudo distinguir una única zapatilla de cara a ella, desde el oscuro fondo de la celda. Miró nuevamente. La zapatilla estaba unida a una pierna que parecía desvanecerse entre las oscuras sombras. El solitario ocupante de la celda estaba acurrucado entre esas sombras, astutamente, permanecía invisible a cualquiera que pudiese estar observando desde arriba.

Escurriéndose hacia la oscuridad, Call se desplazó silenciosamente hacia la figura, luego se agazapó, dirigiéndose al mismo lugar donde estaba la figura. No podía discernir la ensombrecida silueta acurrucada, en posición fetal, a pesar de su proximidad. Moviéndose en silencio, Call se arrastró hacia el lugar, agradecida, por primera vez, de su pequeño y compacto cuerpo. La oscuridad la envolvió completamente. Ahora, los dos cuerpos estaban escondidos. Apenas se estaba tranquilizando, cuando una silueta pasó por sobre su cabeza.

Era un guardia haciendo su ronda sobre la celda, sus pies calzados en botas se detuvieron momentáneamente sobre la mirilla en el techo de la celda. Call contuvo el aliento.

Finalmente, se fue. Call se volvió hacia la durmiente mujer, esperando que registrara algo de la presencia invasora, pero la figura seguía dormida. El castaño cabello oscurecía su rostro, su pecho subía y bajaba, constante, regular. Humano. Los brazos de la mujer estaban cruzados sobre su vientre, como si quisieran resguardar algo ahí, sus atractivos rasgos parecían intranquilos, como si tuviera pesadillas…

Veniste aquí a cumplir una misión, pensó Call, reprimiendo un arrebato de lástima. Así que, házlo. Sólo porque parece -

Con el sigilo de un asesino, Call extendió su mano derecha, y el escondido estilete se deslizó en ella. Pulsando un botón, la hoja emergió silenciosamente. La plateada hoja tenía casi treinta centímetros de largo, con una aguda punta. Call siempre había pensado que las armas de proyectil eran para cobardes. A ella le gustaba trabajar de cerca y en silencio.

Se puso en cuclillas, impulsó su mano hacia atrás en un movimiento, sin titubeos.

Deja de mirarla. Haz lo que veniste a hacer.

Tragó saliva. Con un movimiento rápido apuñalaría en el corazón. Limpiamente. Pulcramente. Ripley no se enteraría. Era lo más generoso que podía hacer por ella.

De pronto, la mujer se movió entre sueños. Call se quedó de piedra. La cabeza de la mujer se volvió, exponiendo su larga garganta. Los cintos entrecruzados de su jubón de cuero, se abrían un poco sobre sus pechos y vientre. Su pálida piel podía verse incluso entre las sombras.

Call movió la punta del estilete y abrió un poco más. Parpadeó, mirando atentamente una cicatriz. ¿Una cicatriz? ¡Una cicatriz!

¡No!

Suavemente, la voz de la mujer preguntó en tono casual, "¿Y bien?"

Call brincó, resbalándose un poco. Estaba tan sorprendida, que casi arroja el cuchillo.

"¿Vas a matarme, o qué?" preguntó Ripley con su usual y monótona voz.

Call apretó las mandíbulas. "No tiene caso, ¿o sí?" con un giro de la muñeca, el estilete se enfundó nuevamente, tan silencioso como había emergido. "Ya lo han sacado. ¡Cristo!… ¿está aquí? ¿a bordo?" Se sentía congelada, intentando aceptar el hecho de que ya era demasiado tarde.

¡Demasiado tarde!

Ripley sonreía torvamente. "¿Te refieres a mi bebé?"

Call sacudió la cabeza, tomando conciencia de la realidad, de estar teniendo esta conversación con esta mujer.

"No lo entiendo. Si lo han sacado, ¿por qué te mantienen con vida?"

Un leve encogimiento de hombros. "Son curiosos. Soy la última novedad."

Call luchó contra un creciente sentimiento de rabia e impotencia. No había considerado llegar tarde. Luego se esforzó por calmarse. Miró atentamente a la mujer que estaba a su lado, en el confinado espacio de los límites sombríos. Silenciosamente, extrajo el cuchillo nuevamente, pulsando el botón para soltar la hoja, y lo mostró a Ripley.

