SEXTA PARTE

Ripley observo a Call sacando el cable del puerto en su brazo. "Tienes tu lado oscuro," dijo ella, ayudándole. "Me gusta eso."

Call evitó su mirada. "Está hecho. Eso deberá bastar" su voz volvía a distorsionarse, sonando mecánica. "¡Demonios!" Metió una mano en su cavidad, intentando repararla.

Ripley se inclinó hacia ella, pensando que podría ayudar. "Déjame ver."

Call se apartó, todavía sin mirarla. "No me toques."

Dolida, Ripley se hizo a un lado, poniendo espacio entre ellas. El rechazo dolía, y la enojaba que doliera.

"Debes pensar que esto es muy divertido," dijo Call, todavía con voz extraña. Levantó la cara y miró a Ripley. Los ojos de Call eran desafiantes. Molestos.

Ripley suspiró, súbitamente cansada. "Sí pero últimamente he visto muchas cosas divertidas. Pero no creo que lo sean."

Call la miró, con repentina furia. "¿Por qué sigues viviendo? ¿Cómo puedes soportarlo? ¿Cómo puedes… soportarte?" Su mecánica voz, se escuchaba más y más extraña.

Ripley se encogió de hombros. "No tengo opción." En realidad nunca había tenido opciones, ninguna desde el momento en que había despertado prematuramente del sueño criogénico en una nave llamada el Nostromo. De cualquier modo, Call solamente hablaba de ella misma, no de Ripley.

Call volvió su atención a su cavidad, luchando por manipular cualesquiera que fueran las partes que controlaban su mecanismo de voz.

"Al menos hay una parte de ti que es humana. Yo solo soy… solo soy… Diablos. Mírame…"

Ripley lo hizo, miró el agujero de su pecho, la blanquecina sustancia que salía y las pegajosas fibras internas. Había algo tan familiar… parpadeó, recordando a Bishop, su coraje, su humanidad.

"Soy asquerosa…" se quejó Call amargamente. Su voz se estaba alentando, sonando más baja y extraña, como una cinta mal grabada. Ripley sabía que el problema era mecánico, pero a sus oídos, aquello sonaba a pesadumbre.

"¿Por qué no te destruyeron a ti como a los otros?" Preguntó Ripley.

Call la miró sombríamente. "Para matarte, ¿recuerdas?"

Se detuvo un momento, y luego volvió a trabajar en su cavidad. "Antes de la ‘reprogramación’ –antes que todo terminara para nosotros – logré acceder al sistema central. El sistema central de la Defensa. Todas y cada una de las operaciones sucias del gobierno estaban ahí. Incluso esta. Los planes, la responsabilidad de Pérez, los Aliens, tú… Incluso los planes de contratar a la tripulación del Betty. Y supe, que si ellos lo lograban, sería el final de todos ellos." Su voz era nuevamente clara, el timbre adecuado, la velocidad adecuada. "El fin de la Humanidad."

Ripley se sintió sonriendo. Había algo terriblemente gracioso en todo esto. "¿Por qué te preocupa lo que les suceda a ellos?"

"Porque estoy programada para eso ¿vale?" protestó Call.

Ripley comenzó a reír. "¿Estás programada para ser una imbécil? ¿Eres el nuevo modelo de imbécil que sacaron?"

Call no pudo evitarlo, comenzó a sonreír, y después rió a la par de Ripley. Cuando se recobró de nuevo, cuando habló, esta ocasión, había un nivel de preocupación que nunca hubiera estado dispuesta a revelar.

"No podía permitir que hicieran eso," le dijo a Ripley. "No podía permitir que se aniquilaran a sí mismos. ¿Eso tiene algún sentido? ¿Lo puedes comprender?"

Ripley lo consideró. "Yo lo intenté una vez." Miró en derredor, viendo destellos de rostros, nombres y cosas que eran más una maraña en su cabeza que recuerdos concretos. "Yo…intenté salvar … gente… No funcionó. Había una niña. Una pequeña niña rubia. Tenía pesadillas. Yo intenté ayudarla … y … y ella murió… Y yo no puedo siquiera recordar su nombre."

Call palmeó suavemente su mano, apartándose después.

Justo entonces, Distephano entró. "Creo que casi lo hemos logrado."

"Bien," dijo Ripley.

Cuando el soldado salió de la capilla, las dos mujeres se dispusieron a seguirlo.

"¿Tú sueñas?" Preguntó Ripley con curiosidad.

Call respondió. "Yo… tengo procesadores neurales que corren en…" se detuvo, y comenzó de nuevo. "Sí."

"Cuando yo duermo," dijo Ripley cerrando los ojos, "sueño con eso. Con ellos. Cada noche. Es como si estuvieran todos a mi alrededor. Dentro de mí." Recordó a la niña decir, No quiero dormir. Tengo sueños que dan miedo. "Solía tener miedo de soñar, pero ya no lo tengo."

"¿Por qué no?"

Ripley miró hacia la ventana por un momento. "Porque no importa cuán malos sean los sueños… Cuando despierto, siempre es peor."

Ripley se preguntaba qué clase de ser supremo podría escuchar las plegarias de un robot, y después se preguntó si al ser le importaría escuchar también las plegarias de un clon…

Las dos mujeres salieron de la capilla en silencio. Al hacerlo la voz de la nave –ahora permanentemente programada con la voz de Call- resonó tranquila a través de los altavoces.

"Sistemas de ventilación estabilizados. Oxígeno al cuarenta y tres por ciento."

Call parecía sorprendida. "¿Esa es mi voz?"

Ripley asintió. "En todo caso, se supone que las naves deben tener voz femenina."

12

Caminaban apresuradamente, pero con precaución a través de las estancias, con Johner a la cabeza, Distephano, Call y Purvis cargaban a Vriess, y Ripley iba en la retaguardia.

Frente a ella, Ripley escuchó a Distephano decir, "No falta mucho."

Purvis suspiró. "Dios, estoy tan cansado…"

"Sí, bueno," espetó Johner con los nervios de punta, "descansaremos cuando estemos muertos."

Fue entonces cuando Ripley sintió algo pegajoso bajo sus pies. Se detuvo a mirar hacia abajo. Había una sustancia líquida y gelatinosa bajo sus botas. Los demás también la habían descubierto, al pisarla.

Luchó contra la urgencia, luego se inclinó para tocar la sustancia con los dedos, para asegurarse. La mucosa se resbalaba pegajosamente de su mano. Sí. Ellos.

Purvis los miraba a todos. "Eh, esto es malo, ¿verdad?"

Ripley volvió la vista al corredor por el que venían avanzando, y luego miró hacia delante. "Seguramente estamos cerca del nido." Instintivamente, supo que los Aliens estaban congregados ahí, no sabía por qué o cómo es que lo sabía.

"Bueno," dijo Vriess impaciente, "vayamos por otro camino."

Distephano refutó. "No hay otro camino. Es por aquí."

Johner casi tenía tics por el miedo. "¡No! De acuerdo, ahora, ¡jódete porque yo no voy a ir por ahí!"

"El soldado tiene razón," dijo Call subyugada. "Yo hice un diagnóstico de la nave. Este es el camino… a menos que desandemos todo lo que hemos avanzado."

"Podré vivir con eso," anunció Vriess. "Podríamos regresar…"

"No hay tiempo suficiente," dijo Call simplemente, en aquel mismo tono abatido. Miró a Ripley.

"¡Tenemos casi noventa minutos!" Insistió Johner.

Call negó con la cabeza, "ya no."

"¿Qué estás diciendo?" Preguntó Distephano.

Johner se percató que las dos mujeres intercambiaban miradas y explotó. "¿Qué es lo que hiciste, robot?"

"¡Olvídalo!" le dijo Ripley a Johner.

Pero Johner no la estaba escuchando. Se adelantó, amenazadoramente, señalando a Ripley. "Hey, si tú quieres morir aquí con tus hermanos y hermanas está bien. Pero yo pienso estar vivo mañana, y si este montón de chatarra ha urdido alguna mierda" –señaló a Call- "voy a matarla."

Se giró para encarar a Call. "¡Te mataré! ¿Eso computa o tendré que dibujarte un esq..?"

Ripley se abalanzó sobre él antes que pudiera siquiera terminar de hablar, antes de tomar un segundo aliento. Su mano aferró su parloteante lengua, mientras sostenía firmemente la mandíbula con la otra. Él se quedó paralizado, incapaz de moverse, incapaz de hablar. Ripley se acercó a la nariz del horrible hombre.

"Ésta haría un estupendo collar," le siseó, jalándo su lengua amenazadoramente. Después la soltó.

Johner cerró de golpe la boca, y se quedó callado.

Ripley se volvió hacia Distephano. "¿Cuál es la distancia hasta las plataformas de aterrizaje?"

"Cien metros," estimó el soldado.

Como si fueran uno, todos miraron hacia el prohibido corredor. Parecía vacío, pero…

"Entonces, ¿cuál es el plan?" preguntó Vriess cansadamente.

Todos se miraron entre sí. La sensación en el ambiente era igual que antes. No hay opción.