Con voz amable, Call le hizo un ofrecimiento. "Puedo hacer que todo termine, si quieres. El dolor … esta pesadilla. Es todo lo que puedo ofrecerte." Te mereces mucho más que eso.

La expresión de Ripley varió, se hizo más consciente, y Call pudo ver la indecible tristeza que la acometió. Sin responder, ella abrió su mano, luego colocó la palma tranquilamente contra el filo de la hoja.

"¿Qué te hace pensar que te permitiría hacer eso?" murmuró.

Ripley presionó su mano firmemente insertando en ella la punta de la hoja y atravesándola completamente, hasta hacerla emerger en el canto por casi veinte centímetros antes de detenerse.

Los ojos de Call se abrieron al máximo, su boca también. Era la misma expresión que había mostrado en la estancia – comedor. "¿Quién eres tú?" susurró, contemplando la mano empalada, el delgado hilillo de sangre que salía de ella, y la falta de emoción en el rostro de la mujer.

Con voz llana, dijo simplemente, "Ripley, Ellen. Teniente de Primera Clase. Numero 5 1 5 6 1 7 0."

Call negó con la cabeza. "Ellen Ripley murió hace doscientos años."

Ese pequeño dato pareció remover algo en la mujer; la sorpresa invadió su rostro. Jaló su mano sacando el cuchillo, frunciendo levemente el ceño ante el dolor, como si fuera algo sin importancia.

"¿Qué sabes acerca de eso?" Intentó sonar ausente, pero un floreciente interés se notaba en su voz.

"He leído a Morse," dijo Call suavemente. "He leído todas las historias prohibidas. Ellen Ripley dio su vida para protegernos de la bestia. Tú no eres ella."

La mujer llamada Ripley miró más allá de ella, hacia algún punto distante que sólo ella podía ver. "¿No soy ella? ¿Entonces, quién soy?"

Buena pregunta. Call miró atónita cómo la hoja del cuchillo burbujeaba y sacaba humo, derritiéndose justo ante sus ojos, quedando únicamente un chamuscado muñón. Ahí estaba la respuesta de Ripley. Le mostró el metal. "Eres una cosa. Un experimento, un clon. Te hicieron en un puto laboratorio"

El torvo humor volvió. "Pero solamente Dios puede hacer un árbol."

Call sintió la súbita necesidad de conectarse con… con este simulacro, esta sombra de Ripley. "Y ahora te han sacado a la bestia."

Tristeza nuevamente. Una pena profunda. Un inmenso dolor que Call solo podía suponer. "No del todo."

Call no comprendió. "¿Qué?"

Ripley la miró, permitió el contacto a los ojos. Su mirada quemaba a Call, abrasaba en su interior del mismo modo que lo hizo su sangre ácida con el cuchillo. La mujer murmuró. "Está en mi cabeza. Detrás de mis ojos." Por primera vez, parecía humana, vulnerable.

"¡Entonces, ayúdame! Si queda en ti algo de humana, ayúdame a detenerlos antes que esto se suelte."

La desolación de la mujer era infinita. "Es demasiado tarde."

Por un momento, Call entendió mal. ¿Demasiado tarde para mí?

Súbitamente se sintió dolorosamente consciente que estaba agazapada en la oscuridad, a centímetros de esta… esta… Call no sabía cómo llamarla. Este depredador que podría matarla con una sola mano, mucho más rápidamente de lo que ella pudiera reaccionar para defenderse. Su cuchillo había resultado inútil –

Cuando Ripley se levantó y se dirigió hacia la cara de Call, ella respingó. Ripley se quedó quieta por un momento, entonces movió otra vez su mano. Ripley tocó la frente de Call, apartando un mechón de cabellos. Fue un movimiento gentil y casi sensual. La forma en la que una madre tocaría a su hijo, un poco de acicalamiento, un poco de confort…

"Me he acostumbrado a la idea," musitó Ripley, y Call se dio cuenta de que se refería al monstruo que ella había dado a luz. Que la criatura vivía. Que ella provocaría una nueva plaga. "Es inevitable."

Call se aproximó, con gesto adusto. "No mientras yo esté cerca." Intentó no pensar en lo ridículo que sonaba aquello. Detestaba su pequeña figura, su suave y aguda voz. No era la primera vez que deseaba tener la talla de Christie.

"No saldrás viva de aquí," Dijo Ripley tristemente, como si estuviese instruyendo a un niño testarudo.

Escuchando los temblores en su propia voz, Call insistió, "¡Me importa un carajo!"

Ripley levantó una ceja, sorprendida. "¿En serio?"

Moviéndose ágilmente, las manos de Ripley se lanzaron hacia delante, aferrando la garganta de Call, y súbitamente no hubo aire. Instantáneamente, Call aferró el mango del derretido cuchillo, pero era inútil, se hallaba atrapada en los confines de aquel pequeño espacio, entorpecida por su creciente terror.

Ripley estampó la mano de la chica contra el suelo, inclinándose sobre ella. Call debía luchar para defenderse, debía intentar aclarar su mente. Los predadores ojos de la mujer brillaban rente a su cara. Con infinita tristeza, Ripley ofreció "Puedo hacer que termine."

Call se oyó lloriqueando, y supo que el terror absoluto era evidente en su cara. Sus ojos suplicaron clemencia.

Tan rápidamente como la había aferrado, Call fue súbitamente soltada. Ripley se deslizó lejos de ella. Una vez más, se acurrucó en la posición fetal, contra los muros, escondiéndose tanto como pudiera, entre las sombras.

¿Qué estas haciendo? ¿Por qué intentas esconderte? ¿Qué crees que podrán querer de ti ahora? No importaba que no hubiera mobiliario en la celda. De haberle dado un catre, se hubiera acurrucado debajo, completamente fuera de la vista. ¿Será alguna medida de seguridad el acurrucarse en este pequeño y oscuro lugar? ¿Será un recuerdo de la infancia hace mucho olvidado, y de hace cientos de años?

"Vete," Le ordenó Ripley, su voz era fría otra vez. "Sal de aquí. Te están buscando."

Nerviosa, Call se alejó de ella, temiendo que pudiera cambiar de opinión, comprendiendo que el salir viva o muerta de aquella habitación dependía enteramente del capricho de la mujer. Gateó alejándose de las sombras, sin poner cuidado en ser descubierta por un guardia, e inhalando desesperadamente, se movía como un cangrejo hacia la puerta.

Salió de la celda, toda precaución ahora olvidada en su asustada huida. Al dar dos pasos fuera de la celda, algo frío y metálico tocó su cuello, pero antes de que pudiera volverse y defenderse, la descarga la golpeó fuertemente, quemándole la piel, electrocutando sus nervios, causando un estallido eléctrico por su espina, por cada nervio –Gritó en una ocasión, luego todo se oscureció.

Wren observó a la menuda mujer, de oscuro cabello y derribada en el suelo, con un gesto de satisfacción. Dos soldados la levantaron por los brazos y la sostuvieron, pensó, ¿Quién te crees que eres para interferir en una misión de investigación ultra secreta? ¿Creíste en verdad que podrías lograrlo?

Estaba tan encolerizado, que agradecía la presencia de los soldados para forzarse a mantener su profesionalismo. Cuando Call sacudió torpemente la cabeza y comenzó a recuperar el conocimiento, Wren le amenazó, "¡Creo que sabrá que lo que hizo fue, muy imprudente!"

Le preguntó al soldado que estaba más cerca, "¿Dónde están sus compañeros?"

"Hasta donde sabemos, señor, todos ellos se encuentran en cuarteles separados…"

"Suene la alarma," ordenó Wren. "Los quiero a todos reunidos - ¡Ahora!

Ripley se acurrucó entre su propia sombra y observó en la oscuridad, intentando que las palabras de la joven mujer no la tocaran. Estaba cansada, tan cansada –pero no se atrevía a dormir.

No quiero dormir, dijo una pequeña y suave voz en su cabeza. Tengo sueños que dan miedo. ¿Quién había dicho eso? Ripley no podía recordarlo, pero el recuerdo la apuñaló como un cuchillo.