Sin discutir más, Call y Distephano levantaron a Vriess, y cada uno de ellos se puso en movimiento como una flecha, corriendo por el corredor tan rápido como podían. Era lo único que podían hacer.

Ripley volvió a la retaguardia. Iba corriendo como los otros, vigilando sus espaldas. Entonces, de súbito, lo sintió de golpe. Ellos. Detrás de sus ojos. En su cerebro. En su alma. Ellos. Viniendo a por ella. Se estremeció, intentando seguir, pero no pudo. Cayó sobre una rodilla.

Call debió pedirle a Purvis que le ayudara, porque de pronto, estuvo junto a Ripley, sacudiéndola. "¿Ripley? ¿Ripley? ¿Qué ocurre?"

El terrible e insectil zumbido dentro de la mente de Ripley casi la hacía sorda a las palabras de Call. Sacudió la cabeza, tapando sus orejas con ambas manos, gimiendo de dolor.

Intentó articular una advertencia. "¡Error…! Error…"

"¡RIPLEY!" Gritó Call.

"Puedo oírlos," jadeó el clon, casi sollozando. El dolor, el horror ante eso, era abrumador. Se estaba perdiendo a sí misma, su identidad, su humanidad. Ellos la estaban avasallando. "La colmena… está cerca. Estamos justo sobre la colmena…"

Ambas estaban tan concentradas en la situación de Ripley, que no se percataron del dedo que sobresalía por la rejilla del suelo, justo bajo los pies de Ripley.

"Puedo oírlos" se quejó Ripley, cada palabra era como una navaja en su garganta. "Tan cerca… tan cerca."

"¡Jesús!" dijo Call, intentando tirar de ella. "¡Vamos!"

Pero Ripley parecía estar pegada en su sitio, con demasiado dolor y terror como para moverse. "Puedo oírlos… ¡La Reina!"

Un segundo dedo emergió del suelo, todavía sin ser notado.

"¿La qué…?" Preguntó Call.

Vagamente, Ripley se percató que Call no sabía nada de la estructura familiar de los Aliens. Y ella no estaba en condiciones de explicarle los detalles. "¡Está sufriendo!"

Consciente ahora del peligro, Ripley sintió movimiento bajo ella. Bajó la vista y vio la mano del Alien aferrarse al suelo y tirar de la rejilla.

Al colapsarse el suelo bajo sus pies, Ripley se tambaleó y cayó, levantando las manos para buscar asidero en los bordes del suelo que tenía enfrente. Pudo ver a Call inclinándose para aferrarla con desesperación, pero ya era tarde. Con un enfermizo sonido, se desplomó.

Call casi se metía en el agujero que se había abierto súbitamente a sus pies, intentando alcanzar a Ripley.

"¡Ripley!" Gritó a la oscuridad bajo el suelo. "¡RIPLEY!"

"¿Qué coño esta ocurriendo?" Ladró Johner, corriendo hacia ella.

"¡No lo sé! ¡No lo sé!" Call estaba desesperada.

"¡Oh, Cristo!" Gimió Johner.

Vriess se arrastró hasta donde estaba el agujero, aferrando el hombro de Call, que luchaba por entrar. "Annalee, vas a caer. ¡Retrocede!"

Ella ni siquiera notó la preocupación en su voz. Estaba concentrada en una sola cosa, el agujero negro por el que Ripley había desaparecido.

"¡Toma!" Dijo Distephano, ofreciéndole una lamparilla portátil a Call.

Se inclinó de nuevo sobre el agujero, pero todo lo que vio fue un opaco y distante brillo. Podía oír algo chillando en la lejanía, pero no era Ripley.

Call introdujo la pequña lámpara.

Lo que esta iluminó fue una visión del mismísimo infierno.

Al principio, Call pensó que estaba mirando en un nido de serpientes sin fin, pero entonces se dio cuenta que todo lo que veía, todo las negras, brillantes y móviles partes eran ellos. Los Aliens. Incontables, trabajando juntos, codo con codo, espalda con espalda. Parecía una inmensa maraña de colas, cráneos, brazos, todos moviéndose y brillando como serpientes que se enroscaran al ser iluminadas por la lámpara.

Y en el centro de aquella espeluznante y pegajosa masa viviente estaba Ripley, atrapada, sostenida, en su espalda, con los brazos extendidos. Call tuvo una fugaz imagen de la cruz en la capilla y tuvo que parpadear. Casi gritó a Ripley, viendo que los ojos de la mujer estaban muy abiertos y miraban hacia arriba, pero entonces se percató que Ripley no la estaba mirando a ella. Estaba viendo solamente una cosa –su futuro.

Cuando Call y los otros se arremolinaron para ver con horrorizada fascinación, Ripley comenzó a hundirse entre la masa de los móviles cuerpos de los Aliens, lentamente, como en arenas movedizas…

… Hasta que desapareció completamente, succionada bajo el manto de las criaturas que la reclamaban al fin.

Al principio Ripley sintió consternación, después terror, después repulsión cuando aterrizaba entre la ondeante y móvil masa de Aliens. Entonces había sentido un terrible e infinito pánico cuando todos se movieron bajo ella, sosteniéndola, abrazándola, aceptándola, reconociéndola como uno de ellos. Pero eso se disipó pronto, cuando emergió la parte de ella que no era realmente Ripley. Y cuando la rodeó el calor de sus cuerpos, mientras se hundía en aquella masa colectiva, sintió que un gran letargo la embargaba.

En la quietud de ese momento, sus ojos se cerraron, su cuerpo se relajó, y se deslizó hacia la inconsciencia del sueño. Y entonces ahí estaba, esperándola.

Su anhelo por la humeante calidez del nido, la fuerza y seguridad de su propia especie. Todo este tiempo, ella había sufrido la soledad de su individualidad. Solamente en sueños se podía reunir con ellos, regocijarse con ellos. El tiempo había llegado. Ellos habían construido el nido. Era tiempo de unirse con otros guerreros y servir a la Reina. Era por lo que vivía.

En su sueño, la guerrera, Ripley, agitó su cola, transmitiendo todo lo que pensaba y planeaba y sentía a su Reina. Y su Reina le envió su amor y aprobación a su guerrera. Y su necesidad. Ocurriría pronto.

Call sintió humedad en las mejillas, y se percato, en una remota y lógica parte de su cerebro, que su mecanismo lacrimal aún funcionaba. Se sentía destrozada, vencida. Dolía mas que un disparo.

Todo había sido para nada, todo el coraje de Ripley, toda su lucha por reobtener su humanidad, su propio yo. En todo caso, ¿qué podía hacer un robot dañado para cambiar eso?

El guerrero avanzó hacia la humeante calidez del nido. La fuerza y seguridad de su propia especie. Ya no se encontraba agobiado por la soledad de su individualidad especial. Él había sido honrado por la Reina, seleccionado debido a su inteligencia. Él había sido el primero en escapar, en liberar a los otros, en capturar las primeras matrices, el primer alimento. Y por lo tanto, había sido elegido para servir a su Reina una vez más. Había alejado a la guerrera Ripley de las presas y la llevaba ahora hacia el centro del nido.

Ahí había suficientes guerreros para protegerla, ahí donde habían construido el nido perfecto. Había humanos, esos lastimeros, suaves humanos, que esperaban a ser alimento para los pequeños de la Reina, y huéspedes de la nueva prole. Eso ocurriría. Y ocurriría pronto.

Pero el guerrero estaba agobiado con recuerdos. De caos inesperado. Los guerreros gritaban y morían. Y había fuego. Y la Ripley, se mantenía firme, sosteniéndo a su pequeña en sus brazos. Causando muerte y destrucción en el nido.

El arrollador dolor de la pérdida –enfermiza e irreparable pérdida- llenó su mente, su cuerpo entero. No significaba nada, significaba todo. Buscó la conexión con su propia especie, y encontró la fuerza y seguridad del nido.

Aquel había sido un nido distinto, un tiempo distinto. Él no pensaría en eso ahora, cuando su Reina requería nuevamente de su servicio.

A pesar de sus armas, a pesar de sus cadenas, los humanos habían sucumbido de nuevo ante ellos. Los alimentaban, albergaban a los pequeños de la Reina. Ellos los habían tomado a la fuerza. Como lo hacían siempre. Como lo harían siempre. Con la pureza de su instinto y su ferocidad.

Nuestra perfección estructural solo se compara con nuestra hostilidad.

El gran guerrero agitó su cola, transmitiendo todo lo que pensaba y planeaba y sentía a sus hermanos y a su Reina. Su Reina, su Madre, le envió su amor y aprobación –y su necesidad. Su necesidad por la guerrera Ripley a quien él cargaba con tanto cuidado en sus brazos. Su Reina envió su amor y aprobación a su guerrero.

Y esta concha que era humana, esta Ripley, era la madre de todos ellos. La primera matriz. El primer guerrero. Y ella viviría para saberlo todo, para compartir la gloria con ellos. La Reina lo había previsto, y el guerrero lo haría suceder –pues Ripley era el cimiento de la colmena. El nutriente del nido. El pilar de la Nueva Generación.