No podía dormir… se sentía como si la pudieran tocar mientras dormía. Su mente estaba distraída cuando dormía, y los sintió aflorar. Todos los monstruos, los monstruos verdaderos. Moviéndose, respirando, bullendo - soñando, planeando, aguardando…

Se estremeció.

Eran un organismo perfecto, con una sola función verdadera. Y esa mujer, esa pequeña y joven mujer, no lo entendía…

Su perfección estructural solo se compara con su hostilidad.

Ripley no recordaba quién había dicho eso, o cuándo, pero lo recordaba igualmente. La llenaba de una aplastante tristeza. El pensar en el ferviente propósito idealista de la joven mujer, su determinación, la deprimía aún más. Ripley pudo ver una débil sombra de la mujer que ella había sido, en los ojos de esa mujer. Que el destino y la mala suerte del universo la habían creado.

¿Y qué me ha hecho el destino ahora? Se preguntó tristemente. No lo sabía. La habría hecho Ellen Ripley, como insistía su caótica mente, o la habría hecho un traidor, un fraude, algo tan grotesco como … como…

Prefiero el término ‘persona artificial’.

Parpadeó, observando a la marca que rápidamente cicatrizaba en su mano, lo que había quedado del cuchillo de la mujer.

En la quietud de ese momento, sus ojos se opacaron, su cuerpo se curvó, y se deslizó hacia un estado de vigilia. Y entonces, ahí estaba, esperándola … detrás de sus ojos.

Su anhelo por la humeante calidez del nido, la fuerza y seguridad de su propia especie. Sola, sufría el aislamiento de su propia individualidad. Solamente en sueños se podía reunir con ellos, regocijarse con ellos. Era tiempo de construir el nido. Tiempo de reunirse con otros guerreros y servir a la Reina. Era por lo que vivía.

La guerrera agitó su cola, transmitiendo todo lo que pensaba y planeaba y sentía a su Reina. Y su Reina le envió su amor y aprobación a la guerrera. Eso ocurriría pronto. La Reina lo presenciaría y la guerrera lo haría ocurrir. Y esta concha que era humana, esta Ripley, sería la madre de todos ellos. La primera matriz. La primera guerrera. Y ella viviría para saberlo todo, para compartir la gloria con ellos. La Reina lo presenciaría, pues Ripley era la base de la colmena. El nutriente del nido. El cimiento de la nueva generación.

Ripley se retorcía indefensa en sueños, emitiendo leves sonidos de protesta y dolor. La Reina compartió sus sueños, y aprobó.

7

Christie estaba a punto de decirle a Johner que ya tenía suficiente tanto de su terrible cerveza casera, como de su compañía, y que se iría a la cama, cuando las puertas de su estancia se abrieron repentinamente. Él y Johner se pusieron de pie instantáneamente, cuando cuatro soldados entraron en la habitación. Antes que alguno de ellos pudiera hacer nada, estaban contemplando los cañones de las enormes armas de los soldados, listas para disparar. Los dos hombres del Betty intercambiaron una rápida mirada. Instintivamente, Johner tapó y cerró su termo fuertemente.

"¿Cuál es el problema?" preguntó Christie, sin hacer ningún movimiento abrupto. Puso las manos a los costados, apartadas de su cuerpo. No quería que nadie aquí cometiera algún error.

"Señor" dijo uno de los soldados, incoherentemente gentil, "nos acompañaréis ahora mismo."

Supongo que lo haremos, pensó Christie asintiendo rápidamente a Johner.

"Señor" repitió el soldado. "¡Ahora!"

Christie miró al hombre. Tenía el nombre de Distephano grabado en el casco. "Seguro, hombre. Ya vamos. No oponemos ninguna resistencia, ¿verdad Johner?" Cuidadosamente, ostentosamente, Christie puso sus manos detrás de la espalda, y las entrelazó.

"Estás en lo cierto," musitó Johner en voz baja.