La Ripley se retorcía indefensa en sueños, haciendo sonidos suaves de protesta y dolor. El guerrero respiró en su rostro, proporcionándole aire y calidez. Nutriendo a aquella que los había nutrido a todos ellos. La Reina aprobó.

Call se hallaba de pie, petrificada ante el agujero en el suelo, incapaz de aceptar lo que acababa de ocurrir. Estaba consciente que los otros se miraban entre sí, y se percató que lo que había ocurrido los había cambiado. De algún modo, la fuerza de Ripley, su coraje, había afianzado al grupo –pero ahora Ripley se había ido y ellos estaban en medio del embrollo.

Incluso Johner estaba muy quieto, su garganta parecía intentar tragar algo demasiado grande.

Vriess la miraba con tanto pesar en los ojos, tanto afecto hacia Call, que sabía que si ella le miraba a los ojos, Call se derrumbaría.

Distephano echó un vistazo, con las mandíbulas muy apretadas. Aferraba su arma, sus nudillos se veían blancos.

Pero fue Purvis quien, una vez más, dijo las palabras necesarias para romper su parálisis. Vagamente, Call se percato que aquella no era la primera vez que él hacía eso. Había sido una buena idea traerlo con ellos, para bien de todos.

"Debemos seguir, señorita," dijo Purvis quedamente. "Lo mejor que puede hacer por ella es desearle una muerte rápida."

Eso sería precisamente lo que habría para Ripley cuando el Auriga se estrellara contra la Tierra. Finalmente, Ripley regresaría a casa.

Call todavía no podía moverse, no podía abandonar el último lugar donde la había visto. "No está bien…" Las palabras se quebraron en su garganta, pero ya no había fallos en su mecanismo vocal.

Purvis deslizó una mano bajo su brazo, urgiéndola a moverse. Los otros se habían adelantado, y él los seguía hacia el Betty.

"No está bien-" insistía Call, sacudiendo la cabeza.

Purvis suspiró. "Llevo diciendo lo mismo todo el día."

Despierta. Guarda silencio. Estamos en problemas.

Se detuvo, escuchando, sintiendo. Algo estaba ocurriendo. No era un sueño. Era algo real.

Ripley yacía quieta entre los brazos de la bestia. La luz era mínima, pero eso ya no la asustaba. Respiraba suavemente, absorbiendo el aliento de la criatura.

La tibia humedad que la rodeaba le daba seguridad, pero ante su conciencia, fluctuaban caóticas imágenes como en un sueño.

El frío confort del crio-sueño.

La creciente necesidad de proteger a su pequeña.

La fuerza y compañerismo de su propia especie.

El poder de su propia rabia.

La calidez y seguridad del humeante nido.

Las imágenes eran absurdas y significativas a la vez. Ella las reconoció en un nivel más allá de la conciencia, más allá del entendimiento. Eran parte de ella, parte de quien había sido. Y ahora eran parte de aquello en que se estaba convirtiendo.

Flotó en la tibia humedad gelatinosa, reconfortante, intentando esconderse de la luz. Y de los sonidos. Sonidos distantes, murmurando, que se hallaban fuera de ella. Dentro de ella. Iban y venían, los sonidos, no significaban nada, significaban todo. De forma distante, pudo sentir a la Reina, y su terrible necesidad.

Después escuchó los sonidos internos nuevamente, uno más fuerte que el resto, aquel al que ella siempre prestaba atención. Aquel que había intentado recordar tan intensamente. Le susurraba-

Mi mami dice que no existen los monstruos – los monstruos verdaderos. Pero sí existen.

Aquel sonido era insistente, se despertó. Pero una vez despierta los sueños se volverían todos reales. Estaba cansada, tan cansada – pero cuando se dormía…

No quiero dormir, dijo la pequeña voz. Tengo sueños que dan miedo.

La tocaron en sus sueños. Todos los monstruos. Los monstruos verdaderos. Moviéndose, respirando, bullendo –soñando, planeando…

Ella se estremeció.

Ellos eran el organismo perfecto, con una sola función verdadera.

Su perfección estructural solo se compara con su hostilidad.

Gimió suavemente, desalentadoramente.

Una joven mujer idealista le había mostrado una sombra de lo que ella misma había sido una vez. Lo que el destino le había hecho. ¿Pero qué era ella ahora? ¿Acaso era Ellen Ripley, o un fraude, algo tan grotesco como… como…

Al menos hay una parte de ti que es humana. Yo solo soy… solo soy…

Prefiero el término ‘persona artificial.’

Lentamente, ella registró una vaga sensación. Algo fuera de ella. Algo ocurriéndole. Sus ojos se movieron en derredor, mientras reunía información.

Sus terribles hijos habían venido finalmente por ella. Estaban en todas partes, cargándola, dándole la bienvenida.

Pero los otros se habían ido. Los humanos. Aquellos por quienes ella había luchado tanto por proteger y salvar. Había sido apartada de ellos, separada de ellos. Una parte de ella sintió un enorme alivio. Una parte de ella sintió una tremenda rabia. Vaciló entre estos sentimientos mientras yacía entre los brazos de la bestia.

El dibujo en caricatura de una niña rubia se arremolinó en su mente, y fue gradualmente reemplazado por la niña real. ¿Su niña? No, no suya…

¡Sí, mía!

Su mente vagaba entre caóticos recuerdos.

La humeante calidez del nido. La fuerza y seguridad de su propia especie. La soledad de su individualidad. Y la creciente necesidad de encontrar –

Unos pequeños y fuertes brazos le rodearon el cuello, unas pequeñas y fuertes piernas le rodearon la cintura. Había caos. Los guerreros gritaban y morían. Y había fuego.

Sabía que vendrías.

Parpadeó, confundida, su mente era una confusa serie de fragmentos, de recuerdos, de instintos que no podía ordenar.

El arrollador dolor de la pérdida –enfermiza e irreparable pérdida- llenó su mente, su cuerpo entero. No significaba nada. Significaba todo.

Mi nombre es Newt. Nadie me dice Rebecca.

¡Ya voy, Newt! ¡Ya voy!

¡Mami! ¡Mami!

Ripley buscó la conexión con su propia especie, buscó para encontrar la fuerza y seguridad del nido, pero ésta no estaba ahí. Y en su lugar no había más que este dolor, esta terrible pérdida. Se encontraba hueca, vacía.

Vagamente, miró al gran enorme guerrero que la sostenía y anheló preguntarle lo que había preguntado a los otros, a los humanos. La pregunta que sabía que no responderían.

¿Por qué? ¿Por qué?

Mientras los recuerdos sobre la voz de Newt rebotaban en su cerebro, ella decidió que obtendría la respuesta. La obtendría de ellos. A pesar de su tamaño, de su fuerza, a pesar de su ferocidad y hostilidad. La obtendría a la fuerza.

Con nerviosismo, los supervivientes de la tripulación recorrían el resto del camino hacia el Betty lo más rápidamente posible, pero sin correr.

No habían visto más señas de los Aliens, ni sustancias, ni daños hechos por ácido, nada. Todo estaba en sorprendente calma.

Cuando Vriess fue llevado hasta la nave, sintió un horrible golpe de nostalgia, luego una pena tan profunda, que se sorprendió. Al llevarlo Johner y Distephano al asiento del piloto, la presencia de Hillard se hallaba por doquier, tanto como la de Elgyn en el asiento del copiloto. Sacudió la cabeza para ahuyentar esos recuerdos, prometiéndose a sí mismo que se ocuparía de ellos más tarde, cuando resultara conveniente, y una vez que se hubieran largado de ahí. Asumiendo que pudiera sacarlos de ahí.

Cuando Johner se aseguró los cinturones del asiento, Johner preguntó, "¿En cuanto tiempo podremos salir de aquí?"

Vriess mentalizó un esquema y un rápido plan de vuelo, vio la imagen de la Tierra que estaba llenando la pantalla, agrandándose más a cada momento. "Necesitaré que Call haga los reajustes a la nave, que abra la escotilla, que libere a la nave de los magnetos, cuanto antes."

"Golpearemos la atmósfera en unos cuantos minutos," dijo Johner apresuradamente. "Eso lo hace más difícil."

Vriess asintió, sus manos volaban sobre el tablero. No quería pensar en cuán poco tiempo había pasado piloteando esta nave. No quería pensar en su falta de experiencia. Siempre habían tenido a Hillard o a Elgyn para volar al Betty, con Christie como respaldo. Vriess era mecánico, por Dios Santo, y Johner era sólo músculos. Estaban tan acostumbrados a sus respectivos roles, que apenas habían tenido ocasión de hacer algo más. Él no pensaría en eso ahora. Hoy, él era el piloto. Tenía que serlo.

Call llegó hasta él, distrayéndole de sus preocupaciones. Él se detuvo, la miró a los ojos. Desde la primera vez que ella lo había visto, nunca lo había visto como un inválido. Nunca se quedaba mirando sus piernas. Nunca veía la silla. Solo lo veía a él, a Vriess, el hombre. Él miró ese fino y delicado rostro y se dijo que lo menos que podía hacer, era lo mismo que ella hizo siempre. Ver a Call. No el agujero lleno de cables de su pecho. Ni el puerto mecánico de su brazo.