Fueron escoltados al comedor. Todas las luces estaban encendidas. En minutos, Elgyn y Hillard eran empujados dentro de la habitación por otros soldados. Elgyn todavía se estaba ajustando las ropas, mostrando que se había vestido a la carrera. Miró a Christie a los ojos. Hillard hizo lo mismo. Nadie hablaba.

Repentinamente, desde la entrada al lugar, apareció Call, arrastrada a la habitación. Se tambaleaba, obviamente aturdida, frotándose el cuello. Aquel doctor, Wren, estaba con los soldados que traían a Call, e importunaba a la menuda mujer. Parecía furioso.

Le han disparado, advirtió Christie, poniéndose tenso. ¿Qué demonios habrá hecho ahora la mujercita? ¿Y dónde coño está Vriess?

Elgyn terminó de ajustarse la ropa. Miró de frente a Wren. "¿Qué coño está pasando aquí?"

"Parece una trampa, jefe," dijo Christie claramente. Quería que Elgyn escuchara la claridad de su voz. Él y Johner habían estado bebiendo por horas, pero estaban acostumbrados a funcionar perfectamente bajo un nivel de alcohol, que mataría a la mayoría de los hombres. Sabía que Elgyn se preocuparía sobre su habilidad para actuar en esta situación. Christie intentó no distraerse por la ausencia de Vriess. ¿Lo estarían reteniendo para asegurarse?

Wren registró la habitación y le preguntó a Elgyn directamente, "¿Dónde está el otro? ¿el de la silla?"

Bueno, si él no sabía, seguramente Vriess todavía andaría suelto por ahí, decidió Christie aliviado.

Junto a él, Johner le gruñó a Distephano. "¡Quítame las jodidas manos de encima!" Su voz sonaba torpemente acusatoria. Christie se preguntaba si Johner estaría demasiado borracho para actuar.

"Doctor," dijo Elgyn de modo razonable, "dígame, ¿qué está pasando aquí?"

Lo que dijo Wren no tenía sentido. "Usted va a decirme ahora mismo para quién trabaja, o lo estará gritando al amanecer."

¿Eh? Pensó Christie. Cuando llegamos aquí, estabamos trabajando para usted, imbécil de mierda. Por lo demás, trabajamos para nosotros mismos –para nadie más. El hombre intercambió una significativa mirada con Elgyn.

Repentinamente, Call dio un paso al frente, su expresión era sombría. "Wren, ellos no tienen nada que ver en esto."

Hillard miró a Call. "¿Nada que ver con qué?"

Elgyn levantó los brazos para calmarlos. "Todos, tranquilizaos. Podemos resolver esto. No hay necesidad de sobresaltarse."

Christie se puso tenso al escuchar la palabras clave de Elgyn. Todavía con las manos entrelazadas a su espalda, flexionó los antebrazos. Silenciosamente, dos pistolas se deslizaron hacia sus manos. Cuidadosamente, aferró con sus enormes palmas las culatas de sus familiares revólveres.

Wren estaba vociferando. "¿Sabéis cuál es el castigo por actividad terrorista?"

Johner farfulló a Christie, "¿Terrorista?"

Mierda, pensó Christie preocupado, quizá Johner esta muy borracho. Está demasiado idiotizado... demasiado lento para reaccionar… estamos en problemas.

Finalmente, Elgyn comenzó a mostrar su temperamento. "No hay ningún jodido terrorista en mi tripulación." Volvió su enojo hacia quien parecía ser la única persona que sabía lo que estaba ocurriendo. "¿Call, de qué se trata este asunto?"

Antes de que pudiera responder, Wren lo interrumpió. "Me importa una mierda si estáis involucrados en esto, o no. Habéis traído a un terrorista a un vehículo militar y, en cuanto a mí concierne, todos moriréis junto con ella. ¿Entendido?"

Elgyn se enderezó, mirando a Wren directamente a los ojos. "Lo entiendo." Sus ojos se desviaron más allá de Wren. "¿Christie?"

Antes que cualquiera pudiera reaccionar, Christie movió sus armas. Girando sobre sus talones, disparó. La rapidez de sus movimientos, se ajustaba perfectamente con la precisión de sus disparos, derribando uno a uno, a cuatro soldados con disparos dirigidos directamente al corazón. Ni una bala rozó siquiera a un tripulante del Betty, a pesar de su proximidad a los soldados.