Ella le ofreció una débil sonrisa. "¿Necesitas mi ayuda?"

Él asintió, inmensamente aliviado, "Sí… si no te importa … Annalee."

Ella respingó al oír su nombre de pila, después asintió brevemente. "Seguro. No hay problema." Y procedió a conectarse al cerebro de la computadora como si siempre lo hubiese hecho frente a él.

Él no puso ninguna atención a la forma en que se conectaba. Sólo observaba su rostro. Su pequeño, hermoso y humano rostro.

Ripley se deslizó de nuevo a la conciencia, lentamente. Estaba plagada de un sentimiento de vértigo, de un mareo que no superaba. Mantuvo los ojos cerrados por un momento. Escuchó los húmedos sonidos, de goteo, chapoteo.

Escuchó gemidos, gemidos humanos. Escuchó un zumbido, como de insectos. Y el olor-

Sangre. Vísceras. Muerte. Todo ello era húmedo y caliente; tan húmedo y caliente como un pantano tropical.

Lentamente, intentó moverse, pero su cuerpo estaba demasiado lánguido como para responder. ¿Estaría drogada? ¿Hipnotizada? Yacía sobre algo firme, rígido, sólido. Súbitamente, algo pegajoso le cayo en el rostro desde arriba. Ella frunció el ceño, sin abatir el mareo. Finalmente, la desagradable sensación de goteo fue demasiada, y abrió los ojos.

La sustancia que había caído en su rostro se resbalaba por su mejilla hasta el suelo, y comenzaba a endurecerse inmediatamente, asegurando su cabeza firmemente. Se llevó las manos al rostro y la apartó y se frotó la mano contra el suelo sin pensarlo.

Incluso al hacer esta tarea de forma inconsciente, parpadeó, mirando en derredor, intentando pensar, intentando comprender dónde se hallaba, lo que ocurría. Sabía que debía estar ansiosa o alarmada, que debía preocuparle su propio bienestar, pero su mente no estaba lo suficientemente clara.

Miró alrededor en la opaca oscuridad. No estaba sola. Había otros humanos, ocho cuado menos, de pie sobre ella en alguna clase de plataforma superior. Entornó los ojos, intentando ver mejor. Finalmente, su vista se aguzó y se percató que los otros no se hallaban de pie sobre ninguna plataforma. Sus brazos y manos y piernas estaban ajustados, pegados a sus cuerpos con tiras de resina que los adhería a los muros de una enorme habitación cilíndrica. Vagamente recordó la voz mecánica de Call diciendo algo acerca de actividad en el tanque de desperdicios, y deseó haber puesto más atención.

Las ocho personas que pudo ver estaban atrapadas contra los muros del tanque circular. Soldados, científicos, todos pegados como moscas gigantes, medio envueltos en capullos.

Recordó una escena similar…

Todos los colonos de Hadley’s Hope, envueltos en capullos y pegados a los muros, desarrollando constrictores en su interior. La mayoría ya habían emergido. Pero todos estos estaban aún intactos.

Se toco su propio pecho, pero no había sido reinfectada. Lo sabría si lo hubiese sido. Podría sentirlo. ¿Estarían estas personas aquí para ser infectadas? El pensamiento la aterró, pero al mirar alrededor se dio cuenta que no había huevos en el tanque. No obstante, la imagen de esas ocho personas atrapadas como insectos en una enorme telaraña no la abandonaría.

Ripley apartó los ojos de los humanos atrapados y miró en derredor, viéndoles finalmente. Los Aliens. Se arremolinaban en el lodoso suelo del tanque de desperdicios, como cocodrilos en un pantano, solo que su pantano era un mar de sangre humana, de tejidos, y de sus propias secreciones. Ripley se hallaba en la unión del suelo y la pared, en la parte más elevada del suelo, a las orillas del fétido lago. Yaciendo ahí, temerosa de moverse, observaba a los guerreros, preguntándose si estaban ahí para vigilar a los humanos en los capullos. ¿Estarían trayendo huevos para infectar a esta gente?

Ripley hizo una mueca, y miró nuevamente en derredor. Entonces la vio. La Reina.

La inmensa criatura estaba directamente al otro lado de Ripley, pero la imagen que presentaba era tan confusa, que le tomó a Ripley unos cuantos momentos para discernirla.

Ripley recordó claramente haber visto antes a la Reina y su enorme ovipositor. En aquella ocasión, el inmenso órgano reproductivo había sido fijado en su sitio para soportar su tremendo peso y talla, mientras la Reina depositaba huevo tras huevo en el suelo de la refinería de atmósfera en Hadley’s Hope. Pero aquello no era lo que Ripley estaba viendo ahora.

Esta Reina también estaba asegurada en su posición, pero no era por su ovipositor. No tenía uno. Aparentemente, esa parte de ella había sido sustituida.

La Reina en sí misma estaba envuelta parcialmente en un capullo contra el suelo del tanque, o era posible que los Aliens la hubieran afianzado con una tira invisible del mismo material que la tela elástica que había visto bajo el agua. Ripley ahora se percataba que los Aliens que estaban medio sumergidos en aquella sopa química de abajo estaban ocupándose de la Reina, vigilándola. Ignoraban totalmente las presas humanas que habían asegurado dentro del tanque.

Ripley continuó mirando, todavía intentando comprender lo que estaba viendo.

La Reina estaba atrapada por su dorso, sus piernas, cola y brazos estaban sumergidos a medias. Su cabeza se hacía atrás y adelante, sus extremidades ondeaban débilmente. ¿Estaría sufriendo? ¿Y qué era eso en su abdomen…?

Entonces, Ripley comprendió el verdadero horror de lo que estaba viendo. La Reina tenía un enorme y distendido abdomen, de apariencia elástica, con venillas negras que lo surcaban. El abdomen se movía, como con vida propia. La inmensa boca de la Reina se abrió, y siseó furiosamente.

Ripley miró atónita, murmurando, "No hay huevos. Solo…"

Una voz extrañamente conocida habló con excitación. "¡Nuestro mayor logro!"

Ripley temía volverse, temía ver al dueño de la voz, pero precisaba hacerlo. Al levantar la vista, vio al Dr. Gediman, envuelto en un capullo pulcramente, entre los otros investigadores y soldados. Sus ojos estaban muy abiertos, brillantes. Era obvio que estaba a un paso de la locura total –con sus tobillos colgando.

"Un segundo ciclo reproductivo," balbuceó alegremente. "Asexual. Mamífero. ¡No hay huésped!"

Ripley casi gimió. "Eso no es posible."

beautifbutterfly.jpgGediman rió histéricamente. "Pensamos que podíamos alterar su sistema reproductivo. Obstaculizar sus ciclos para poner huevos. Pero la bestia no es cooperativa." Rió. "Sólamente añadió un segundo ciclo. ¡Es maravilloso!"

Un agudo grito de la Reina alteró a Ripley, haciéndola volverse a mirarla. Atestaba golpes, obviamente presa de un dolor indescriptible. Los Aliens cuidaban de ella pero se apartaban un poco, vibrando violentamente, su zumbido insectil sonaba casi musical a Ripley.

"¿Pero, cómo...?" Musitó Ripley confundida.

"Cruce genético," añadió Gediman. Bajó la vista hacia ella, con enormes ojos, y sonriendo como un maniático "del ADN del huésped."

"¡No…!" Ripley no podía, no aceptaría eso.

"¡Mírala!" Le animó él, orgulloso. "¡Eres tú! ¡Eres tú!"

Apenas podía soportarlo, pero, luchó por contener las lágrimas de horror y frustración, se forzó a mirar a la Reina. Con abatimiento, tuvo que comprender que este era su terrible hijo.

El bulto en el abdomen de la Reina se agrandó notablemente, después comenzó a moverse, a empujar.

Ripley encontró su motivación. Buscaba una forma de trepar para subir más allá del suelo del tanque, y descubrió que su cuerpo estaba demasiado aletargado, demasiado lento. No le importó, se levantó del suelo, maldiciendo, "voy a salir de aquí. Maldición, ¡debo salir de aquí!"

Gediman todavía la observaba, sonriente. Cuando Ripley lo vio, el último resquicio de su cordura se esfumó. "¿Es que no quieres saber lo que va a ocurrir?" Le preguntó jovialmente.

13

Call se desconectó del Betty y observó a Vriess preparándose para separarse del Auriga. Se sentía muy mal por Ripley, pero aún así debían de salir de ahí. Vriess le sonrió una vez que tuvo su plan de vuelo en su sitio, y ella se permitió devolverle la sonrisa, tentativamente.

Todavía había cosas que hacer. Se alejó de la consola de comando para reunirse con Johner y Purvis. Mirando al hombre de la cicatriz, le murmuró, "Johner, lleva a Purvis al congelador."

Johner estaba claramente aliviado de estar a salvo a bordo del Betty. Cooperando, palmeó la espalda de Purvis y le dijo. "Bien, es hora de la siesta, amigo."

Purvis parecía increíblemente cansado y agotado, pero asintió y siguió al hombre.

Call se adelantó para ayudar a Johner con la mezcla criogénica. Sería más rápido si ella lo hacía, y Purvis ya tenía el tiempo prácticamente en contra. Comenzó a andar por el corredor, esperando que las luces se encendieran delante de ella, pero no lo hicieron. Frunció el ceño. No había detectado ningún problema mecánico cuando se había conectado a la nave, pero no se iba a preocupar ahora por problemas menores. Sin embargo, esas luces debieron encenderse cuando entraron en la nave. Se volvió hacia Johner, preocupada.

Antes que pudiera hablar, apareció una mano por entre la oscuridad a sus espaldas, con un vago reflejo del cañón del arma que sostenía. Una ensordecedora explosión del disparo en aquel pequeño espació asustó a Call. Purvis recibió el impacto en el hombro. Gritó y cayó al suelo.

Cuando Johner buscó su arma, el brazo al que pertenecía la mano se enredó alrededor del cuello de Call, y el duro cañón metálico, que todavía humeaba, le apuntaba a la mejilla. Se quedó inmóvil.

¿Quién…? ¿Qué…? ¿Cómo…?

Cuando el hombre que se escondía entre las sombras se adelantó hacia la luz, Call escuchó una voz conocida.

"Te mueves," dijo el hombre a Johner "¡Y volaré los sesos de este trozo de hojalata!"

¡Wren!

Call vió que Vriess giraba en la silla del piloto para verlos, su expresión era de rabia y frustración por estar ahí atrapado, incapaz de ayudarles.

Johner se puso tenso. Este era un conflicto que él comprendía, un enemigo con quien podía lidiar. El hombre de la cicatriz separó las piernas, abriendo los brazos a los costados, intentando no ofrecer resistencia. Pero Call había visto a Johner en acción. Si Wren tenía algún remoto conocimiento de hombres como él, el doctor ya lo hubiera matado sin argumento alguno. Call sospechó que el conocimiento de Wren no se enfocaba a esos campos.

"¡Distephano!" Ladró Wren al soldado. "Toma sus armas."

Call clavó la vista en el soldado. ¿Lo haría? Ella había salvado su vida en el episodio del comedor. ¿Se volvería contra ellos ahora?

Distephano se quedó de pie, como si fuera a ofrecer un saludo militar. "Disculpe, señor, pero JÓDASE, señor." No hizo otro movimiento para alcanzar su propia arma o desarmar a Johner.

Wren atrajo a la chica violentamente hacia sí, estrangulándola. Ella podía sentir la terrible tensión en su cuerpo, el temblor del cuerpo del hombre al desesperarse más y más. Hundió más fuertemente el cañón del arma en la mejilla de Call. "¡Arrójala!" gritó de nuevo. "¡Arrójala o todos moriremos aquí!"

Un repentino y agudo grito les hizo volverse. Purvis se quedó paralizado, con los ojos enormemente abiertos, aferrándose el pecho.

Nadie se movió, ni siquiera Wren.

Frenéticamente, Ripley intentó buscar una forma de escapar del tanque de desperdicios, pero desde donde se hallaba, no veía puertas, ni salidas de ninguna clase. Ellos la habían llevado ahí dentro, ¡debía haber una salida!

La Reina manoteaba más frenéticamente, gritando ferozmente. Los otros Aliens estaban más y más agitados, zumbando, retorciéndose, precipitándose al fétido lago.

Un grito en particular de la Reina fue especialmente desgarrador, y Ripley se quedó paralizada. El vientre de la Reina se elevaba, vivo, con algo que claramente empujaba desde el interior.

Ripley se tensó al surgir un recuerdo.

Esto me ocurrió a mí. Yo dí a luz. Yo fui madre una vez, una madre verdaderamente. Yacía en mi propia cama, y mi esposo estaba ahí. Y había una enfermera, y un doctor. Yo chillaba cuando mi vientre se movía.

Podía sentirlo ahora, el recuerdo era así de fuerte. Instintivamente, sus manos se posaron en su propio vientre.

Estaba sudando mucho, pero no quería ningún medicamento, incluso cuando mi esposo me rogaba que los tomara. Estaba preocupada por todos esos años con drogas criogénicas, y no quería nada similar mientras daba a luz. En mi propia cama. En mi propia casa.

Observó a la Reina retorcerse y gritar en aquel fango, en aquella grotesca parodia de su propia experiencia. Eso la enfermó.

Tuve una niña, una hermosa y pequeña niña. Se parecía a sus dos padres. La llamamos Amy.

Ellen Ripley parpadeaba ante la inundación de recuerdos humanos que le llegaban, mientras permanecía atrapada ahí, en el infierno Alien.

Le dijiste a Amy que volverías para su onceavo cumpleaños. Lo prometiste. Aquella fue la primera vez que los derrotaste. Pero tu cápsula de escape no fue encontrada sino hasta cincuenta y siete años después. Amy murió sin saber por qué no habías vuelto a casa para su cumpleaños.

Ripley cerró los ojos por un momento, ante la clara imagen de su hija. Surgieron otros recuerdos.

Newt.

Hicks.

Incluso Jonesy...,

Todos ellos muertos, perdidos con los años.

Junto a ella, Gediman observaba, sorprendido, con ojos enormes, riendo como un lunático, emitiendo un bajo "je-je-je" que era casi tan molesto como los sonidos de los Aliens.

La Reina gritó nuevamente, y se volvió hacia Ripley, como si el clon, su propia "madre" pudiera, de algún modo, ayudarla a pasar esta experiencia, como si pudiera, en alguna forma, suavizar aquel dolor. La fémina Alien bramaba, intentando zafarse de su fétida cama.

Recordando su propio dolor, Ripley gimió junto con la Reina, y sus entrañas se contrajeron como un reflejo.

Y dentro de ella, dentro de sus genes, sintió el dolor de la Reina en un nivel visceral. El vínculo telepático la forzaba, la forzaba a ser la Reina atravesando por una experiencia terrible. El distendido y desgarrado vientre, las lágrimas, el ardiente dolor, la inexorable presión. La completa rebelión de su cuerpo forzándola a desempeñar una función que ella ya no quería desempeñar. Ripley gimió junto con la Reina, sufriendo junto con ella sin esfuerzo y en total empatía.

Al mismo tiempo, pudo sentir la preocupación de los guerreros al acercarse a la dolorida e indefensa Reina.

Ella podía sentir su ansiedad. Todos ellos –sus esposos, todos –anhelando ayudar a su Reina, pero sin saber cómo hacerlo.

De pronto, un chorro de sangre emergió como un géiser del enorme vientre de la Reina. La sangre surgía y resbalaba de esa primer erupción, dejando surcos de ácido sobre la enorme masa de piel. Ripley intentó apartar la vista, sin querer presenciar esto por más tiempo, esta horrible farsa de nacimiento humano.

La Reina volvió a gritar, levantando la cabeza, mirando a Ripley, como si ella fuera su matrona, Ripley se replegó, aferrándose el propio vientre, y gritó a dúo con la Reina.

La retorcida criatura se colapsó hacia atrás, hacia el cieno, y los guerreros que la rodeaban repentinamente se apartaron, como si presintiesen algo inminente.

Ripley parpadeó cansadamente, mareada, mirando el vientre que se contraía. Otro brote de sangre emergió, y entonces algo presionó hacia arriba contra el delgado tejido del vientre de la Reina. Aquello continuaba empujando, presionando, hasta que la piel del vientre tomó la forma de lo que había debajo.

Ripley parpadeó. Parecía como si un cráneo –un cráneo humano – pugnara por salir del vientre de la Reina.

El bebé… pensó Ripley distraídamente. El bebé está coronando. Veo su cabeza…

Hubo un grito final, un terrible y desgarrador lamento, y de pronto, El Recién Nacido emergió, desdoblándose de los pequeños confines de la matriz de su madre.

La criatura era pálida, no negra, su piel se parecía más a la piel humana que el duro exosqueleto de silicona de los Aliens. Su cabeza tenía la clásica y alargada forma del cráneo, pero la cara… La cara…

Junto a ella, Gediman farfulló, llorando de locura y regocijo. "¡Una bellísima, bellísima mariposa…!"

La cara del Recién Nacido tenía algo claramente humano, demasiado humano. Parecía una calavera, con enormes cuencas oculares, unos largos y brillantes dientes blancos, una mandíbula cuadrada, y los huecos de una nariz humana, coronados por el cartílago nasal y el séptum. El rostro del Recién Nacido era el vivo rostro de la Muerte.

"Es tan hermoso," murmuró Gediman.

Ripley se volvió a mirarlo. Parecía beatificado, como si le hubiera otorgado al universo el regalo más fino que la ciencia podía generar.

Ripley sintió que estaba al borde de unirse a él en su locura. Le dio la espalda al científico e intentó calmar sus entrecruzadas emociones.

El Recién Nacido desenrrolló su enorme cuerpo del interior de su madre.