Las potentes balas, golpearon a los soldados a una distancia tan corta, que los hicieron saltar despedidos hacia atrás, a dos metros de la tripulación. Sus pechos explotaban, rociando tejidos, sangre y partes de hueso a las paredes, el suelo, las mesas, las sillas y otros soldados. Los cuerpos finalmente cayeron, pero antes de que eso ocurriera, algunos de los soldados comenzaron a reaccionar. El que se hallaba de pie junto a Christie, se aproximó, apuntando su arma al enorme hombre.

Christie no se volvió en su dirección, solo proyectó su arma a un lado, y usando solamente su visión periférica, disparó una vez. El soldado fue despedido en el aire, cayendo muerto incluso antes de que su dedo alcanzara el gatillo de su arma.

Otro soldado que estaba cerca de las puertas gritó y cargó hacia delante, disparando salvajemente.

Christie se movió de su línea de fuego, pero las cargas pasaban peligrosamente cerca del atontado Johner. Johner se veía casi cómico, bailoteando al esquivar los disparos, milagrosamente escapando a la ráfaga de fuego, mientras luchaba por quitar la tapa de su termo metálico. Luego Johner recibió un disparo donde más podría dolerle – ¡justo en su termo de cerveza! La bala sonó estruendosa, agujerando el contenedor metálico.

Johner abrió mucho los ojos, sorprendido, cuando la bala logró hacer lo que él no podía, proyectando la cubierta del termo y depositando la pistola escondida ahí, justo en su mano. Apenas tuvo tiempo de apuntar el revólver –con la cubierta del termo colgando en su cadera- al soldado que le disparaba. Johner disparó, y la cubierta de metal del termo explotó ruidosamente.

También lo hizo el soldado, que gritó al ser alcanzado y cayó pesadamente de espaldas, resbalando por el suelo, justo como había hecho Johner un tiempo antes. Solo que él había sobrevivido a la experiencia.

El avance del soldado, ahora muerto, había fallado cuando Elgyn le había pateado en el casco, tan casualmente como si pateara un balón de soccer.

Pero entonces, Christie escuchó un omnioso ‘click’ y se percató que alguien le había alcanzado por la espalda.

"¡ALTO!" gritó una voz masculina cerca de su cabeza.

Christie echó un vistazo hacia atrás. Sólo pudo percibir la silueta de una gran arma militar dirigida a su cabeza.

"Arroje su arma," le ordenó el soldado a Johner, "o le volaré la cabeza."

Todos se quedaron de piedra. Christie pudo ver que Johner gruñía, mucho más feo que de costumbre. Los chamuscados restos del termo humeaban. Debían estar quemando las manos de Johner.

No puedo soltar mis armas, muchacho, pensó Christie levantando lentamente las manos al aire. Abrió las palmas, asegurándose que todos pudieran ver el aparato que sostenía firmemente las pistolas a sus manos. Nunca se le había ocurrido algún método para quitarse las armas fácilmente en una situación como esta. Quizá porque nunca había pensado en una situación como ésta.

El hecho de que sus poderosas armas estuvieran conectadas tan cerca de las manos de Christie, era algo que el soldado junto a él no podía haber anticipado. Christie espió y vio que una gota de sudor corría por la frente del hombre. Estaba temblando de nerviosismo. Tendría que andarse con cuidado ahora. Todos tendrían que andarse con cuidado. Un movimiento en falso podría provocar que los mataran a todos.

Fríamente, Christie levantó la vista al techo, revisándolo. Subrepticiamente, dirigió lentamente uno de los cañones de sus revólveres a la esquina reforzada del techo. Movía el arma muy sutilmente, apuntando… apuntando…

Disparó, escuchando el choque que hizo la bala al proyectarse y rebotar, golpeando justo en el casco del soldado en menos de un segundo. El soldado cayó como un árbol, el perfecto agujero en su casco, humeaba.

Eso dejaba un soldado y un doctor. Wren y Distephano. Christie sonrió, bajó las armas, y les apuntó con ellas.