La Reina, que ya no estaba sufriendo un dolor tan intenso, gimió ahora suavemente, dejando también de manotear. Intentó acercarse a su hijo con una mano temblorosa. Ripley se recordó a sí misma haciendo aquel mismo gesto, recordó que su esposo cargaba a su hija y la depositaba suavemente en el estómago de su madre. Recordó haber roto a llorar, y después reír casi histéricamente, mientras todos ahí se regocijaban con el húmedo, sonrosado y sano bebé.

Al intentar alcanzar la Reina a su hijo, el Recién Nacido se volvió hacia ella.

Ni siquiera ha crecido del todo, se percató Ripley, sin saber cómo es que lo sabía. Duplicará, quizá triplicará su talla en un solo día. Y su apetito es insaciable. Como lo es su ferocidad y hostilidad. El organismo perfecto.

Cuando el Recién Nacido se deslizaba fuera del interior de su madre, Ripley pudo ver sus manos. Eran tan fuertes y enormes como las de los Aliens, pero tenía solo cinco dedos. Las largas uñas y pálida piel hacían que las manos se vieran…

¡Exáctamente como las mías! Pensó Ripley.

En una parodia de ternura humana, el Recién Nacido trepó por el cuerpo de su madre hasta llegar a su cabeza. La Reina emitía suaves y confortantes sonidos, sonidos maternales, examinando a su pequeño, visiblemente orgullosa de lo que había logrado. El Recién Nacido se acercó más, y por un momento, parecía como si el pequeño fuera a besar a su madre.

Entonces, con un intenso y súbito movimiento, el Recién Nacido soltó un golpe que, con una fuerza inmensa, desgarró la cara de la Reina, derramando sangre por todas partes.

Ripley, que todavía tenía el vínculo telepático con la Reina, sintió sus gritos de agonía y de dolor infinito.

El Recién Nacido no se detuvo ahí, sino que atacó el convulsionado cuerpo de su madre con sus enormes dientes, desgarrando a la Reina en trozos, devorando sus despojos. Al ser inmune a la sangre ácida, el Recién Nacido se atiborró con los restos de su progenitora.

Ripley sintió la muerte de la Reina cuando el vínculo telepático se hizo más débil, hasta desaparecer por completo. Fue un doloroso corte, tan agudo como un hueso roto cuyos bordes se clavaban en su cabeza, en su alma. Su cerebro intentaba revelarse, luchaba por comunicarse con los guerreros, necesitando su vínculo. Pero la conexión con ellos era de un terror y confusión totales, sintiendo su agitación en el limo, sin saber qué hacer al ser destruida su Reina, su objetivo entero.

Ripley sintió como si estuviera rodeada de almas en pena, mientras los Aliens chillaban y gritaban de dolor y mientras el Recién Nacido continuaba comiendo a su madre vorazmente. Ripley se percató entonces que no solo los Aliens estaban haciendo ruidos. Se volvió. Gediman todavía farfullaba, y sus parloteos se disolvieron en gritos aterrados.

Los ojos Gediman se abrieron al máximo y comenzó a agitarse, a retorcerse, más salvaje y frenéticamente a cada momento. Comenzó a gritar histéricamente, luchando con todas sus fuerzas contra la endurecida resina que lo mantenía prisionero.

Ripley se apretujó a las paredes del tanque, intentando, nuevamente, reunir fuerzas para escapar, pero estaba tan cansada. La pérdida del vínculo telepático con la Reina la hacía sentir vacía, desorientada.

El Recién Nacido, empapado con la sangre de su madre, de pronto se quedó quieto, después inclinó la cabeza, como si escuchara.

nbojos.jpgLentamente, se volvió, y Ripley tuvo la primer oportunidad de ver de cerca el rostro de la criatura. Más allá de las profundas y enormes cuencas oculares, la mujer vio dos ojos, no demasiado diferentes a los suyos, brillando.

Miró fijamente. Amy también tenía mis ojos, pensó, sintiendo una risa histérica subía por su pecho.

Gediman también vio los ojos, brillando en la terrible profundidad de las cuencas del Recién Nacido, y gritó más fuerte, más histéricamente.

Como un muelle, el Recién Nacido se incorporó.

¡Ya es más grande! Notó Ripley.

De pie en dos largas, temblorosas piernas, el bebé de dos metros de altura dio sus primeros pasos, dirigiéndose hacia el científico.

Cuando llegó a su lado, su enorme y terrible apariencia hizo a Gediman quedarse muy quieto. Abrió la boca, y se quedó paralizado, sus ojos refulgían, conscientes del peligro que lo agobiaba más allá del terror. El Recién Nacido olfateó al hombre, y Ripley pudo ver la cara de éste temblando.

Entonces el Recién Nacido abrió su enorme mandíbula, más y más ampliamente. Como una serpiente que fuese a devorar a su presa; las poderosas mandíbulas parecía que fueran a dislocarse al abrirse frente al hombre atrapado. Ripley no pudo ver una lengua dentada en su interior, solo las enormes mandíbulas, y unos terriblemente largos y blancos dientes.

Con rapidez asombrosa, el Recién Nacido atacó, hundiendo sus enormes colmillos en la coronilla del cráneo de Gediman. El hombre recuperó entonces la voz, gritando más salvajemente que antes, mientras unos densos zurcos de sangre chorreaban su frente, sus ojos, sus orejas, su propia boca.

¡Oh Dios! Oh, no. ¡NO! Pensó Ripley, rogando que pudiera encontrar la conexión con el Recién Nacido y, de algún modo, detener lo que estaba por hacer. Pero la criatura la ignoró.

Con un enfermizo y crujiente sonido de huesos rotos, el Recién Nacido de hecho abrió el cráneo de Gediman con la misma facilidad con la que un humano abriría un huevo cocido. Su cerebro estaba expuesto, brillante, rosado, pulsante.

Ripley gimió de horror y apartó la vista. Podía oir el tejido suave al ser desgarrado, los húmedos sonidos de la masticación, de tragar, junto con los gemidos gorgoteantes del agonizante científico. Olió la esencia metálica de la sangre del hombre, finalmente muerto, que todavía estaba suspendido en su prisión de tendones resinosos. Las últimas gotas de sangre cayeron a la ciénaga que estaba más abajo.

Lo único que Ripley podía hacer era cerrar los ojos.

No vio al Recién Nacido volverse, mirarla significativamente, y después lamerse ávidamente sus sangrientos dientes con una larga, y serpenteante lengua…

Purvis estaba en agonía, en una agonía tan intensa, que apenas podía discernir qué era más doloroso. Su hombro ardía de dolor por el disparo recibido. Dolía tanto que apenas podía pensar. Pero el dolor en su abdomen-

Dios, el dolor en su abdomen era realmente horrible. Era como si algo estuviera caminando por ahí, moviéndose como una serpiente, como si estuviese buscando una salida. Se sintió enfermo, con náuseas, y en tan crudo dolor-

A pesar de su agonía, se las arregló para centrar su atención en la escena que tenía enfrente.

Wren, gritando como un loco, aferraba a Call tan firmemente que casi la había desmayado. La herida de su pecho brillaba y dejaba ver unos destellos intermitentes de los bizarros órganos internos que estaban expuestos.

Wren hundía el cañón de su arma firmemente en la mejilla de Call. Purvis sabía que la estaba lastimando. Call, quien había intentado tan intensamente salvarlos a todos. Especialmente a Larry Purvis.

Wren estaba gritando. "Ahora, esta ramera sintética se va a conectar nuevamente al Auriga y lo hará aterrizar de acuerdo con los procedimientos de emergencia normales."

Call se obstinó en hablar, su voz sonaba entrecortada. "¡No, no lo hará!

Distephano confrontó a su oficial superior. "¡Usted está loco! ¿Todavía quiere llevar esas criaturas de vuelta a la Tierra?"

"¿Es que no has puesto atención el día de hoy?" Le espetó Johner, con un sarcástico reclamo.

Purvis sentía que algo se desenrollaba en su interior y gimió, con los dos brazos aferrados a su estómago.

Wren estaba perdiendo la cordura, era obvio. "Los Aliens serán capturados por las tropas de cuarentena de la base." De pronto, desvió su arma, apuntando a los otros, apartándola del rostro de Call.

"Sí, los capturaran por un lapso de unos cinco segundos," jadeó ella.

El doctor volvió a dirigir el arma a su rostro, apretando fuertemente el cañón contra su mejilla, lastimándola. "¡Cállate!" Gritó "¡He dicho que te calles!"

Justo entonces, Purvis sintió un espantoso estirón en el centro de su pecho, justo bajo su caja torácica. Bajó la vista hacia su propio torso. Una mancha de sangre emergió y manchó su camisa, él se quedó mirando la mancha, sin comprender.

Todos los demás se quedaron de piedra, incluso Wren.

Entonces, Purvis comprendió. Era la cosa que tenía dentro. Era tiempo de que naciera. No había sido puesto en el congelador a tiempo, y ahora era demasiado tarde ya. Este monstruo lo desgarraría por dentro y lo mataría. Y este hijo de puta de Wren, este mal nacido científico era el responsable. Los tripulantes del Betty pudieron haberlo secuestrado, pudieron también haberlo entregado ahí, pero el proyecto entero de desarrollar a esas infernales criaturas dentro de huéspedes humanos vivos, era obra de este hombre.

La rabia de Purvis estalló en su interior, más fuerte incluso que la del Alien que lo estaba matando. Purvis miró a Wren.

Wren debió percatarse de lo que sentía Purvis en su rostro, porque desvió de nuevo el arma del rostro de Call, apuntándole ahora a Purvis. No es que a Purvis le importara. Era solo una pistola. Todo lo que podía hacer era matarlo y eso sería una bendición.

Purvis se forzó a ponerse en pie, trastabillando como un zombi. Se dirigió hacia Wren, que estaba petrificado por el horror. A Purvis le complació ver la extraordinaria expresión de terror en la cara de aquel pequeño bastardo. Purvis avanzó dando traspiés, luchando contra su agonía – literalmente, como un poseso.

Aterrado, Wren disparó.

La bala alcanzó a Purvis en el otro hombro, haciéndolo retroceder un paso, pero sin detenerlo. La criatura en su interior se movía tan frenéticamente ahora, liberándose de su huésped a mordidas con tanta urgencia, que Purvis no podía sentir otra cosa, ni siquiera las balas que lo golpeaban a quemarropa. Estaba vagamente consciente de la sangre que escurría por su abdomen, por sus hombros, por la espalda. Pero estaba demasiado concentrado para preocuparse por eso. Su universo entero se había reducido, y ahora solo quedaba Wren…

Wren disparó otra vez, y otra, y otra, acertando a Purvis en cada ocasión. El apretón del doctor hacia Call se aflojó, y en un rápido y certero movimiento, ella estrelló un codo en su pecho al mismo tiempo que aferraba el meñique de la mano del doctor y lo torcía tan fuertemente, que se escuchó el sonido de los huesos al romperse.

Wren gritó y la soltó, y mientras ella se alejaba de él, su siguiente tiro falló, golpeando una silla vacía.

Entonces Purvis se abalanzó sobre él, atestándole un puñetazo con toda la fuerza de su furia. La nariz de Wren se rompió con un sonido desagradable. La pistola se le escapó de las manos, y vagamente, Purvis se percató que Johner se abalanzaba sobre ella para alejarla del alcance de Wren.

Purvis de algún modo encontró la fuerza necesaria para golpear aquel odiado rostro una vez, y otra, y otra, hasta que la sangre brotaba libremente de la nariz, la boca, los labios partidos, los dientes rotos.

Después le golpeo un poco más.

Intentando escapar de aquel furioso ataque, Wren cayó, y se curvó sobre su estómago, intentando arrastrarse para escapar de la furia absoluta de Purvis. Purvis se montó a horcajadas sobre su espalda, como un diabólico y obsceno amante, y aferró un mechón de cabellos de la cabeza de Wren, y la jaló hacia arriba.

"¡NO!" Gritó Wren. "¡No! ¡No! ¡NO!"

Purvis aprovechó que lo tenía por los cabellos y estrelló su cara contra el suelo una, dos, tres, cuatro veces hasta que Wren lloró, gimiendo, indefenso en sus manos.

Vriess de pronto gritó, "¡Call! ¡Johner! ¡Soldado! ¡Aquí!" Y les arrojó los rifles que había escondido bajo la consola de comando.

Al aferrar la cabeza de Wren por los cabellos y golpearla contra el suelo, Purvis sintió un tremendo dolor creciente en sus entrañas. Enterrándo ambas manos en el cabello de Wren, aferró al derrotado doctor mucho más fuertemente que como había hecho este con Call, atrayéndolo hacia su pecho.

El grito se inició en las profundas entrañas de Purvis, y él se preguntaba si era la criatura la que gritaba, el grito del nacimiento, mientras el sonido pugnaba subiendo por su cuerpo hasta salir por su garganta. Sintió a la cosa moviéndose, masticando, con pequeños y feroces dientes, comiéndolo desde el interior, atravesando sus órganos, hasta su diafragma, sus pulmones, rompiendo todas sus costillas.

El pecho se inflamó hacia fuera, la mancha en su pecho crecía, brotaba, en un chorro emergente de sangre, huesos y órganos. Con un titánico y final esfuerzo de venganza suprema, Purvis aferraba firmemente el cráneo de Wren sobre su sangrante pecho. Ahora, ambos estaban gritando.

Wren agitó los brazos, intentando zafarse de su captor, pero las últimas fuerzas de Purvis eran increíblemente resistentes.

Purvis sintío sus costillas partirse y separarse. Aferraba con furia la cabeza de Wren, sabiendo que casi había terminado. El final sería aquí. Pero a su manera. Por lo menos esto, terminaría a su manera.

Purvis sintió el nacimiento. Al destruirse sus pulmones, dejó de gritar, pero la voz de Wren era lo suficientemente fuerte para ambos. El embrión Alien emergió de él, golpeando fuertemente la nuca de Wren.

Con los últimos resquicios de conciencia, Purvis observó algo pequeño y parecido a una serpiente que emergía explotando la frente de Wren, una vez que atravesó su cerebro. Los gritos del científico se incrementaban en la escala acústica, resonando como el grito combinado de cada durmiente que había secuestrado, de cada soldado que había sido capturado por los Aliens. Para Purvis, los gritos de Wren eran el dulce himno de la venganza.

El nacimiento del Alien roció a todos los presentes con sangre y tejidos, y todos retrocedieron. La traslúcida criatura se contorsionaba en la cara de Wren, intentando liberarse de esa pequeña cavidad que era su cráneo. Gritaba desafiante a la tripulación armada, y el grito de Wren le hacía un eco espantoso.

Justo antes de desvanecerse por completo, Purvis observó que los tripulantes del Betty cargaban sus ármas. Deseó poder decirles, "gracias" cuando abrieron fuego.

Los cuatro supervivientes dispararon carga tras carga al hombre moribundo y al pequeño y furioso Alien, haciendo que los cuerpos rebotaran como si bailasen, salpicando el interior del Betty con sangre, tanto humana, como Alien.

Entonces, finalmente, las siluetas de Wren y Purvis se desplomaron, y el Alien emergente había quedado tan completamente desintegrado, que no quedó nada de él.

Call caminó hacia los cuerpos, llorando abiertamente. Pateó el cadáver de Wren de una forma salvaje, queriendo dispararle unas cuantas veces más, pero resistiéndose a hacerlo. Como diría Johner, sería un jodido desperdicio de municiones.

Se arrodilló a un lado de Purvis, y tocó su rostro amablemente. "él… casi parece agradecido…" sollozó.

La gran mano de Johner se posó en su hombro. "Lo estaba, Annalee. Sabía que intentábamos hacerle un favor. Confiaba en que lo hiciéramos."

Ella volvió la vista hacia el hombre de la cicatriz. Se había enternecido solo por un momento. Ella le palmeó suavemente la mano y asintió.

"Vamos," dijo Distephano suavemente. "Debemos salir de aquí. Podremos embalsamar los cuerpos cuando estemos fuera del Auriga."

, pensó Call angustiada. Si es que podemos salir del Auriga.

14

Gediman pendía lentamente de su prisión, a un lado y al otro, a un lado y al otro. Se veía escalofriante, todavía goteando esporádicos fluidos en el fango que había bajo él. Su coronilla y cerebro faltantes lo hacían parecer inhumano por entre los regueros de sangre. Los ojos del doctor estaban totalmente abiertos, pero lo único que quizá estuviesen viendo sería la otra vida, si es que había una para bastardos como él. Después de todo, ya había muerto en el mismo infierno.

Mientras el Recién Nacido devoraba su tejido cerebral, sin mucha prisa, un pequeño embrión había brotado de su caja torácica –con la total indiferencia del Recién Nacido- y se dejó caer hacia la piscina de sangre mientras Gediman estaba en sus últimos momentos de conciencia.

Había sido una escena que Ripley sabía que no olvidaría jamás. Ni en esta encarnación, -luchó intensamente por contener una histérica carcajada – ni en la siguiente.

Ripley todavía se encontraba curvada en sí misma, intentando verse pequeña e irrelevante. Se arrodilló en silencio, perfectamente quieta, tan quieta como estaba el resto de los humanos en sus capullos, quienes, por suerte para ellos, se hallaban aún inconscientes. Ripley los envidió.

Ella no movió ni un solo músculo, temía parpadear, temía respirar. Permaneció inmóvil, esperando que el Recién Nacido fijara su atención en cualquier otra parte, ahora que estaba terminando con el cuerpo de Gediman.

La criatura miró en derredor del tanque, a los desconcertados Aliens, al cuerpo relajado de su madre, a Gediman que todavía pendía lentamente. Y entonces, la enorme cabeza se volvió lentamente y ofreció una suerte de sonrisa escalofriante –a Ripley.

Lentamente, el Recién Nacido se aproximó, con una agilidad de arácnido, trepando a lo largo del tanque, utilizando las fibras resinosas como asideros de manos y pies.