En el puerto de observación de Aliens, las alarmas sonaron y las luces de advertencia destellaron cuando iniciaron los disparos. Gediman y su asistente, Carlyn Williamson, se aproximaron a verificar las pantallas de video. En uno de los monitores, se mostraba el comedor. Mientras miraban asombrados, la voz perfectamente modulada de Padre, advertía, "Emergencia. Emergencia. Se ha localizado un ataque armado al personal del Auriga en el área del comedor."

La computadora repetía el mensaje una y otra vez, mientras ellos veían que la tripulación del Betty derribaba a media docena de soldados entrenados y armados, en pocos segundos.

Todo había terminado antes que Gediman pudiera explicárselo. Estupefacto, observó al enorme hombre negro apuntar su arma sobre la sien del Dr. Wren.

Carlyn musitó el nombre de Wren, tirando de la manga de Gediman en respuesta. Pero ambos sabían que no había nada, absolutamente nada, que pudieran hacer. Solo podían observar, horrorizados, cómo se desarrollaba la escena.

* * * * * *

¿Ahora qué carajo hacemos? Se preguntó Elgyn, cuando todo volvió a la normalidad. Christie acercó al doctor hacia él, apuntándole con su pistola para asegurar su total cooperación. ¿Cómo coño saldremos de esta de una sola pieza? ¿Tomándolo como rehén? El sitio estará atestado de soldaditos en cualquier momento.

Johner finalmente reaccionó un poco, desarmando al único soldado sobreviviente. Elgyn se percató que Johner le hablaba al soldado por su nombre, para atraer su atención.

"Muy bien Distephano, con calma…" Johner le quitó el arma.

Tan pronto estuvo desarmado el único soldado superviviente, Call comenzó a moverse. "Voy a terminar con esto," balbuceó.

"¿Terminar con qué?" Se preguntaba Elgyn, aún sin la menor idea de por qué había ocurrido aquello. Call, sin embargo, lo sabía. Elgyn alargó un brazo, aferrando un mechón de sus oscuros cabellos y tirando de él. Su pequeño cuerpo se tambaleó completamente.

"¡No vas a ningún lado Call!" le dijo colérico.

El guerrero observó las emociones cambiantes de los dos humanos que estaban de pie, dándole la espalda a él y a sus hermanos. Otro guerrero se paró a su lado, mientras al fondo de la jaula, se hallaba sentado el tercero –el más pequeño de los tres. El segundo guerrero se paseaba nerviosamente, pero el primero se mantuvo firme, observando, esperando. Atisbó el botón rojo, ahora olvidado por los humanos.

Los humanos estaban molestos, preocupados, nerviosos. Sus colores destellaban, por lo que fuera que estuviera causando su preocupación, todavía en progreso. Había sonidos extraños allá afuera, voces, sonidos fuertes sin sentido, luces parpadeantes. Era interesante. Pero no iba a distraer al guerrero de su primordial objetivo.

Debía haber una manera de revertir el inesperado problema de los humanos en su favor.

Un recuerdo llegó a él. De la Madre.

No sé qué especie es peor… A ellos no se les ve jodiéndose unos a otros…

No era su propio recuerdo, y no estaba seguro de lo que significaría todo aquello. Pero había significado ahí, algo que aprender. Él consideró…

El primer guerrero se volvió hacia su hermano más próximo, transmitiéndole información. El segundo guerrero absorbió la información. Dejó de pasearse. Juntos, los dos se volvieron a mirar al tercero. El más pequeño comprendió su objetivo, sus razones, el total concepto nuevo. Incluso concordó con él. De cualquier modo, se encontraba agobiado por su propia individualidad, y se arrellanó contra el fondo de la jaula nerviosamente.

Los dos guerreros más grandes se volvieron de nuevo hacia los humanos, observándoles, atisbando el botón infalible. Los humanos se habían olvidado completamente de él en su pánico. Los sonidos, las voces, las imágenes en su máquina, estaban todos funcionando para distraerles de los guerreros. Ellos eran una especie demasiado excitable, no obstante adaptables. Era una de las cosas que los hacía tan buenos huéspedes.