Ripley se esforzó para controlar su respiración, su miedo. Mientras más se acercaba el monstruo, le era posible ver más claramente sus facciones –lo que no era una ventaja.

La cara del ser estaba salpicada de sangre y de tejido cerebral de color rosa, algo de éste se incrustaba entre sus enormes dientes. Al respirar cerca del rostro de Ripley, la mujer pudo oler claramente la sangre fresca.

El monstruo estaba a un palmo de su cara. Ripley temblaba, luchando por contener su miedo, su instintiva urgencia de entrar en pánico y correr.

Una parte de ella no podía creer que todo hubiese llegado a esto. Toda su lucha. Todo su esfuerzo. ¿Tendría entonces que pasar por lo mismo en alguna otra encarnación? ¿Sería posible que el malvado Dios que gobernaba sus diferentes vidas insistiera en que debía vivir la misma pesadilla una y otra vez? ¿Acaso no se había ganado una segunda oportunidad de reencarnar en otra forma de vida después de todo esto?

La boca del Recién Nacido se abrió, y de ella salió una larga, sinuosa lengua. Ripley se puso tensa, intentando no pensar en que arrancara su cabeza y se comiera su cerebro.

La lengua serpenteó, entonces, muy gentilmente, tocó el rostro de Ripley, limpiando algo de la resina líquida que le había caído ahí. La mujer parpadeó, esperando lo inevitable. La criatura lamió nuevamente, como un monstruoso gato, una y otra vez, limpiando su rostro, su cuello y sus hombros retirando algo de los desperdicios y trozos de tejido con que estaba salpicada. Tiernamente, el Recién Nacido la limpió. Se movía lentamente, con sumo cuidado para no lastimar la delicada piel, o tirar siquiera de uno de sus cabellos. Incluso sus enormes manos con afiladas uñas eran gentiles al tocarla, como si verificaran que no tuviese heridas, como asegurándose que estaba a salvo. Los gestos eran la reminiscencia de una fiel mascota, un perro que saluda a su amo al final del día, o un gato que quiere ser mimado.

Mientras el monstruo limpiaba su rostro, y tocaba su cuerpo, negándole la muerte que había imaginado, Ripley miró a los ojos, de un color oscuro similar al suyo propio, y pudo ver algo dentro de ellos.

Fue entonces cuando la conexión telepática se estableció, tocando su mente, murmurándole la fusión genética que no podía negar. Y entonces todo le llegó, justo en ese momento. Su anhelo por la humeante calidez del nido, la fuerza y seguridad de su propia especie. Hacía solo un momento ella había sufrido la soledad de su propia individualidad. Pero ahora se le daba la oportunidad, nuevamente, de unirse a ellos, de regocijarse con ellos. Estaba en el nido. Se podía reunir con los guerreros y servir como la Reina, el nutriente de la Nueva Generación. Eso era por lo que había vivido.

Porque esta concha que era humana, esta Ripley, era la madre de todos ellos. La primera matriz. El primer guerrero. Y ella había vivido lo suficiente para saberlo todo, para compartir la gloria con ellos. Ripley era el cimiento de la colmena. El nutriente del nido. El pilar de la Nueva Generación.

Esta era la respuesta a la pregunta que había estado haciendo. ¿Por qué? Este era el por qué.

Miró profundamente esos ojos castaños que podían ser los suyos, y levantó una mano, tocando el cráneo del Recién Nacido. Su mano se deslizó sobre la alargada cabeza del Alien, acariciándola como alguna vez lo hiciera con Amy, sintiéndola como alguna vez lo hiciera con Newt. Este era su hijo, igual que lo fueron ellas.

El Recién Nacido profirió un suave gemido meloso, y la miró, y Ripley sintió cómo la conexión telepática entre ellos se hacía más fuerte. Este era tan diferente a los otros, y sin embargo igual. Pero había algo más en este contacto, algo innegablemente humano. Era como conectarse con una parte de si misma, una escondida y malévola parte que estaba unida a su fuerte instinto de supervivencia, a toda su intensa determinación.

El organismo perfecto.

¿Perfecto para…-?

Entonces una voz llegó a ella de entre sus recuerdos, los recuerdos que los propios Aliens le habían transmitido inadvertidamente. Y escuchó la voz de Newt, igual que la había escuchado en la incubadora.

Mi mami siempre decía que no existen los monstruos – los monstruos verdaderos. Pero sí existen.

Ripley se estremeció, todavía bombardeada por la intensidad del contacto telepático con el Recién Nacido, por la terrible sensación Alienígena del ser que reclamaba su atención.

El Recién Nacido la miró directo a los ojos y abrió sus enormes mandíbulas para repetir las palabras de Newt. Sabía que vendrías.

El escuchar esa adorable frase en esta parodia de ser viviente la enfermó.

Entonces escuchó la voz, distorsionada y mecánica de Call.

"¿Por qué sigues viviendo? ¿Cómo puedes soportarlo? ¿Cómo puedes… soportarte?"

"No tengo opción," había respondido, creyéndolo así.

Nunca había tenido verdaderamente una opción; ni siquiera cuando había despertado del sueño criogénico en el Nostromo en la parte equivocada del espacio.

Pero ahora tenía una opción. Por primera vez, tenía una verdadera opción.

Ella le había preguntado a Call "¿Por qué te preocupa lo que les suceda a ellos?" Refiriéndose a los humanos. Pero ahora Ripley se preguntaba ¿por qué le preocupaba a ella? ¿Qué habían hecho ellos para que se preocupara tanto por ellos?

Quizá Ripley era el nuevo modelo de imbécil…

Buscó la conexión con su propia especie, intentando saber quién y qué era ella para hacer la elección correcta. Buscó la fuerza y seguridad del nido, pero ésta no estaba ahí. Y en su lugar no había más que dolor, y una terrible pérdida. Se sentía hueca. Vacía. Igual que se había sentido desde su nacimiento.

Buscó más allá de la conexión telepática, y escuchó, muy dentro de ella, la voz de dos niñas, de dos niñas humanas, llamándola a través de los años, ¡Mami! ¡Mami!

Ripley miró en los ojos extrañamente humanos del Recién Nacido y retiró la mano. Con un gemido de pérdida irreparable, tomó su decisión.

Ya tenía sus respuestas. Estaban incrustadas en sus propios genes. A pesar de la adoración de los Aliens, a pesar de su poder y su fuerza, de la pureza de su propósito, sabía que tenía que revelarse. Salvar a la humanidad. Esa era la pureza de su propio propósito, que la hacía más fuerte por la fusión de sus genes con de los Aliens.

Ella era Ripley. Era quien había sido siempre, y lo único que sería. Ripley. Ella los destruiría. Los destruiría a la fuerza.

Tomando una profunda bocanada de aire para calmar sus nervios, Ripley se incorporó cuidadosamente. Mantenía su mente despejada, observando al Recién Nacido, transmitiéndole pensamientos agradables a este y a los confundido guerreros, que intentaban discernir qué hacer ahora que su Reina estaba muerta.

El Recién Nacido se apartó de ella cuando se puso de pie. Ripley se estiró, aferrando tiras de resina que colgaban de las paredes del tanque.

Mientras ascendía por las tiras más gruesas, usándolas como asidero de pies y manos, mantenía contacto visual constante con el Recién Nacido, mientras la criatura mitad humana inclinaba su cabeza, intentando comprender las acciones de Ripley.

La mujer miró hacia abajo, a la piscina de sangre y deshechos. Se humedeció los labios y surgió otro recuerdo – un tanque inmenso con plomo fundido. De acuerdo… había caído en cosas peores que eso – pero no lo haría esta vez.

Envolviendo tiras de resina alrededor de sus muñecas, Ripley trepaba como un acróbata, impulsándose hacia arriba, encontrando asidero en uno y otro lugar, buscando el techo. Todo ese tiempo, el Recién Nacido la observó con curiosidad, mientras que Ripley intentaba mantener su mente en calma, y sus pensamientos neutrales.

Al llegar a la parte más alta del tanque, el Recién Nacido se movió de modo que podía ver más claramente a Ripley. Dos guerreros se aproximaron al Recién Nacido, moviéndose a través del líquido como cocodrilos, sus colas ondulando, como si ellos, también, tuvieran curiosidad.

Lentamente, para no agitar a los Aliens, Ripley trepó más y más alto, buscando algún resquicio de luz. Sudó profusamente al momento de encontrarlo, luchando siempre por permanecer tranquila. Comenzó a tararear una canción que recordó de pronto para mantener su mente, y la del Recién Nacido, ajenos a su traición.

"Tú… eres… mi estrella de la suerte…"

Finalmente, encontró lo que estaba buscando. Trepó más todavía, tocando el techo del tanque y encontró la manija que abría la escotilla del tanque. Al levantar la puerta que salía al corredor superior del Auriga, Ripley se volvió a encarar al Recién Nacido.

Dentro de su cabeza, pudo sentir la angustiada sorpresa de su traición en la mente de la criatura. El monstruo se estiró tanto como pudo, y alargó los brazos, amenazadoramente, gritando su decepción a la traidora.

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