Tendrían que actuar deprisa.

Los dos guerreros se volvieron hacia el tercero, quien, a pesar de comprender su necesidad, se perdió momentáneamente en su propia individualidad. Temeroso, desveló sus dientes a sus hermanos.

Eso no importaba.

Los dos atacaron como uno. El guerrero más pequeño gritó y chilló, cuando los dos más grandes lo apresaron, usando toda su fuerza, sus magníficas colas agitándose violentamente, para mantener el equilibrio, estrellándose en los muros, en el claro puerto del pequeño lugar. El agonizante, chilló más fuerte, luchaba con ellos mientras un guerrero proyectaba sus dientes contra su cráneo, mientras poderosas manos despedazaban sus extremidades, su cola, su cabeza.

La sangre del guerrero herido brotó de su cráneo cuando los dientes del segundo guerrero perforaron el grueso exoesqueleto. El primer guerrero dislocó uno de los brazos de su hermano y la sangre brotó a chorros por todas partes, salpicando el claro puerto, los muros, el suelo.

El primer guerrero podía oler que el macizo material de la jaula comenzaba a derretirse, escuchando la crepitante, burbujeante destrucción.

El moribundo volvió a chillar, ofreciendo su vida por su Reina, su colmena, si bien, renuentemente. Finalmente, hubo un último grito de triunfo, seguido del estremecimiento de la muerte.

Los dos guerreros supervivientes desgarraron su pecho, arrancaron los tubos dorsales de su espalda, desmembraron sus piernas. Estaban empapados con la sangre de su hermano, pero eran inmunes a su efecto. El suelo de la jaula, en cualquier caso, burbujeó, bulló, se derritió y suavizó. Ellos continuaron despedazando al tercer guerrero, reduciéndolo a pulpa.

El primer guerrero sintió a la Reina aceptar el sacrificio de su hijo con aflicción y orgullo.

Por sobre los sonidos de las alarmas, por sobre las brillantes luces de alerta, la voz calmada de Padre cambió su mensaje de alerta de emergencia, a uno nuevo. Tomó tres repeticiones para que el mensaje llegara hasta Gediman o su asistente.

"Hay un severo daño estructural en la jaula número cero, cero, uno. Hay un severo daño estructural en jaula número cero, cero, uno. El daño es suficiente para violar la seguridad de la jaula número cero, cero, uno. Hay un severo daño estructural en la jaula número -"

¿Daño en la jaula…? Gediman se olvidó por completo de los disturbios en el comedor, y se volvió al puerto de observación.

Súbitamente escuchó los horribles gritos que venían de su interior, sólo se podía ver el frenético movimiento entre las sombras. Una enorme cola se estrelló contra la ventana, haciéndola temblar. Después, hubo una repentina salpicadura de líquido en el cristal…

… Y después, el ventanal de la jaula comenzó a derretirse.

¡Dos de esas cosas están haciendo pedazos a la tercera! ¿Qué demonios …?

"¡Dr. Gediman!" Gritó Carlyn, señalando hacia el puerto. "¡Doctor!"

Sin responder, corrió hacia el puerto. Había un frenesí de acción dentro de la jaula, luego, todo pareció terminar. Podía ver los trozos destrozados de algo que alguna vez estuvo vivo. Había una masa combada en el suelo. Los dos Aliens restantes súbitamente se volvieron a mirarlo. ¡Parecía que estaban sonriendo!

La revoltura en el suelo comenzó a hundirse en un amasijo de restos.

Los ojos de Gediman no podían abrirse más. Horrorizado, alcanzó el botón infalible, lo presionó, lo sostuvo así. Al mirar al puerto, podía ver el nitrógeno esparciéndose por la jaula, pero no había gritos de los guerreros. De hecho no había gritos en absoluto. Y el nitrógeno ya llenaba la jaula, obstruyendo su visión. Soltó el botón, esperó a que se disipara la niebla, para poder ver…

"¡Oh Dios, Doctor!" Gritó Carlyn señalando.

Al aclararse el gas, lo único que pudo ver Gediman fue una larga cola desapareciendo en un agujero sin fin.

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